27 de julio. Cañuelas, Argentina.

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Un país discepoliano

Carlos Laborde destapa la olla de un país que cambia de nombres pero mantiene las mañas, donde las promesas de moral chocan de frente con un lodo de intereses cruzados y designaciones que parecen sacadas de un tango de Discépolo.

Hay intereses bastados en todos los estamentos de la dirigencia argentina: empresarios, sindicalistas, políticos, legisladores, jueces,  funcionarios. En cualquier sector que se hunda el bisturí, brotan fétidas emanaciones. Es una enfermedad extendida. Se aprecian oscuras telarañas que los vinculan en acciones repudiables, entrelazados. Los nombres se repiten y cruzan: el amigo de aquél se casa con la hija de éste, quien almuerza en la quinta del socio del hijo del diputado que proyectó una ley que ampara determinado emprendimiento. Y así hasta el infinito. Se reproducen y perduran. Luchan por intereses propios. Negocios pingües, licitaciones amañadas y retornos ensobrados. Son la casta. Son el poder.

“Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos.” (…) 

Milei ganó las elecciones con la promesa de acabar con la casta y restablecer la moral en la función pública.  Sin embargo, en dos años de mandato:

• La estafa de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), en la que está involucrado un amigo presidencial (Diego Spagnuolo) y señalada la hermana Karina como presunta receptora de retornos.

• La disparatada propuesta del juez Ariel Lijo —casta pura—para la Corte Suprema, abortada por la firme reacción pública. Nunca se conoció el verdadero motivo de una nominación tan absurda.

• La designación de Andrés Vazquez al frente de ARCA es inexplicable. El sujeto está investigado por evasión tributaria, omisión maliciosa en declaraciones juradas,  enriquecimiento ilícito y lavado de activos. Una verdadera joyita para dirigir la Agencia de Recaudación y Control Aduanero. Nota de color para recordar después: el juez que lo investiga es Marcelo Martínez de Giorgi.

• La designación de Juan Bautista Mahiques como ministro de justicia cuando se está investigando la corrupción en la AFA. Mahiques fue funcionario de la  AFA y colaborador y amigo de los  dirigentes investigados.

• La designación de jueces alterando el orden de mérito y presuntamente direccionados a determinados juzgados que tramitan causas de trascendencia política.

• El trámite meteórico del pedido de prórroga hasta los ochenta años para seguir siendo juez que se otorgó a Carlos Mahiques, casta pura, padre del Ministro de Justicia Juan Bautista Mahiques; en severo contraste con la injustificable negación de igual prórroga a un irreprochable  magistrado como el Dr. Martín Irurzun, juez de oídos cerrados a los pedidos de la política y las caricias del poder, que debió dejar su cargo. El presidente tiene la facultad de elegir, pero debe ejercerla dentro de un corsé de racionalidad, sin arbitrariedad, como en cualquier acto administrativo. Entonces: ¿por qué Mahiques sí e Iruzun no? ¿La elección fue en beneficio del país o en cobertura de ciertos intereses difusos? ¿Qué debe priorizar un presidente? ¿Con qué intereses o fines se cubrirá la vacante que deja Irurzun?  La respuesta parece obvia en las circunstancias en que vivimos.

El caso $Libra involucra en forma directa al propio Presidente de la República y a su hermana Karina, copresidenta de facto. El caso fue investigado en forma paralela por una comisión legislativa y por el Poder Judicial. Concluyó la comisión: 

• La promoción de la criptomoneda $LIBRA por parte del presidente Javier Milei constituye un presunto ardid engañoso, con pérdidas masivas para miles de inversores. 
• Debe evaluarse un eventual mal desempeño presidencial base para pedido de juicio político.

Mientras tanto, al juez de la causa, Marcelo Martínez de Giorgi y al fiscal  Eduardo Taiano se les enrostra una actuación lenta y viscosa:    

• Apartar a cinco querellantes particulares que litigaban en defensa de sus intereses, con capacidad de aportar pruebas. 
• Frenar el avance de la causa sin tomar medidas  conducentes, ni impulsar prueba propuestas por los damnificados.

Una apostilla que ha germinado con impacto en la opinión pública:

La Dra. Ana María Juan, que es la esposa del juez Martínez de Giorgi, fue nominada este mes por el presidente Javier Milei al cargo de  jueza federal de Hurlingham. 

¿Casualidades, causalidades, complicidades? Quién lo sabe.

“Si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición, / ¡da lo mismo que sea cura, / colchonero, rey de bastos, / caradura o polizón!” (...)!

Milei, cuando se presentó a elecciones, creyó que con un puñado de amigos podría gobernar un país complejo, que venía del populismo más corrupto. La administración estaba copada por agentes de negocios espurios. Chocó con la realidad y decidió delegar y ceñirse a la economía. Vemos asombrados que la política del país y el nombramiento de funcionaros están manejados por una secretaria de presidencia cuyo único título habilitante es ser la hermana queridísima del presidente, a quien el propio mandatario llama (¿cariñosa o seriamente?) “el jefe”. ¿Una versión alivianada de Calígula y Drucila? 

Muchos cachafaces encontrados con las manos en la masa o con fortunas inexplicables, se escudan en esperar la “decisión de la justicia”. Por cierto, sería lo más sano, pero:

¿Qué justicia? ¿La que está copada por intereses políticos mezquinos; la que responde a determinados caudillos regionales; la que no ve, no sabe, no contesta; la que duerme eternamente las causas molestas; la que frecuenta salones de lujo y quintas fastuosas, lugares propicios para el intercambio de promesas, favores y compromisos? 

No, el pueblo ya no cree en los jueces. Solo puede aplaudir el trabajo solitario de aquellos magistrados que se juegan su futuro, cuando no la vida,  en investigar los hechos y aplicar honestamente las leyes. Porque, recordémoslo, la mafia no tiene reparos para matar gente molesta, memoremos al fiscal Alberto Nisman. 

La sumatoria de estos hechos documenta una descomposición moral al mejor estilo discepoliano. Y la moral, como distinción entre lo bueno y lo malo, está en la base de cualquier ordenamiento jurídico o social. Destruido el cimiento, cae todo lo demás.

Cerremos con una nota pintoresca para aliviar la comedia dramática que vivimos: 

En el acto de juramento de Diego Santilli (y llorosa despedida de Manuel Adorni) el locutor oficial presentó al Presidente de la República como “doctor” Javier Milei y lo repitió al cierre. En nuestro país, el título  “doctor” se reserva para quienes tienen el ciclo universitario completo, han cursado el doctorado y defendido una tesis en universidades habilitadas para ello. Éste no es el caso del Presidente. Milei solo fue receptor de un título “honoris causa” de la Escuela Superior de Economía y Administración  de Empresas, presidida por su amigo Benegas Lynch. Éste es un reconocimiento simbólico. Hacerse llamar “doctor” en un acto protocolar oficial, transmitido por radio y televisión, es una petulancia que no luce. Como diría la forzada anacoreta de San José 1111: todo tiene que ver con todo. Y estos detalles importan porque  definen a quien hoy está al frente de  los destinos de la República.

Volviendo a Discépolo: 

¡Todo es igual! / ¡Nada es mejor! / ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! / No hay aplazaos ni escalafón, (…). 
 

Escrito por: Carlos Laborde