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Cartas y anécdotas que pintan el paso de Ceferino Namuncurá por Uribelarrea

Testimonios de sus estadías en el Colegio salesiano Don Bosco, donde maduró su decisión de convertirse en sacerdote.

Testimonios de sus estadías en el Colegio salesiano Don Bosco, donde maduró su decisión de convertirse en sacerdote.

Cartas y anécdotas que pintan el paso de Ceferino Namuncurá por Uribelarrea

 Ceferino en una estampita de 1945.

Muchas veces se habló de las visitas realizadas por Ceferino Namuncurá al Colegio Salesiano Don Bosco de Uribelarrea entre los años 1897 y 1902 para pasar allí sus vacaciones; pero ¿qué tan significativas fueron esas estadías para un niño que recién se asomaba al anhelo de ser sacerdote con el afán de evangelizar a su gente? Y por otra parte, ¿cuáles son las huellas que dejó en Uribelarrea?

Ceferino -hijo de un cacique araucano, nacido en Chimpay en 1886- ingresa al colegio salesiano Pio IX (San Carlos) del barrio de Almagro en septiembre de 1897. En pocos meses ya lee rudimentariamente gracias a la dedicación que le prodigaban los maestros del Oratorio San Francisco de Sales, ubicado enfrente.

El 27 de diciembre de 1897 arriba por primera vez a Uribelarrea, un lugar que le resultaría grato porque lo conecta con la naturaleza, los animales, el campo, paisajes que añora de su infancia. 

Monumento a Ceferino en el Colegio Don Bosco.

Posiblemente la descripción más profunda de esos viajes a los pagos rurales de Cañuelas se encuentre en el “El santito de la toldería”, libro biográfico del maestro, escritor y periodista Manuel Gálvez publicado en 1947 (Editorial Poblet). Poco tiempo antes, en 1944, se había iniciado en Roma el proceso de beatificación, lo que despertó un enorme interés por la vida del “Lirio de la Patagonia”.

“¿Cómo pasa sus vacaciones? Puede afirmarse que no deja de estudiar, por lo menos de mejorar su lectura, sea que esto figure en sus obligaciones o que él lo haga voluntariamente. Pues de otro modo no se explica que al terminar las vacaciones, a fines de febrero de 1898, lea y escriba discretamente, según afirma un compañero del Pío IX que ha ido con él a Uribelarrea”, relata Gálvez.

“Una de sus ocupaciones en Uribelarrea consiste en acompañar, todas las mañanas, al muchacho que lleva la leche al Colegio San Miguel (anexo a la parroquia de Uribelarrea) y al de las hermanas de María Auxiliadora. El director del colegio donde Ceferino aprendía a leer en Buenos Aires, que también pasa sus vacaciones en Uribelarrea, ha pedido al repartidor que lleve en su carrito al muchachuelo, para que pasee y se distraiga. Se hacen amigos. Namuncurá quiere manejar casi todo el tiempo y el otro se lo permite. Mientras van y vienen suele el indiecito contar cosas de la Patagonia. Y como alguna vez el repartidor se aburre, él exclama: ¡Si usted conociera la Patagonia vería qué linda es!”.

Gálvez agrega que en esas jornadas del reparto Ceferino le cuenta al carrero su deseo de convertirse en sacerdote. “Entonces volvería a mis tierras a enseñar a tantos paisanos míos a conocer y amar a Dios”. Para situarse en el tiempo, Ceferino tenía en ese momento apenas 11 años.

El autor, en base a entrevistas con quienes conocieron y trataron al joven mapuche, recrea otro hecho pintoresco: “Los salesianos solían llevar a algunos de sus alumnos a visitar a Don Miguel Uribelarrea, persona de bastante edad, propietario de las tierras vecinas y favorecedor de los salesianos. En esas visitas el dueño de casa suele hablar de vacas, leche, queso y manteca. Los pequeños visitantes se aburren y sólo Ceferino lo escucha con atención por lo cual Uribelarrea le toma simpatía. Cierta vez un muchacho al que han conocido en el pueblo próximo invita a varios de ellos a pasear por el campo, donde se divertirán capturando teros y también huevos de gallina con los que harán después tortillas. Ceferino, en su media lengua, lo interrumpe con palabras que en buen español dicen así: ´¡Cómo! Esos huevos no son nuestros y lo que nos propones es robarlos de la estancia del señor Uribelarrea, que siempre nos convida con algo y todavía nos dices que si alguien nos sorprende le mentiremos diciendo que son huevos de patos salvajes. (...) ¡Invitarnos al robo! ¡Robarle a don Miguel! ¡Dos faltas tremendas que nunca se perdonarían!’”

En 1952, vecinos y autoridades en la inauguración del monumento a Ceferino. Foto: archivo Eduardo Labari.

En el invierno de 1902 Ceferino muestra los primero síntomas de tuberculosis. En lugar de internarlo en las sierras de Córdoba -como recomendaban los higienistas de la época- optaron por trasladarlo a los campos de Cañuelas. “Tanta es la dejadez de sus superiores que aguardan hasta octubre para enviarlo a Uribelarrea. Y aún esto es un error pues semejante mal no se cura con permanecer unos meses en un lugar próximo a Buenos Aires. Pero no les hagamos cargo alguno: era la ignorancia de esa época, en la que sólo se consideraba tuberculoso al que tenía cavernas en los pulmones” dice Gálvez.

En ese momento en la escuela Don Bosco había 45 internos, 30 de los cuales provenían del Depósito de Contraventores de Buenos Aires. Con ellos convive Ceferino mostrando su carácter piadoso. Interviene en los conflictos, apacigua las discusiones o se echa la culpa, si es necesario, para dar por finalizada alguna pelea. En el comedor del Don Bosco es el último en sentarse a la mesa y cuando ve que su ración es más grande que la de otro, se la ofrece, gestos que contribuyen a generar un gran respeto y admiración hacia su figura. 

“En los paseos muestra su gran corazón. Cuando los otros cazan pajaritos, él se lastima al verlos heridos. Su devoción a Jesús aumenta. Se lo ve con frecuencia arrodillado y rezando delante de su altar. Un inmenso placer que tiene en Uribelarrea es el de ser sacristán” agrega Gálvez.

De esta última estadía en Uribelarrea -en la que pasa varios meses, ya como alumno- se conservan algunas cartas en un tono siempre cálido y con una impecable caligrafía.

Miguel Nemesio de Uribelarrea tuvo gran aprecio por el "santito". Murió el 17 de junio de 1905, pocos días después de Ceferino. Archivo InfoCañuelas.

El 29 de octubre de 1902 le escribe al salesiano José Vespignani, padre Inspector, Superior de la obra de Don Bosco en Argentina: “Permanezco por algún tiempo en Uribelarrea hasta que mi salud se vuelva a restablecer (...) Le pido un favor, que me dé un consejo para practicar más perfectamente la virtud de la santa pureza y una oración para que el señor me haga más bueno”. En otra carta fechada el 11 de noviembre le expresa a Vespignani su deseo de ingresar cuanto antes al seminario Salesiano de Bernal para iniciar sus estudios sacerdotales.

A fines de febrero de 1903 se despide de Uribelarrea y parte hacia Viedma para realizar el aspirantado. Consideran que el sur será más beneficioso para su enfermedad que la húmeda Buenos Aires. En septiembre de se año su condición se agrava y comienzan los primeros episodios de vómitos de sangre. El 19 de julio de 1904 parte hacia Roma, acompañado por monseñor Cagliero y el padre Garrone, con la esperanza de encontrar un mejor tratamiento. Los esfuerzos del Dr. José Lapponi -médico personal de los papas León XIII y Pío X- resultan infructuosos y muere el 11 de mayo de 1905.

“Era una bella esperanza para las misiones de la Patagonia. Pero es ahora y será su más válido protector” fueron las palabras de Pío X cuando se enteró de su temprana muerte, a los 18 años.

En 1952 la comunidad salesiana y el pueblo de Uribelarrea le rindieron un homenaje mediante el descubrimiento de un monumento en su memoria, ubicado en los jardines del colegio. Fue una idea promovida por el entonces director del establecimiento, Leopoldo Rizzi, el “Cura Gaucho”, quien al igual que Ceferino y Carlos Gardel, fue alumno del Pío IX.

 

 

 

 


Germán Hergenrether

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