Anselmo nació en el año 1897 en el seno de una familia campesina en el sur de Italia, trabajando de niño en la ardua tarea del pequeño campo familiar para sobrevivir.
Al cumplir sus 18 años y con Italia ingresando en la Primera Guerra Mundial, fue convocado a enrolarse en el ejército. Luego de un breve entrenamiento fue enviado al frente de batalla.
Su lucha por sobrevivir se hizo carne desde muy pequeño, por lo que encontrarse en una guerra a tan temprana edad no fue una excepción. A pesar de las arengas militares para la defensa de la patria, Anselmo supo que primero debía defender su vida. Y para ello pasó por momentos extremos.
En algunas oportunidades le tocó estar en la primera línea de fuego de aquella guerra de trincheras -la más terrible de todas porque el hombre pone su cuerpo donde el coraje era acompañado por altos niveles de adrenalina. Tenía que descargar su fusil sin un punto fijo para así poder pasar a la segunda trinchera y mientras recargaba el arma, encomendarse a Dios "gambetear" el fuego de los enemigos. Nunca supo si hirió o mató a alguno de ellos.
El sí en un bombardeo fue herido por unas esquirlas, lo que motivó su hospitalización. Allí estaba seguro. Y más seguro estaba de que no tenía que volver al frente de batalla y para ello hizo de todo para sobrevivir. Fingió locura, afectado por el estrés que producía la guerra. Un médico se dio cuenta de la treta, pero lo cubrió y le aconsejó que se cuidara de las pruebas que le harían y así fue. Le pincharon los ojos, dejaron caer monedas en su camino, pero nada hizo que abandonara el personaje atormentado por la locura.
Fue trasladado a un convento de monjas para su cuidado y luego de varios meses llegó el momento de devolverlo al campo de batalla y ese día inventó un altercado con una monja para terminar arrojándole un plato de sopa caliente, lo que motivó su detención. Enfrentar a un miembro con rango eclesiástico era tanto o más riesgoso que enfrentar a un miembro con rango militar.
Su superior, indignado por lo sucedido, decidió trasladarlo a otra ciudad y de ese modo quiso la suerte alejarlo del frente.
En 1918 finalizó la guerra y Anselmo se retiró con el rango de cabo mayor. Volvió a su pueblo, se casó, tuvo seis hijos (cuatro varones y dos mujeres, una falleció a sus tres años).
Su primer hijo nació en 1921. Al año siguiente, ante la difícil situación del país luego de la guerra, decidió emigrar y viajó a la República Argentina en busca de mejores posibilidades de vida. Vivió en conventillos del barrio de Boedo realizando variados trabajos. Al segundo año regresó a su pueblo en Italia.
En 1925 nació su segundo hijo y en el año 1927 nuevamente viajó a Argentina buscando oportunidades. Al año, otra vez regresó a su pueblo natal donde continuó formando su familia.
Por esa época comenzaba a surgir el régimen fascista de Mussolini. Anselmo defendía las ideas socialistas y se reunía secretamente con sus compañeros mientras trabajaba en su pueblo del sur de Italia marcado por las diferencias que aventajaba a las regiones del norte.
Año 1939: comienza la Segunda Guerra Mundial, Italia participa del conflicto a partir del siguiente año, en el que fallece su esposa, y dos años después el hijo mayor de Anselmo es convocado por el ejército para alistarse. Muchos recuerdos y mucho pesar se precipitaron en su memoria.
Su hijo enferma de malaria y mure poco antes de finalizar la guerra. En 1949 otro de sus hijos es convocado, con 20 años, a presentarse a cumplir con el servicio militar obligatorio.
Anselmo reacciona inmediatamente y logra embarcarse con él hacia Argentina, donde por ese entonces estaba radicado uno de sus hermanos.
Demasiadas tragedias trajeron los llamados militares en su familia y por instinto de supervivencia, emigró para buscar un destino mejor en esta parte de América. Tal es así que entre 1949 y 1953 fueron llegando los distintos integrantes de la familia, su segunda esposa y la hija de ella para radicarse definitivamente en nuestro país.
La guerra nos dejó muchas historias de hombres comunes que tuvieron que dejar su familia al momento de ser enrolados en el Ejército. La guerra nos muestra la peor cara del hombre, sus miserias violando los derechos fundamentales de la vida, la crueldad al servicio de las ideologías más fanáticas, pero también el espíritu y el instinto más primario de quienes se aferran a la vida.
Hoy el mundo vuelve a sacudirse por un gran desorden geopolítico con una larga lista de chiflados que se creen los amos. Tal vez la próxima gran guerra no sea como la que vivió Anselmo en las trincheras.
Agradezco a su nieto Antonio Travierso por su colaboración.
Escrito por: Hugo Méndez

