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Columnistas

El poder de las mujeres

Somos protagonistas de un hecho histórico: la paridad de género está en la agenda de todos los gobiernos y ONG a nivel mundial. ¿Las mujeres somos conscientes de todo el potencial que tenemos para lograr la pretendida equidad? Escribe: Natalia Blasco.

Ingenuamente crecí creyendo que tener ambos padres con trabajo era lo normal. Hoy sé que en ese momento -y aún hoy- no lo es.

Personalmente nunca imaginé que mi familia era rara. Mi mamá componía el 25% de las mujeres que en nuestro país en la década del ´70 trabajaba. Menos aún imaginé que su posición de Directora la ponía en el ínfimo porcentaje, en los 80´, de mujeres en posición de liderazgo, y lo que es peor, o más llamativo aún, que ¡su subordinado fue durante muchos años un hombre! ¡Y por algún tiempo mi papá!

En ese contexto de familia extrañísima tardé en tomar real conciencia de que haber podido estudiar, convertirme en profesional, ejercer en forma autónoma mi profesión y poder vivir de eso, aún en el Siglo XXI, no es lo que vive la mayoría de las mujeres… Pero afortunadamente mi paso por la docencia, la profesión y la sociabilización de mis hijos ayudaron a tomar conciencia de las realidades ajenas. Mirada que la política (efecto y causa a la vez) contribuyó a profundizar.

Hoy sé que la Mujer y la necesidad de su ingreso al sistema productivo, es decir, la necesidad de empoderarla deben ser el eje transversal de cualquier política pública que nos saque de la crisis y que haga efectiva la Igualdad que la constitución y los tratados declaman.

Algunos tal vez verán en esta palabra el resabio feminista que sin duda tengo, responsabilidad de mi mamá, que trae en su genealogía agua de ríos caudalosos como la de las Hermanas Chertkoff, militantes socialistas, feministas; y que creció escuchando en la mesa familiar a Alicia Moreau de Justo, fundadora del Partido Socialista y precursora del voto femenino; pero lo cierto es que empoderar va por otro lado: es hacer poderoso o fuerte a un grupo desfavorecido. 

Y si hablamos de grupo desfavorecido, hay números que lo demuestran: el 80% de los pobres del mundo son mujeres; en nuestro país el 80% de los trabajadores informales son mujeres y en cargos gerenciales sólo hay un 20% de mujeres. 

Sabemos que somos resultados de patrones culturales prehistóricos: el hombre era el proveedor y el que detentaba la fuerza, básica para el trabajo; y fueron esas condiciones los que marcaron las reglas del mercado laboral; pero hoy, la tecnología revolucionó el mundo, y nos posibilita situarnos en plan de igualdad con los hombres, dejando la “fuerza” como sinónimo de poder y capacidad. Así nos encontramos ante un gran desafío: reelaborar las condiciones laborales, para conquistar la verdadera igualdad… 

¡Y hay buenas noticias! La primera es sin duda alguna que estamos en un tiempo histórico, que va mas allá de la discusión sobre la despenalización del aborto, o el derecho a ir sin corpiño a la escuela o la gran preocupación por la violencia de género; es la primera vez en la historia que a nivel mundial se reconoce la necesidad imperiosa de incluir a las mujeres en el sistema productivo como herramienta fundamental para terminar con la pobreza estructural, y que Argentina está trabajando sobre eso, no solo mediante el Plan de Erradicación de la Violencia 2017-2019, sino en la elaboración del Plan Nacional de Igualdad de oportunidades y derechos, que pretende ser ‘un Pacto de Estado’ para hacer realidad la igualdad de género. 

Sabemos que -aunque obligados por leyes de paridad y cupo (como podría ser mi caso)- tanto el sector público como el privado han comenzado lentamente a incluirnos en equipos de trabajo, reconociendo no sólo las multicapacidades que tenemos, y el hecho de que ser más más creativas, colaborativas, altruistas, participativas e innovadoras nos hace distintas. Pero no debemos contentarnos con esas leyes; necesitamos trabajar juntos para una verdadera concientización y la elaboración de políticas públicas de igualdad.

Necesitamos una vez más un trabajo conjunto y articulado, y en ese camino vamos. Necesitamos tomar conciencia que tanto la atención a la víctima de violencia como la asistencia a la mujer en la línea de pobreza, o la cuentapropista o la sostén de familia, no puede concluir con la denuncia y la asistencia de la urgencia, sino que requiere que esté empoderada, es decir tener poder, que es poder económico; Saber y saber hacer: que es el poder intelectual; querer, que es el poder interno y Poder Poder: que es el poder de acción. De modo que cualquier mujer cuente con todos los recursos necesarios para superarse y romper círculos de pobreza generacional y/o impactar en el desarrollo de su comunidad.

¡Estoy segura de que cuando logremos empoderarnos, seremos imparables! 

Natalia Blasco
Abogada
Concejal de Cambiemos