21 de mayo. Cañuelas, Argentina.

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Una docena de preguntas a Francisco Gambina, pediatra y escritor

Este cañuelense por opción acaba de publicar su segundo libro de cuentos Siguiendo la luna (Niña Pez Ediciones, 2021).

Francisco Gambina.

Francisco Gambina.

Nacido en Rosario y radicado desde hace algún tiempo en Cañuelas, Francisco Gambina combina dos actividades fascinantes: la pediatría y la literatura, que raramente van de la mano. 
A pesar del ajetreo laboral en su consultorio privado y el hospital público, encuentra algunos remansos para escribir y volcar en sus cuentos muchas de las historias que lo acechan en su profesión.

1. — Francisco, escritor y doctor riman como palabras. ¿Riman también en la vida? ¿Qué buscás con cada una de esas facetas?
— Creo que se complementan bien y se alimentan entre sí. Tanto el consultorio como la guardia son lugares donde se escuchan muchas historias, diferentes vivencias y experiencias. Encuentro en la escritura una linda herramienta como para bajar contenidos, algunos aprendizajes, cosas que me movilizaron, tanto lo negativo como lo positivo. Escribir me sirve para encauzar ciertas emociones que se producen en mi práctica cotidiana. Creo que son caras de lo mismo, escuchar y contar historias.

2. — ¿Dejarías la medicina para dedicarte exclusivamente a escribir, si se diera la oportunidad? 
— La verdad que suena atractivo, pero no dejaría la pediatría. Soy pediatra hace diez años y me encanta, es lo que elegí y lo sigo eligiendo cada día. Me gusta ser pediatra, el consultorio, acompañar familias. La escritura por ahora es un hobbie más que otra cosa. La publicación de estos libros es motivo de orgullo y felicidad, pero por ahora más en plano lúdico que otra cosa, aunque en el futuro veremos, nunca se sabe.

3. — ¿Dé donde surgen las historias que contás? Si querés, danos algún ejemplo con alguno/s de los cuentos de Siguiendo la luna.


4. — Sos fana de Rosario Central. Si, por ejemplo, un tal Lucas, un chico que te dice que es muuuy hincha de Newell’s Old Boys, te pide que le autografíes y le dediques Siguiendo la luna, qué le pondrías? ¡Dale, escribinos acá esa dedicatoria! De paso, ya que compró el tuyo, y que vino (lo trajeron sus papás) al consultorio porque se siente medio angustiado, ¿qué otro/s libros o autores le recomendarías leer en este tiempo? 
— Le pondría: “Lucas querido, te dedico este libro con cariño, aunque hayas elegido los colores equivocados…”. Hay mucho para leer y de buena calidad. Le diría que se acerque a una librería y que mire, que vaya encontrando lo que le interesa, me parece que es un camino un poco personal. Creo que una buena opción serían los cuentos de Fontanarrosa. Linda recomendación de un canalla para un leproso, ¿no? Creo que le recomendaría algunos clásicos que a mí me marcaron, El señor de las moscas de William  Golding o El guardián entre el centeno de J. D. Salinger.

5. — Si mal no recuerdo, tenés tres hermanos, que tal vez andan por Rosario, tu ciudad natal. ¿Qué te dicen sobre el hecho de que seas escritor? ¿Qué opinan de tus libros? ¿Y tu esposa? ¿Es la lectora y crítica número uno?
— Tengo dos hermanos más grandes y una hermana menor, todos viviendo en CABA. Nos fuimos de Rosario cuando éramos chicos, aunque nunca se nos fue lo canalla. Siempre me tiraron buena onda con la escritura. Menos mal, porque hay varios relatos donde ellos son los personajes. Caro, mi esposa, siempre es la primera lectora, también involucrada en más de un cuento. Me dicen que les gusta lo que escribo, pero obviamente no hay ni un grado de objetividad, hay mucho cariño en el medio, je.

6.— Desde tu experiencia, ¿qué resulta fácil y qué difícil a la hora de escribir?
— En la escritura nada me resulta demasiado fácil. Puedo volcar una idea o escribir muchas líneas cuando me quema la mano, pero después siempre tengo que pulirlo un montón. Me siento a leer, releer, borrar, lo dejo descansar, vuelvo a leer. Requiere un porcentaje alto de esfuerzo, pero me resulta muy entretenido. A veces me cuesta encontrar los huecos para escribir, pero siempre que puedo me siento un rato y me olvido de todo mi alrededor. Supongo que eso es lo más importante independientemente del resultado.

7. —¿Qué queda de Humma Kapelu, aquel grupo musical que integraste? ¿Qué significó esa experiencia? ¿Seguís actualmente con algo de aquella música y banda?
Humma Kapelu fue un momento hermoso de mi vida. Era una banda de amigos que tocábamos. Se armaban unas tocadas espectaculares, guitarras, bajo, cajón peruano, bongós, accesorios, unos quilombos espectaculares. Teníamos lindos temas, también zapábamos, pero lo más importante era la excusa para juntarse con amigos. Sigo en contacto, son mis mejores amigos, dos de ellos son los padrinos de mis hijos y otro es mi testigo de boda. La música nos hermanó, generó unos puentes hermosos, conexiones muy profundas. En el libro anterior hay un cuento que se trata de esto (El Fondo). Hace mucho que no tocamos, pero siempre está la idea de retomar. Es algo que no va a morir nunca.

8. — De tu libro anterior, Piedritas y otros relatos (Niña Pez Ediciones, 2020), se hicieron tres ediciones. ¿Qué feed back; qué anécdotas tuviste de gente que lo leyó?
— Lo más lindo de haber publicado ese libro fue la repercusión que se generó a través de las redes, mensajes, llamados, me llegaron muchas buenas vibras, mucho cariño. Me reencontré con una amiga de la primaria, fue una excusa para compartir un momento con gente que no veía hace mucho, hablé con el último hermano vivo de mi abuela, que también era escritor, una emoción terrible. Fue lindo escribirlo y publicarlo, pero lo más hermoso fue todo lo que pasó después, toda esa catarata de afecto que lo rodeó. Conocí otros autores independientes, intercambiamos libros, una rueda que no quiero que se frene nunca.

9. — De ese primer libro a Siguiendo la luna, ¿notaste algún cambio o evolución en vos como escritor?... Me refiero a temas, estilo, destinatarios lectores, corrección de errores, nuevas búsquedas, lo que sea.
— No sé cuánto habré evolucionado, pero sí aprendí mucho de esa experiencia. Son dos libros diferentes, creo que en este me animo a alejarme un poco más de mí, pero mejor que lo evalúen los lectores. En ambos fue un laburo grande, muchas horas de estar sentado escribiendo, a veces con fluidez y otras mil veces trabado, aunque siempre algo sumamente disfrutable, un momento para mí pero que después se pudo compartir. Tanto en literatura como en pediatría creo que el aprendizaje es constante.

Francisco Gambina afirma que tanto en literatura como en pediatría el aprendizaje es constante.

10. — Fuiste durante un tiempo al taller literario de Julieta Capristo. ¿Qué te deja hacer un taller? ¿Sirve ir a uno? 
Julieta Capristo es una especie de sensei literario para mí. Hace cerca de cinco años que hago talleres con ella. Al principio de forma presencial, luego por videollamada, ahora por mail. También participé de algunos encuentros grupales, que es otra instancia diferente de aprendizaje. A pesar de la mudanza y cambio de ciudad, sigo en contacto con ella de forma cotidiana. Siento que me conoce, que sabe darme consejos, confío mucho en su lectura. Creo que sirve muchísimo ir a talleres. Para ser sincero, me arrepiento de no haber empezado antes.

11. — ¿Fue una buena idea echar raíces en Cañuelas, después de haber vivido en CABA? ¿Qué encontrás acá?
— Me mudé a Cañuelas porque mi esposa es de acá. Vivimos juntos casi cuatro años en CABA mientras hacíamos la residencia de pediatría en el Hospital de Niños Gutiérrez. Nos cansamos un poco de la ciudad y quisimos venir acá a probar suerte. Pasamos de un departamento al lado de mil edificios a una casa con pasto. El cambio fue fuerte, pero todas las fichas fueron cayendo en su lugar y hoy estamos disfrutando de nuestra decisión, estamos tranquilos, con tiempo para la familia, trabajando de pediatras de consultorio y también siendo parte del hospital público de la ciudad. Creo que se dio una linda conjunción donde pudimos encontrar un lugar para nosotros, más espacio y un laburo que nos copa. Hoy es el lugar que elegimos para vivir con nuestros dos hijos y nuestro perro.

12. — ¿Nos regalarías uno de tus cuentos, uno breve breve, o parte de uno no tan breve, para que los lectores de InfoCañuelas puedan leer acá nomás?
— Les dejo un cuento del libro anterior.

EFRAÍN DEL ABOLENGO

Tenía un nombre tan distinguido e ilustre que daba pena llamarlo por su apodo. Pero la dificultad que suponía en la cotidianeidad hizo que el color de su pelaje determinara su sobrenombre. Se llamaba Efraín del Abolengo, pero le decían Negro. Era un perrazo azabache bien oscuro que, cuando se paraba en sus patas traseras, medía tanto como uno. Y había que ser valiente para enfrentar la nariz contra el hocico de ese animal. Esa dentadura tremenda estaba escondida y usualmente no se veía, pero estaba ahí. 

Pese a su nombre de alcurnia que hablaba de una noble genealogía, de un linaje aristocrático, creo que no tenía raza definida. Era una especie de Gran Danés mezclado con Pitbull y una pizca de Dogo. Su enorme tamaño confundía, pero no era más que un cachorro. Tenía dos años. No podía ser más torpe. Quedaba claro que no tenía noción de su dimensión, el cuerpo le quedaba grande. No es que fuera malintencionado, pero la efusividad de su saludo ponía en riesgo la integridad física de una persona. Y más nosotros que rondábamos los treinta kilos y no pasábamos el metro y medio. 

Teníamos diez años. Ir a visitar a Nico suponía aceptar que en algún momento ibas a pasar algunos segundos de pánico cuando viniera el Negro a saludar. Entrabas pidiendo permiso, mirando para todos lados, alarmado, nervioso, sabiendo que iba a suceder. Porque iba a suceder. No era algo potencial. No era un riesgo, era una certeza. Y cuando parecía que podía ser ese el día de gloria, el día en que no sufrirías ni un rasguño, el día que el Negro habría entendido las consecuencias de tirar cincuenta kilos sobre el cuerpo de un preadolescente, al momento en que la electricidad del cuerpo producto del estrés empezaba a bajar, de repente, tras el silencio que precede a la tormenta, se escuchaba un estruendo. Y casi sin poder reaccionar, cuando ya era tarde para cualquier acción evasiva, se acercaba el Negro pisando con esas patas enormes, galopando a enormes zancadas, con cara desencajada, dos metros de lengua afuera y un kilo de baba, directo a darnos la bienvenida. 

Más allá del momento en sí, que tenías tremenda bestia encima, el inconveniente radicaba en la dificultad para despegarlo. Ni los dueños lograban fácilmente frenar esa muestra loca de amor descontrolado. Alguna vez usaron la potencia del chorro de un sifón de soda como para tratar de resolver la situación, con una efectividad dudosa. Y también los momentos previos, esa ansiedad precoz mientras avanzábamos las pocas cuadras que nos separaban de Zapiola 1326, caminándolas con un terror creciente y premonitorio, con el peso de una condena inevitable, sudando como sentenciado camino al patíbulo o a caer por la borda de un barco pirata.

No estoy seguro si alguna vez se lo contamos a Nico. No era algo fácil de mencionar, porque el Negro Efraín del Abolengo era parte de su familia. Mirá si íbamos a andar hablando mal de un miembro de su familia. Era como meterse con la abuela, no se hace. Tal vez ellos sabían todo lo que acontecía en torno al saludo de su perro, pero no era algo solucionable. Ya habían intentado atarlo, pero era para peor. Nico era nuestro amigo, y si nos invitaba a su casa había que ir, de eso se trata la incondicionalidad. A los amigos no se les falla, eso aprendimos desde chicos, sin importar los miedos y los riesgos.

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Fabián Rossini

Escrito por: Fabián Rossini