23 de mayo. Cañuelas, Argentina.

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Carrera de embolsados

El estado calamitoso de la República, gobernada tantos años por el perokirchnerismo, ¿se debe a una crisis económica, a una crisis política o a una crisis moral? se pregunta Carlos Laborde.

El honor es la cualidad moral que nos lleva a cumplir las obligaciones y a honrar la palabra empeñada. Es nuestro reflejo ante la sociedad. Somos dignos cuando sostenemos nuestro honor y no permitimos que nos humillen ni degraden.

La consecuencia virtuosa de que un grupo social y sus líderes actúen con honor y dignidad es la confianza, la certidumbre, el respeto. Toda acción política y toda conducta de gobierno deberían contener en su esencia estos principios éticos.

Resulta fundamental en estos tiempos eleccionarios verificar primero las calidades morales de los postulantes, y luego recién sus propuestas; porque la praxis política sin un sustento ético —como ha quedado demostrado en los últimos años— no nos sacará de la situación de colapso que vivimos. 

Muchos de los políticos alineados en Unión por la Patria muestran una trayectoria reñida con los valores morales de nuestra sociedad. 

Su lideresa, la viuda de Kirchner, dos veces presidenta de la República y actual vice, es una mujer convicta y procesada por delitos infamantes en el ejercicio de sus cargos: defraudación al Estado, corrupción y presunta claudicación ante los intereses de una potencia extranjera. Se desliza en franca decadencia hacia las consecuencias de su conducta, apenas sostenida por muchos fanáticos incondicionales quienes, como corresponde a los recalcitrantes, no ven ni escuchan. 

Fue necesario referirse a la Vda. de Kirchner pues si bien no se postula para cargos electivos, no podemos obviar que es la gran titiritera del movimiento y que maneja todavía el retablo. Habrá que ver cómo le sale la experiencia con su nueva marioneta.

El candidato presidencial de Unión por la Patria, instituido por la Gran Electora, lucía ya los cariñosos apodos de Ventajita o Panqueque, y la Viuda le agregó el novedoso estigma de Fullero. Todos sabemos por qué las lenguas insidiosas lo premiaron con tales motes. Su palabra carece de valor y su accionar es errático y contradictorio. Las encuestas exhiben el mayúsculo rechazo social que presenta. Sin embargo, la lideresa lo ha ungido candidato porque su picaresca —en un país afecto al género— cosecha adhesiones y ninguno de los propios mide mejor. Su ubicuidad recuerda al Lazarillo de Tormes, por eso la duda que corroe a los kirchneristas fieles es cuándo este sujeto tan poco confiable saltará del retablo o cortará los hilos. Mientras tanto, almorzarán el sapo de tener que votar a quien prometió en acto público que los iba a meter presos, que es miembro destacado del contubernio de empresarios prebendarios —sanguijuelas del Estado— y de la banca nacional e internacional, de cuya cercanía se jacta. Bellezas de la sumisión.

Al nonato candidato presidencial desplazado, ex vicepresidente y ex gobernador de la Pcia. de Buenos Aires, actual diplomático, le impusieron el simpático apodo de Pichichi junto al menos glamoroso de Felpudo y de otro más escatológico, pues luce la indignidad de haber soportado numerosas humillaciones de sus patrones políticos sin reacción ni respuesta satisfactoria.

Y así, en la infamante larga lista de condenados y procesados milita la aristocracia del staff kirchnerista: ministros, secretarios de estado, secretarios privados y demás deudos.

Esta realidad indiscutible, real y probada, nos lleva a preguntas terribles: 

¿El estado calamitoso de la República, gobernada tantos años por el perokirchnerismo, se debe a una crisis económica, a una crisis política o, tal vez mucha más cierto, a una increíble crisis moral que minó los cimientos de todas las instancias y arrasó el país? 

¿Qué puede ofrecer un candidato sinuoso que ha sido parte del fracaso absoluto de la continuidad de gobiernos que destrozó la Nación? 

¿Es posible una política sana con semejantes rasgaduras morales?

La postulación de Masa es el manotón de ahogado del perokirchnerismo para mantener, a cualquier costo interno y tapándose la nariz, su presencia en la pretensión electoral; cualquier otro postulante sería la nada o el final.

En la otra coalición, la debacle ética no es tan grave ni manifiesta, aunque no exenta de algunas situaciones que por su incidencia en un futuro gobierno conviene examinar; porque ser honesto es condición fundamental pero no excluyente.

Juntos por el Cambio tiene dos candidatos definidos para la Presidencia de la República: Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta. Ambos llegan sin prontuario, ficha limpia como ahora se dice. En la situación de colapso de la Argentina, la honestidad vale y es lo primero, pero no alcanza, se necesitan propuestas: qué y cómo. La puja entre ambos se considera muy pareja y el que gane, si luego alcanza la presidencia, fijará el rumbo del gobierno.

La principal diferencia entre ambos no surge del qué —los equipos de los dos candidatos no difieren demasiado— sino del cómo y del cuándo.

Patricia Bullrich es desde sus orígenes en política una mujer agonal, nunca le faltó acción ni decisión en los cargos que ejerció. Iniciada en el peronismo de los setenta fue derivando a principios más liberales y republicanos que la convirtió en figura relevante y presidenta del PRO.

Horacio Rodríguez Larreta, iniciado también en el peronismo, con algunos vínculos con el desarrollismo, evolucionó hacia una conducta de base liberal y republicana que asentó en la eficacia de sus logros de jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma; él mismo se jacta de ser una persona de hacer, de gestión. 

Genera una lánguida sonrisa que las dos principales figuras de la oposición hayan nacido a la vida política en su actual adversario, el peronismo.

Patricia Bullrich cree —como en dramaturgia— que no puede haber una buena resolución si no se afronta y detona el conflicto. Para ella la confrontación política es sometimiento o conflicto. Toma el acuerdismo con mucha reserva porque entiende que en ese diálogo el status quo siempre logra imponerse y se convierte en gatopardismo; todo se diluye y nada cambia. No repudia convenir, pero pone claros y estrictos límites que no está dispuesta a traspasar. Expresa una posición principista. Sostiene que el diálogo político debe darse público en el Congreso de la Nación y allí tentar las distintas alianzas posibles pero —y en esto es irreductible— hay un punto de inflexión límite ante el que debe preservarse la propuesta inicial porque si es degradada el cambio se convertiría en continuidad. Su candidato a vicepresidente, el radical Luis Petri, se alinea con este concepto.

Bullrich no ha sido gobernadora ni intendenta, su mayor cercanía con un cargo ejecutivo lo ha tenido como ministra en dos oportunidades. La última, en seguridad, se le reconoce eficaz y exitosa. Carece de la experiencia de campo de un intendente o un gobernador. La gran pregunta a esta candidata que arenga repetidamente “esto conmigo no pasa”, es qué mecanismos concretos utilizará para cumplir su afirmación. Dice, por ejemplo, que no admitirá bloqueos de las calles; veremos si lo hace y cómo lo hace. A veces, para ilustrar su coraje, cae en excesos discursivos poco ponderables.

Horacio Rodríguez Larreta ha ejercido durante ocho años un gobierno exitoso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la ciudad porteña está a la altura de las mejores ciudades del mundo y tal vez en el podio de América Latina. En la presentación de candidatos ha sabido articular una buena integración de los distintos componentes de la coalición (radicalismo, PRO, peronismo republicano, Coalición Cívica y liberales), alineando a los más relevantes, gente con antecedentes y experiencia de gestión. Morales, su vicepresidente, es un exitoso gobernador y presidente de la Unión Cívica Radical. Desde siempre Larreta ha sido un político conciliador y ha traído como bandera que es imposible revivir el país si no se genera una gran unión nacional, que él estima debería concretarse con una masa legislativa homogénea que sume amplias mayorías en las votaciones del Congreso, para poder sancionar las leyes necesarias que reviertan la situación de colapso a la que el perokirchnerismo llevó al país. 

Surgen entonces algunas preguntas: 

¿Esta unidad, alcanzaría al kirchnerismo, que muchos consideran moralmente inaceptable? Debería explicitarlo ahora.

¿Por la vía del acuerdo, se lograrían los cambios profundos o se caería en el gatopardismo?

¿Qué sucedería con la crítica situación actual si no se toman medidas eficaces antes de obtenerse los consensos de unidad?

¿Fue errónea, en esta etapa preelectoral, la tentativa de integrar a Schiaretti causándole así un grave daño al candidato a gobernador de Córdoba Luis Juez?

Las respuestas no son fáciles.

Estas son las opciones del votante: 

Sergio Masa cargando su brumosa historia, más un perokirchnerismo fracasado en su gestión de gobierno, agravado por los prontuarios de la dueña del dedo que lo ungió y los de su staff de gobierno; sin proyecto futuro conocido, sin plan explicitado. Nada dice sobre qué hará o modificará de lo hecho hasta ahora por el gobierno en ejercicio que él integra como ministro y que ha llevado al país al desdichado estado en que se encuentra. Tampoco explica por qué no toma las medidas que prevé, si las tiene, desde ahora mismo, pues ellos son el actual gobierno. Misterio.

Bullrich y Larreta, tienen un similar proyecto de futuro y de gobierno, pero difirieren en la forma de encarar las sustanciales reformas que necesita al país, en particular los tiempos y la integración de las mayorías legislativas. 

Milei dejó de ser la opción competitiva al que fue llevado por la desesperación de la gente y cierto interés periodístico por lo raro y grotesco. Parece haberse agotado la ilusión de los tres tercios. A más de su cuestionado histrionismo y de su más cuestionado equilibrio emocional han surgido situaciones concretas en su armado partidario que destrozan la esencia de su propio discurso. No muestra equilibrio personal ni estructura de gobierno, sólo grita, vocifera. La sociedad ya debe saber que conviene cuidarse de los líderes mesiánicos, el siglo pasado ha dejado buenos ejemplos, tanto en Europa como en América.

Llegó la hora de la verdad, y cada uno de nosotros deberá ejercer su libertad de elección; hacerse cargo por cuatro años de la responsabilidad que nuestro voto nos genera. Los gobiernos democráticos no nacen de un repollo, son la consecuencia directa del voto de los ciudadanos. Los votantes somos partícipes necesarios de la existencia del gobierno elegido. 

La responsabilidad es el costo de la libertad.

Carlos Laborde
Abogado, escritor.

Escrito por: Carlos Laborde