24 de mayo. Cañuelas, Argentina.

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Yo la vi que se venía en falsa escuadra

El agotamiento social expresado en el “que se vayan todos” ha parido una nueva criatura: Javier Milei y sus cantos de sirena. Escribe: Carlos Laborde.

El país, al garete, sin timón ni motores, vive en condición anárquica. El piloto, que ya antes había perdido el rumbo, no puede ahora reparar las averías. En poco tiempo han ocurrido una cantidad de hechos que importan  y explican la calidad del país que en que estamos viviendo. 

La indisimulable inquina que siente el oficialismo por el productor rural y la impostergable necesidad del gobierno de manotear más dólares a quienes lícitamente lo generan, llevó a la protesta social que culminó con el tractorazo del sábado 23 de abril. Una muchedumbre los apoyó y se les unió agregando a la puntual protesta del campo el reclamo de honestidad y justicia limpia que expresa el país.

Los manifestantes tuvieron  respeto por las normas y consideración por los derechos de otros: los tractores y vehículos que atravesaron la ciudad desde Núñez hasta la Plaza de Mayo, respetaron hasta entrar al microcentro el funcionamiento de los semáforos. Esto no es banal, es conducta. Respetar las normas, respetar la ley, responde al concepto digno de que mi derecho cesa cuando pisa el derecho de los demás. Implica también entender que cada uno de nosotros, o nuestro grupo de pertenencia no es “el pueblo”, que solo somos una parte, como hay otras, del pueblo de la Nación Argentina. 

La marcha sobre la Plaza de Mayo no fue un divertimento de panzudos patrones que desperdigan en fastuosas cenas y exclusivas mesas de juego fortunas habidas de la explotación de sus latifundios. Este concepto ya atrasa. Las unidades de explotación actual son minifundios, no la vastedad de estancias que se distribuyeron durante el virreinato y luego de la lucha con el indio. 

Los hombres de campo actuales son trabajadores abnegados que se enfrentan con todas las inclemencias y azares climáticos, mientras en escritorios de la Plaza de Mayo se complacen en complicarles la vida, hasta el punto de pretenderlos el pavo de la boda. Sin olvidar que el producto del trabajo del campo implica la supervivencia económica del país. Sin embargo hoy, a un mes del tractorazo, el gobierno sigue meneando la idea de aumentar las retenciones.

Mientras tanto, en el campamento de la Vda. de Kirchner se ocupan de una única aspiración: mantener lejos de Ezeiza a la exitosa abogada y a sus hijos, y de paso, si se puede, a algunos otros de la pandilla. Pandilla de saqueadores públicos inéditos en la historia. Nombres repetidos, tanto en diarios como en televisión, conocidos por todos. 

Argentina es un país de extremos: tuvimos con la dictadura un mecanismo sistemático criminal de aniquilación de personas, que alcanzó, en forma probada, más ocho mil quinientas víctimas; y con el kirchnerismo un mecanismo sistemático de corrupción oficial y latrocinio del erario público, que primero contaminó la provincia de Santa Cruz y luego la Argentina toda. 

En las marchas y banderazos de los últimos años se vieron muchos carteles con la leyenda “Paren de Robar”. ¿Hasta cuándo tanta impunidad? ¿Llegará alguna vez la hora de la justicia? El pueblo, hastiado, espera.

Hablando de justicia, cuesta al ciudadano no jurista entender la importancia y alcance del Consejo de la Magistratura. Es una institución de la última reforma constitucional que tiene por objeto designar, remover y sancionar jueces, y la administración general del Poder Judicial de la Nación. De no vivirse en un país anómalo como el nuestro, pasaría desapercibido en su existencia y funcionamiento; pero en la Argentina es distinto, existe un clamor popular por la falta de justicia e inexorablemente los ojos se vuelven a este nuevo órgano responsable de su buen funcionamiento. 

Recordemos, para entender, que casi el cien por ciento de los jueces actuales ha sido designado por Menem o por los Kirchner; éste y no otro es el origen de los magistrados repudiados por la opinión pública.  Conforme la manda constitucional, el Consejo de la Magistratura debe integrarse en forma equilibrada por representantes de órganos políticos provenientes de la elección popular (diputados y senadores), jueces de todas las instancias, abogados de la matrícula federal, y otras personas del ámbito académico y científico. 

Se dictó entonces una ley fijando su composición en veinte miembros y presidido por el presidente de la Corte Suprema. En el año 2006, la entonces senadora Cristina E. Fernández de Kirchner, ávida en su praxis populista de poseer el poder absoluto del Estado, y disponiendo entonces de una amplia mayoría parlamentaria, logró modificar aquella ley por otra que fijó el Consejo en trece miembros y suprimió la presidencia y presencia del presidente de la Corte Suprema, y alteró el equilibrio dando predominio a los consejeros de origen político electivo —que ella controlaba con su mayoría— sobre los demás. Dicha ley, que rigió hasta abril de 2022, fue declarada  inconstitucional por la Corte Suprema. Durante ese lapso el kirchnerismo dominó el Consejo e influyó decisivamente sobre nombramientos y sanciones. 

Veremos qué ocurre ahora con un Consejo más adecuado a la idea de equilibrio que ilustra la Constitución, pero que igualmente, en función de las mayorías legislativas obtenidas por el Frente de Todos, mantiene una fuerte dosis de fanáticos kirchneristas en su seno. El fanatismo siempre es malo, pero instalado en la justicia, es peor. 

¡Que se vayan todos! ¿Se analiza a fondo este grito; se advierte cuáles pueden ser las consecuencias del fin de la democracia representativa? Estimo que no; que este clamor es una consecuencia refleja del hastío de la ciudadanía con los malos gobiernos, no del razonamiento crítico. 

Los conceptos políticos que se han opuesto a la democracia republicana son las autocracias, tanto vestidas de dictaduras como de populismos. Ahora, por fuera del kirchnerismo y de los partidos democráticos ha aparecido, producto de la situación de agotamiento, un nuevo personaje, Javier Milei. También descree de la democracia representativa, del orden constitucional y de las instituciones básicas de funcionamiento de un país. Dice, mejor dicho, grita, lo que el pueblo hastiado del desgobierno quiere escuchar. Pero es peligroso seguir el canto de las sirenas. Las sirenas no existen, y pronto llega la desilusión.

Milei asemeja a un Juan Bautista  que, en lugar de clamar en el desierto, clama en los canales de televisión y en alguna plaza pública. No tiene infraestructura para gobernar, no tiene senadores ni por ahora los puede tener, no puede llenar los cargos de conducción, todavía no existe en muchas provincias.

En lo personal ofrece máximos reparos. Es incontenido, violento, irreflexivo; una caricatura de los dictadores del siglo pasado, Chaplin lo imitaría con éxito, hoy ya lo hace Tarico. Descree del Estado, pero un Estado para sostener un orden público es necesario. El Estado existe en todo el mundo. Pese a todo, Milei recibe una importante intención de voto, aunque el “que se vayan todos” sea una visión errónea y simplista de una realidad bastante más compleja. 

¿Quiénes vendrían en reemplazo de los políticos? ¿Los curas, los militares, el Gran Bonete? Siempre detrás del “que se vayan todos” está el que aguarda para dar el zarpazo autoritario. Hay que defender la política, aunque en el paquete vengan los malos políticos a los que habrá de desenmascarar; la política, desde los griegos, es imprescindible, vital para que exista y subsista una comunidad organizada. 

El tango “Fangal” (E. S. Discépolo), uno de cuyos versos da título a esta columna, ilustra a nuestra pobre Argentina 2022: Yo la vi que se venía en falsa escuadra, se ladeaba, ¡se ladeaba por el borde del fangal!

Carlos Laborde
Abogado, escritor.

Escrito por: Carlos Laborde