Volver a sección

| Columnistas

Cuesta abajo en la rodada…

Argentina asediada por una peste que ni las goticas de Maduro lograrían erradicar. Por Carlos Laborde.

Argentina asediada por una peste que ni las goticas de Maduro lograrían erradicar. Por Carlos Laborde.

Cuesta abajo en la rodada…

 Falstaff, personaje de Shakespeare inmortalizado por Verdi. Cuadro de Eduard Grützner.

Este pobre país, enclavado en el vértice austral de los dos océanos, recibió el azote impiadoso de una peste. Se trata de la fernandezmia doble K, contra la que al momento no existen antídotos y según los científicos recién podría lograrse algún alivio con la compulsa cívica de fin de año. 

Los estudiosos presumen que la intensidad de la peste proviene de su ayuntamiento con una endemia largamente conocida, que si bien tiene temporales brotes agudos, en general convive pacíficamente con la población. Los expertos informan como posible origen, el contagio por contacto estrecho de las temibles espiroquetas caribeñas que causan estragos en aquellas regiones, al punto que un presidente sostuvo públicamente que gobierna según los mandatos que le brinda un pajarillo que vuela alrededor de su cabeza, y ahora dice que han descubierto las goticas milagrosas para acabar con el Covid. Estos desatinos que se han dado en llamar Mal del Caribe, superan en mucho las inmortales fantasías del gran García Márquez sobre los desquicios del coronel Aureliano Buendía o las andanzas de aquel dictador eterno que llegó a alcanzar su tercera dentición.

La fernandezmia doble K, empinada en las mentes gubernamentales, nos impulsa a un rumbo de desastre que alarma. En un país geopolíticamente agropecuario, atacan desde todos los flancos el progreso del sector, imputando, con épica obsoleta, de panzudos patrones y señoritos de la Sociedad Rural a la gran masa de productores y trabajadores que se esfuerzan grandemente en sus ásperos lugares de trabajo. 

Cuando resulta indispensable la ayuda exterior, caemos en una conducta esquizofrénica que nos deja al costado del mundo activo, libre y progresista, recostándonos sobre regímenes tortuosos como el chino y el ruso. 

El concepto de seguridad ha quedado degradado por la lucha estéril entre dos facciones del propio gobierno, causante del aumento del delito en las zonas más densamente habitadas del país. La acción contra el narcotráfico, que tanto había avanzado, ha quedado al garete y nuestras fronteras son, como las de las cárceles, puertas giratorias para la droga. La lucha contra el narcotráfico requiere una colaboración activa entre distintos países, proyectos y acciones conjuntas, que un gobierno ideológicamente cerrado y de estructura chauvinista está muy lejos de poder implementar. 

En materia educativa, a más del conflicto de la presencialidad, han caído en el más reprochable vicio de adoctrinamiento, al mejor estilo del Perón del 45-55, no sólo por los textos que se entregan a los alumnos sino por una tendencia similar en la formación del personal docente que ya lleva dos generaciones. Abusarse de los inocentes es una inmoralidad grave. 

La designación de un pícaro a lo Falstaff como ministro de Salud, selló el desastre de la gestión sanitaria. En la lucha contra el Covid el fracaso ha sido total, por impericia, negligencia, y presumible corrupción en la elección, negociación y compra de las vacunas, contratos que hasta la fecha se mantienen sin auditar bajo siete llaves. La picaresca culmina con el vacunatorio VIP y el tráfico clandestino de vacunas para la nomenclatura oficial y amistades afines, mecanismo que continúa, todos los días aparece un nuevo caso.

Ni hablemos de las toleradas agresiones mapuches, la permeabilidad para el ingreso de delincuentes extranjeros por derogación del decreto que lo regulaba, la prohibición del voto internacional por correo, la pobreza extrema, la inflación desbordada o el disloque del riesgo país. Y seguirían muchas otras linduras, como las travesuras de la Vda. de Kirchner para evitar su necesario viaje a Ezeiza, o la comedia del control de precios; pero las omito para no agotar el espacio de esta columna.

Después de perseguir a periodistas, jueces y fiscales, el agonismo perpetuo de la fernandezmia doble K enfiló desde distintos ángulos contra la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, retrotrayendo la Argentina a circunstancias similares a las de mediados del siglo XIX. Es que la ciudad autónoma resulta un ejemplo demasiado expuesto de la diferencia que existe entre un estado pujante y bien gobernado y otro decadente y sin rumbo de gestión. Tal vez la mente enferma de algún fanático esté programando llevar el conflicto a extremos que les permita intentar la intervención federal de la ciudad y lograr por ese camino conquistar la fortaleza que nunca lograron domesticar con los votos. 

Asistimos a un proceso conocido y estudiado en la historia reciente: la utilización del sistema democrático constitucional para desde sus entrañas alumbrar un régimen totalitario. El método es destruir todos los mecanismos de control; para lograr una dictadura de las mayorías. Sobran ejemplos en el siglo pasado y en el actual, y son trágicos. La fórmula populista es simple. Se enancan en el justo repudio del pueblo a los malos gobiernos y hacen su prédica denigrando la política. Aparece un portavoz que luego se convierte en líder, y con un discurso demagógico gana las elecciones con amplia mayoría. La estructura interna de estas agrupaciones es verticalista, las órdenes parten del líder infalible que los guía y protege, que los “cuida” como ellos dicen; y son acatadas. Desaparecen los ciudadanos y nacen los súbditos. Los parlamentos responden fanáticamente a los designios del líder y se convierten en meras escribanías que ponen el cúmplase a los proyectos del ejecutivo. 

Queda un último hito: dominar el poder judicial. El populismo no puede prosperar con un poder judicial honesto y autónomo, por ende lo tiene que hacer propio, debe responder disciplinadamente a las directivas del líder. Cuando cae este último bastión cae la República; el líder ha logrado la suma del poder público, controla los tres poderes del estado. Puede salir al balcón, golpearse el pecho como Tarzán y proclamar delante de la multitud extasiada que lo aplaude: El Estado soy Yo.

Carlos Laborde
Abogado y escritor