27 de octubre. Cañuelas, Argentina.

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Retazos de La Martona en primera persona: el recuerdo de Carlos Loray

Una rutina inquebrantable que empezaba de madrugada, el día que un avión del Ejército cayó sobre los campos del establecimiento y “Nenucha” Perelló, la indomable primera tambera de Cañuelas.

Fotos Germán Hergenrether, archivo InfoCañuelas.

Fotos Germán Hergenrether, archivo InfoCañuelas.

El pasado domingo, en el marco de la 10° Vuelta de los Tamberos organizada por la Asociación de Vehículos Antiguos de Cañuelas (AVAC), los participantes compartieron un recorrido por la historia de la industria lechera local. El escritor, poeta y decidor cañuelense Carlos Loray se sumó al evento relatando vivencias de su infancia en un tambo martonero. Reproducimos parte del testimonio en primera persona.

“Nosotros llegamos a La Martona con mi familia en el año 1959. Yo era chico, no había cumplido los diez años todavía. Era marzo de un año que terminó siendo recontra llovedor. El trabajo del tambero era casi pura y exclusivamente hacer el tambo. En los ratos que te permitía el ordeñe, había que darle de comer a la hacienda, hacer el mantenimiento en las épocas de mucha lluvia, de mucho frío o cuando no había buen clima, y dar el silo, que estaba almacenado en esos silos altos de material.

La rutina empezaba a la mañana con el ordeñe; se le daba de comer a las vacas mientras se las ordeñaba y después había que llevar la leche a la fábrica. Pero antes, había que refrescar los tarros en unas piletas que estaban dispuestas dentro del mismo tinglado. Para eso había un malacate que sacaba el agua, un sistema muy bueno que extraía una gran cantidad de litros y permitía renovar el agua de la pileta casi permanentemente. Así, cuando el carro salía para la fábrica, la leche iba bastante fría.

Había que descargar y volver rápido, porque a la tarde —después del mediodía y de almorzar— si había tiempo te tirabas un ratito, una hora, pero a la una o una y media de la tarde ya había que empezar el tambo de vuelta. El de la tarde era exactamente lo mismo que el de la mañana, con la única diferencia de que se sacaba un poquito menos de leche porque las vacas no habían tenido el tiempo suficiente en las ubres para generarla. Volvías a terminar a las cuatro o cinco de la tarde, lo más temprano posible, para traer la leche y repetir todo el proceso. Y al otro día, exactamente lo mismo, sucesivamente durante todo el año. Cosechar, arreglar alambre y todas esas cosas se encargaba la estancia con personal propio.”

La carrera de los carreros por llegar a la fábrica

“La fábrica nos quedaba bastante lejos a algunos tambos, en el límite con San Vicente. El tema era apurarse para no llegar después de los camiones cisternas o de los otros carreros que venían con tarros. Venían carros que traían 100 o 150 tarros, entonces todos nos apurábamos. Los tamberos hacíamos el tambo temprano y los carreros volaban para llegar antes. Si no, te agarrabas un clavo bárbaro esperando hasta que descargaran todos los camiones.

En ese ínterin, si pasaba que un camión te ganaba y tenías que esperar, nos íbamos enfrente del recibo de leche. Ahí había un bolichito de Jorge Franchi ql que llamaban 'La Churrasquería'. Ahí se encontraban todos los carreros, amigos, conocidos y vecinos. Se armaba algún partidito al truco o al mus, y se tomaba alguna caña o una cerveza si era verano. De ese modo aprovechábamos el tiempo libre.”

Carlos Loray durante la escuela primaria.

Carlos Loray durante la escuela primaria.

Las mujeres del tambo y la figura de “Nenucha” Perelló

“Entre la gente del tambo se destacaban las mujeres; eran luchadoras, abnegadas. Cuando las chicas eran adolescentes no te preguntaban mucho si tenías ganas de ir al tambo: había que levantarse e ir a trabajar para ayudar a la familia, que generalmente eran familias numerosas.

Entre ellas se destacaba una chica que tendría unos 20 años: María Lucía Del Carmen ´Nenucha´ Perelló. Ellos estaban en el tambo número 11. Nenucha iba casi siempre al fondo, al último campito de La Martona que se llamaba 'El Rodeo'. Ahí se entregaba la hacienda que habían retirado para descanso; cuando volvían a parir, o estaban a punto de hacerlo, las traían de vuelta a su tambo de origen, porque para eso estaban todas documentadas con foto y registros propios. Nenucha siempre andaba en un redomón que ella misma amansaba y ella misma tusaba. Era como un hombre para trabajar, por todo lo que sabía hacer aparte del tambo. Una verdadera representante de la mujer de campo.”

El día que cayó el avión del Ejército

“Todo comenzó un día de semana. Las noticias en esa época no se podían pasar de un tambo al otro muy rápidamente, no era tan fidedigno. La información la traía mi papá cuando iba a llevar la leche; cuando volvía de la churrasquería de Franchi o de algún almacén, se enteraba de las cosas.

Justo ese día nosotros íbamos a la tarde a la escuela. Vino mi papá y nos dijo: 'No vayan a la escuela porque se suspendieron las clases; cayó un avión'. Había caído un avión del Ejército Argentino ahí en frente al tambo de los Onofriega, muy cerquita de la escuela. El avión había perdido altura y casi provoca una tragedia, una catástrofe, porque pasó rozando el silo del tambo número 5, que estaba en lo de los Boccarrato.
El piloto siguió y planeó hasta donde pudo. Cuando tocó tierra, se le estaba prendiendo fuego un motor y ya tenía quemada una rueda. Se enterró hasta la manija; te hablo del año 60 o 61, que fue un invierno muy llovedor y había lagunas por todos lados. Ahí quedó el avión. Al pueblo llegó la noticia de que el avión militar estaba cargado de explosivos, de balas y de no sé cuántas cosas más. La gente magnificaba todo por el desconocimiento, y nosotros, que éramos chicos, imaginate, mucho más.

Estuvimos como cuatro días sin ir a la escuela, hasta que se llevaron todo el cargamento en camiones. No sé cuánto tiempo habrá estado el avión ahí, pero estuvo unos diez o quince días. Cuando lo terminaron de desarmar y dieron la liberación, pudimos ir a verlo. Íbamos todos a caballo, porque era la única manera de llegar. Fue un acontecimiento espectacular para esa época y para la zona.”

Nostalgia por el patrimonio perdido

“La Martona era otro mundo. Las casas maravillosas que tenía, con sus comodidades, pisos de material, tinglados con pisos de cemento y agua a presión para lavarlos... los tambos eran realmente un modelo.

Como cañuelense y amante de la tradición y de rescatar los valores olvidados, me da un poco de dolor ver el abandono en el que están hoy nuestras cosas. Sea la fábrica, sea el castillo o la estancia en sí misma, a la que hoy no te permiten entrar. Según dice la gente, han roto todo. A los hermosos parques que tenía los han sembrado, tienen corrales hechos... ese patrimonio nuestro se ha degradado lamentablemente. Por supuesto que está todo cambiado, pero es muy lindo recordar dónde estaba la manga, dónde se hacían los remates, la guachera o el propio rodeo. Me emociona porque me permite volver un poco a mis raíces.”
 

Escrito por: Germán Hergenrether