Volver a sección

| Cultura y eventos

Confitería La Martona: nostalgia con sabor a leche con vainillas

Recordada por sus meriendas, pero también por sus almuerzos multitudinarios, recibió a varias generaciones de porteños que llegaban a Vicente Casares a pasar un día de campo.

Recordada por sus meriendas, pero también por sus almuerzos multitudinarios, recibió a varias generaciones de porteños que llegaban a Vicente Casares a pasar un día de campo.

Confitería La Martona: nostalgia con sabor a leche con vainillas

 El edificio que sobrevive en Vicente Casares.

En las primeras décadas del siglo pasado La Martona diversificó su empresa con una cadena de lecherías o “bares lácteos” que florecieron en todos los barrios de la Capital Federal, en el Gran Buenos Aires y en algunas ciudades del interior, como Mar del Plata. En esos impolutos templos de la higiene revestidos de blanco era posible consumir los productos frescos que llegaban desde la lechería de Vicente Casares y también sus vainillas, churros, panqueques, bay biscuits, barritas de dulce de leche y alfajores.

A lo largo del siglo XX La Martona otorgó más de un centenar de franquicias, una de las cuales -la Nro. 118- funcionó, precisamente, en Vicente Casares. El edificio aún se mantiene en estado ruinoso en el km. 50 de la Ruta 205, frente a la estación ferroviaria.

Esta sucursal funcionó en sus inicios en forma directa y luego a través de concesionarios. En los ´50 se hicieron cargo Luis Ángel Picco y su esposa Inelda Ángela Garavaglia. Más tarde Jesús Lugea se sumó a la sociedad que duró casi dos décadas.

A diferencia de los bares lácteos, la confitería de Vicente Casares no sólo ofrecía los productos insignia de La Martona -que se exhibían en canastitas y que los clientes podían consumir en el lugar o llevarse como souvenir- sino que además tenía un menú de parrilla y minutas. 

“Los fines de semana era un mundo de gente. Yo andaba por el parque y miraba fascinado los coches, especialmente los imponentes Rambler Ambassador estacionados entre los árboles. En esa época venir a la confitería era el típico paseo del porteño de clase media alta, tanto para almorzar como para tomar el chocolate con vainillas. En cierto modo la confitería representaba en aquellos tiempos lo que hoy es ir a Uribelarrea”, describe Luis Javier Picco, hijo de Luis Ángel.


Vicente Casares en 1950 con la confitería brillando junto a la Ruta 205. Foto: José Luis Gonzalo.

En ese lugar de movimiento continuo transcurrió gran parte de la infancia de Luis. Sus primeros recuerdos están asociados al primer grado, cuando su abuela lo “despachaba” en Cañuelas: “Cuando salía de la escuela ella me llevaba hasta la parada del 51 y le decía al chofer, ´se lo encargo hasta Casares´. Luego llamaba por teléfono a la confitería para avisar que me había embarcado en tal colectivo”.

En su apogeo la confitería tenía capacidad para mil cubiertos. Los fines de semana había un ejército de más de veinte mozos que atendían las mesas agregadas en un tinglado del fondo. 


Policías frente a la confitería el 3 de octubre de 1964, ante la llegada de Illia y De Gaulle. Foto: José Luis Gonzalo.

Luego de almorzar o merendar los clientes visitaban la capilla “Nuestra Señora del Rosario” o se sacaba fotos junto a dos leones que ornamentaban los jardines. Los más intrépidos se iban hasta el casco de la estancia San Martín. Para disfrutar del aire libre había juegos infantiles, paseos en pony y reposeras con atención de mozos.

Además de funcionar como confitería y restaurante, se solía alquilar para fiestas de casamiento, de 15 años o para los clásicos banquetes de fin de año. Knorr Suiza, por ejemplo, era una de las grandes firmas que todos los diciembres reunía a su personal en Vicente Casares. En sus instalaciones también se realizaban los tradicionales almuerzos previos a los remates de hacienda de Estancias Martona S. A. 


Jóvenes de Cañuelas, entre ellos Miguel Suárez, y el mozo Calvo en una fiesta de Año Nuevo. Foto: Familia Paz.

Era asimismo el centro social para los casarenses, con sus bailes de Año Nuevo. Allí funcionó el primer televisor que tuvo la localidad, un Sylvania que compró Don Picco. Muchos vecinos se acercaron al salón en 1952 para ver los funerales de Evita. Los pibes se reunían cada tarde a ver El Cisco Kid o los partidos de fútbol del domingo.

El 3 de octubre de 1964 Picco y su personal fueron convocados para realizar el asado en el parque de la estancia San Martín, en el agasajo que se organizó a los presidentes Arturo Illia y Charles de Gaulle. En esa jornada histórica don Orlando Gargiulo y sus jinetes escoltaron la caravana presidencial desde la ruta hasta el pórtico de acceso.


Damas de Casares en la confitería. A la derecha se observa el primer televisor del pueblo. Foto: José Luis Gonzalo.

A metros de la confitería había un destacamento policial inaugurado en 1910 y en el edificio contiguo funcionaba la fábrica tercerizada donde se hacían todos los productos con harina (alfajores, vainillas, ´frolitas´, budines, pan dulce y unos bizcochitos de anís). Oscar “El Vasco” Heguiaphal fue uno de los primeros encargados de este anexo al que luego sucedieron Ernesto Carlos “Churi” Monti y José Alejandro López (también dueño de la panadería Raggio y López de Cañuelas). Cuando La Martona comenzó a declinar, de allí siguieron saliendo alfajores con la marca “San José”.

Tras un período de inactividad, la confitería reabrió en 1969 bajo la administración de Carlos Alberto Barton, quien por ese entonces era gerente de los tambos de los Casares. “Mi familia aceptó el ofrecimiento de los propietarios para hacerse cargo de la confitería. Fueron 12 años de intenso trabajo gastronómico. Integraban el plantel mozos, parrilleros, personal de cocina y parque en un ambiente de camaradería y amistad” recuerda Alberto Rubén, uno de los hijos de Don Carlos.


Empleados de la fábrica de masas y alfajores que funcionaba junto a la confitería (1930).

En esta etapa, que concluyó en 1981, Barton y su esposa Edit Isabel Longhitano mantuvieron el estilo que se afianzó durante la era de Picco y Lugea. “Se atendía al público en el desayuno, el almuerzo y la merienda. No se servía cena. Durante esos años siguió siendo una vidriera de los productos propios, como leche, crema, dulce de leche, manteca, yogurt y quesos; también vainillas, budines, frolas, alfajores y la famosa ´vaquita´, productos que la gente adquiría en grandes cantidades”.

“En cuánto al menú era el típico de un restaurante de campo con la parrillada en primer plano, variedad de fiambres, pastas caseras y postres de elaboración propia. Los productos Martona eran el principal atractivo para acompañar los clásicos chocolates, café, té con leche, chocolatada o leche con crema batida. Los fines de semana eran los días de mayor concurrencia de público. En ocasiones llegamos a atender a más de 800 personas diarias” rememora Barton. 


Sector de juegos infantiles en 1975. Foto: Fabiana Ortiz.

Con la quiebra de La Martona también cerraron las pocas sucursales de la franquicia que quedaban en pie. En 1993 la reflotaron el empresario textil Juan Sabra y el dirigente justicialista ligado a López Rega Julio Yessi, ya sin la mística de antaño. El experimento duró poco tiempo hasta que todo el complejo cayó en un total abandono. En 2007 los papeles y tintas de una imprenta clandestina fueron el combustible de un incendio que lo destruyó parcialmente.

Una de las tantas deudas patrimoniales de Cañuelas es rescatar ese edificio abandonado para crear -por qué no- un Museo de la Industria Lechera que rinda tributo a la comunidad de Vicente Casares y a la primera fábrica argentina de productos lácteos nacida en su geografía.

Germán Hergenrether 

x