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Columnistas

Vaca... yendo gente al baile

Cuando nada (ni nadie) es lo que parece.

Mi vieja es maestra jubilada. En su etapa laboral trabajaba doble jornada y por eso mi papá se ocupaba del almuerzo cuando volvíamos con mis hermanos del colegio. Nunca fue muy ducho para las cuestiones culinarias y de casualidad, con muchas ganas (muchas), lograba dar con un plato aceptable. Por lo general sus recetas variaban entre fideos secos, con queso, y si estaba muy inspirado, fideos con crema. 

Con mis hermanos sabíamos bien que la variedad para degustar era limitada y por eso cuando llegaba mamá era como tocar el cielo con las manos. Porque podíamos comer comida realmente elaborada, cosa que ya empezábamos a extrañar.

Un día papá amaneció iluminado (o se le “encendió" alguna lamparita) y se despachó con la mejor idea que pudo haber tenido en meses. Fue la madre de todas las ideas: nos invitó a comer afuera. 

Esa vez no almorzamos en el patio, aunque el día se prestaba. Fuimos a la "Parrilla de Beto". Creo que los mejores sánguches de vacío los probé ahí. Por la comodidad y buena onda del lugar me sentí como en casa. Y papá chocho porque amén de la panzada (literal) que se estaba dando, no tenía que cocinar y nosotros felices por haber dejado los carbohidratos de lado, al menor por un rato.

Cabe aclarar una cosa, al estar al aire libre (elegimos una mesa exterior) uno se expone indefectiblemente a lo que venga. 

Para variar, ese fue mi caso. Estaba muy tranquilo esperando mi comida, viendo cómo cada uno de los comensales disfrutaba de la suya, cuando veo un ternerito, que no pesaría mucho más que ciento veinte kilitos, acercarse. No me llamó mucho la atención el animal en cuestión sino su inesperada reacción. ¿Acaso intuía que a su parentela la estarían faenando y venía a cobrar venganza...? Y en ese caso ¿por qué justo a mí? Ok, lo admito. Para quien no me conoce es más fácil vestirme que darme de comer, pero de ahí a que esta criatura del Señor venga a limar asperezas con este pobre cristiano que lo único que tenía en ese preciso momento era lisa y llanamente hambre... Pero por más que me hiciera la cabeza, comprendí que el becerro entendía menos de psicología que yo de física nuclear. No había caso, faltaban las cámaras del National Geographic y que se hiciera el programa “ATACANDO BOLUDOS". Y que me tomaran la cara en primer plano, tipo ardillita de La Era de Hielo cuando se manda una de las suyas. 


"Me sentí tan cerca de la muerte que no sabía si rezar o echarme sal y entregarme con fritas"
 


Mis hermanos comían, como si no pasara nada; mi viejo era como si yo no existera; y yo pensando: "¡Papá reaccioná! ¿o no te das cuenta que voy a ser la comida de tu comida?".

De pronto ya no pude hacer nada, el hermoso cuadrúpedo me tenía acorralado, vi cómo se abrían grandes las fosas de su nariz, sentí su respiración tan cerca que por poco me peina. Ya estaba rodeándome y mirándome fijo a los ojos, con los suyos que eran grandes como una pelota de tenis y negros como el carbón. No paró un segundo de estudiarme con la mirada, para mí era como si todo se redujera a él y yo y nada alrededor. Me sentí tan cerca de la muerte que no sabía si rezar o echarme sal y entregarme con fritas, pero vaya uno a saber uno si el vacuno no era hipertenso... 

Enseguida atravesó los escasos centímetros que nos separaban y sin dudarlo un segundo abrió grande esa boca con aliento más fuerte que la tela donde se balanceaban los elefantes y me lamió desde el hombro hasta la mitad de la cara como si fuera un helado gigante. 

No tuve tiempo a reaccionar en ese instante en el que fui bañado en saliva. Ni bien comencé a limpiarme con la remera y atiné a acariciar al pobre animalito, que no tenía sino buenas intenciones, escuché la voz de “¡JUIRA BICHO!”. Era un mozo que lo había advertido, un poco tarde, demasiado cerca de los comensales.

No pasó mucho hasta que los cuatro terminamos de comer nos retiramos. A pesar del noble gesto que tuvo el animal conmigo no me hice vegetariano, pero aprendí que no todo el mundo que se nos acerca tiene malas intenciones. El ternerito tal vez sólo buscaba buenos amigos.

Pido perdón por haber comido -seguramente- parte de su tía.

Renato de Tellería
Actor, escritor y un cuelgue permanente