13 de abril. Cañuelas, Argentina.

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Acerca de la política, los políticos, los nuevos mesías y las fuerzas del cielo

Es necesario rescatar el valor de la política, ese elemento fundacional de la sociedad que busca soluciones y consensos. Escribe: Carlos Laborde.

Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos (Jorge Luis Borges. “Utopía de un hombre que está cansado”. El Libro de Arena).

La política no es un invento de los hombres sino una realidad objetiva desde los mismos orígenes de la humanidad. Fue el paso natural del individuo aislado y nómade a alguna forma de comunidad organizada. Más de cinco mil años antes de nuestros días aparecen manifestaciones de la política en las primera aldeas. Y en forma también natural, pero necesaria y diríase indispensable, aparecen quienes se hacen cargo de cumplir funciones de orden y gestión: los políticos. Negarlo sería volver a los orígenes, cuando dos individuos incomunicados dirimían a garrotazos los restos de un bisonte. Así, como ley de la necesidad, aparecen los primeros políticos, aquellos hombres más fuertes o más astutos que se ponen al frente de las comunidades para brindarles en forma sistemática bienestar y seguridad; pero también, en muchos casos, para priorizar sus intereses y medrar sus propias regalías.

Desde aquellos tiempos hasta nuestros días, la política y los políticos han recorrido un largo camino por senderos distintos. La política sigue siendo el elemento natural de busca de soluciones y consensos para que una comunidad progrese, con la difícil función de administrar en forma ecuánime los intereses contradictorios que necesariamente aparecen en cualquier sociedad según épocas, costumbres, religiones y países. La política es natural e indispensable según la particularidad de cada tiempo y lugar. Negar la política o renegar contra ella es tan absurdo como alzarse contra la ley de gravedad.

Distinto es el caso de los políticos, que son quienes ejercen la praxis política, los que se ocupan del gobierno y de las cosas del Estado. Aparece aquí, imprescindible, el factor humano. Y el político-hombre puede, como todos, ser útil o inútil, y también bueno, malo, corrupto o criminal. La responsabilidad del político es subjetiva, de cada uno, no se puede condenar a toda la clase política porque no sólo es injusto sino también absurdo; debe atenderse en forma precisa a cada persona y a cada situación. La vociferación insultante es solo primitivismo de barricada, que se torna más inaceptable en bocas democráticamente investidas. 

¿Vamos a negar que en la República Argentina hay muchos, tal vez demasiados, políticos corruptos? Sería estúpido hacerlo, abarrotan los tribunales.

¿Vamos a negar que la dirigencia argentina está muy descompuesta, por no decir vulgarmente podrida, en todos sus estamentos corporativos, en especial sindicales y empresarios? Sería estúpido hacerlo, sus prebendas lucen a la vista de todos.

¿Vamos a negar que el ahora llamado “ciudadano de a pie” está harto de estar harto de los abusos y el manoseo que recibe de la dirigencia, y que parece estar llegando al punto de ebullición? Sería estúpido hacerlo, se huele el estallido.

¿Y qué pasó entonces en este caldo de cultivo? Pues lo mismo que había ocurrido en el primer mundo, aparecieron los mesías. 

Argentina no podía ser menos, ya tuvo una sacerdotisa, Cristina,  y ahora tiene un redentor, Javier Milei; ambos bajo el amparo del fanatismo, tan fácil de brotar en la inexperiencia de los jóvenes o en los adultos que no alcanzaron un nivel de autonomía y capacidad de análisis. 

Javier Milei era un economista de empresa bajo relación de dependencia, un estudioso de la economía libertaria, panelista de televisión, novio de una actriz, amante de los perros, aficionado a los disfraces de superhéroes, y muy integrado con su hermana, a quien apoda “el jefe”. Un verdadero outsider que descree de la política tradicional, un ajeno a la praxis conocida que se declara anarco-capitalista, tendencia que desconoce el valor del Estado, contradictorio para quien preside un Estado. Un incontinente verbal que no guarda la cortesía y mesura que merece la investidura presidencial, inclusive en foros internacionales cuyos audios recorren el mundo. Un místico que se acerca ampulosamente al judaísmo ortodoxo teocrático —antítesis de la democracia liberal, enemigo de la ciudadanía democrática del Estado de Israel— porque traslada su legitimación de poder del pueblo soberano a las fuerzas del cielo. Un distinto que trajo un discurso de cambio y ruptura que motivó a muchos argentinos a intentar la aventura luego de tocar fondo el desastre peronista. 

Logró con este bagaje el 30% de los votos, lo que se consideró —y fue en realidad— un espectacular éxito. Ese caudal de aceptación lo llevó al balotaje donde obtuvo el 56% frente al desacreditado Massa y logró la presidencia. 

Pero a veces los números confunden y generan errores de apreciación: el 56% lo llevó a la presidencia, pero solo el 30% suscribió todas sus ideas; el 26% restante proviene de otros partidos republicanos que lo votaron en contra de la impudicia de Massa y la barbarie kirchnerista. Ninguna duda cabe, entonces, de que ese 26% tiene derecho a intervenir en la marcha del Estado, como también lo tiene el 30% peronista, pues es condición esencial de la democracia republicana el respeto a las minorías. ¿Y cómo deben hacerlo? Pues como indica la Constitución, a través de sus representantes en el Congreso. A su vez, las provincias son preexistentes al Estado Federal, y para bien o para mal sus gobernadores, al igual que el presidente, fueron elegidos por el pueblo, y por ende tienen voz y voto en la vida del país, al margen de sus calidades, vicios y virtudes. Así funcionan, o al menos deberían funcionar, las democracias del mundo occidental. 

A este esquema institucional republicano se le opone con mucha preponderancia en los últimos tiempos, otro formato de poder: el populismo. Sus características  principales son la existencia de un líder que dice interpretar la voluntad del pueblo y expresarla por su boca; la creencia de una población homogénea que piensa en forma idéntica y representa el ideal de nación, por lo que busca la democracia directa, sin representantes, un baño de pueblo; la necesidad de un enemigo perfectamente definido que es el non plus ultra de todo lo malo y el responsable de las penurias del pueblo, enemigo al que se debe denostar y degradar en todo momento y lugar; y la ambición de ese líder de gobernar por sí, sin controles republicanos.

¿En qué posición está Milei dentro de esta dualidad, será un líder populista de derecha o un presidente republicano? ¿En cuál están sus acompañantes del 26%: PRO, UCR, Hacemos Coalición Federal y Coalición Cívica? 

Las respuestas a estas preguntas avisarán sobre el futuro. La llamada oposición dialoguista apoya, en general, el plan de gobierno, e intenta colaborar con herramientas democráticas. El perokirchnerismo no da muestras de colaboración, sólo aspira a la destrucción de todo aquello que impida su aspiración recurrente, ser el poder único y total.

Y así llegamos al gran dilema que dinamitó el proyecto de ley ómnibus: ¿le otorgamos al líder los poderes necesarios, mas no constitucionales, para generar el cambio que promete en forma rápida ya que gran parte del pueblo lo apoya y presume eficaz; o preferimos utilizar para esa ambicionada reforma el sistema de pesos y contrapesos, de equilibrio y control que ecuánimemente prevé la Constitución Nacional?

Si le damos al líder el pleno poder y nos falla, generamos un autócrata cuyo dislate nos puede llevar a situaciones distópicas; aunque también es cierto que si nos jugamos el pleno y todo sale bien, el país mejoraría con mayor rapidez. 

Pero hay otro pero: no se encuentran en la historia antecedentes satisfactorios de aquellos que gobernaron con la suma del poder público; más bien ofrendaron a sus pueblos luto, llanto y crujir de dientes.

Por eso, hoy más que nunca, lo ecléctico debería predominar. No olviden los partidos democráticos que el kirchnerismo sigue agazapado preparando el zarpazo. Valdría apoyar el cambio que propone el presidente, pero siempre atentos, preservando la institucionalidad republicana y una honesta cobertura social, y marcando los límites para evitar el desmadre de una personalidad compleja como la de Milei. Y Milei debería escucharlos y aceptar que no tiene palabra de dios. Los mesías enviados por las fuerzas del cielo son anacrónicos, se quedaron en los tiempos bíblicos o, para ser más gráficos, en el Muro de los Lamentos, donde oró el presidente.

Una apostilla final que sirva de sonrisa: con el nombramiento de Daniel Scioli en el gabinete, la guerra a la casta y la vocación de cambio lucen como un oxímoron. 

Carlos Laborde
Abogado, escritor.

Escrito por: Carlos Laborde