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Una decena de preguntas a Claudia Cortalezzi

Entrevista de Fabián Rossini a la escritora residente en Cañuelas a propósito de la reciente aparición de una antología latinoamericana de la que fue compiladora.

Entrevista de Fabián Rossini a la escritora residente en Cañuelas a propósito de la reciente aparición de una antología latinoamericana de la que fue compiladora.

Una decena de preguntas a Claudia Cortalezzi

 Claudia Cortalezzi.

Escritora y también correctora y editora, Claudia Cortalezzi es cañuelense por adopción desde hace casi tres décadas.

Acudimos a ella tras la publicación de “No somos invisibles”, una reciente antología de microrrelatos de escritoras latinoamericanas, con ilustraciones de otra cañuelense, Mariana González.

—Claudia, antes de enfocarnos en esta antología de mujeres latinoamericanas, contanos cómo estás y qué estás haciendo en la actualidad, porque es difícil imaginarte de brazos cruzados. 

—Muchas gracias, InfoCañuelas, por la oportunidad de charlar sobre este bello libro, y digo bello porque aunque el tema de la invisibilización de la mujer no es algo bello, la literatura puede ser bella en cualquier contexto, siempre que haya entrega por parte del escritor -escritoras en este caso- y del lector.

¿Qué estoy haciendo ahora? Acomodando horarios para arrancar con los talleres, revisando libros para Luvina editorial y aprovechando mis últimos días sin alumnos para adelantar todo lo que pueda con una novela que vengo trabajando desde hace un año y está bastante avanzada. Sé que me llevará unos meses más, y acaso más que eso. No voy a apurarla. Escribir es para mí uno de los grandes placeres de la vida, y ese placer está en el recorrido. No pienso en verla publicada. Disfruto del trabajo, de ir descubriendo qué me dicen los personajes, y me dejo sorprender si en algún tramo deciden cambiar de rumbo, me pongo a su servicio cuando hacen algo que me desacomoda los capítulos anteriores. Volver una y otra vez a revisar y reescribir mil veces cada parte, eso hago, porque a esta altura de la novela -en el tercer tercio- yo acompaño, nada más.

—Ahora sí, tengo en mis manos No somos invisibles. Microficcionistas de Latinoamérica. ¿Qué es eso de ser Compiladora? Contanos cómo fue esa tarea tuya para este libro. 

Para mí el trabajo de compiladora requiere, ante todo, respeto por el trabajo de los autores que formarán parte de la antología. Nunca incluyo textos míos, creo que correrme y dejar ese espacio es también respetar a los autores; claro que es solo una idea mía, muchos compiladores se incluyen y no me parece mal. Yo me limito a seleccionar; corregir, si hace falta; equilibrar las notas bibliográficas y escribir el prólogo. No somos invisibles es mi cuarta antología, pero la primera totalmente mía. Mía en el sentido de que tanto la idea original, como la convocatoria a las autoras —en este caso, todas integrantes del chat en el que surgió el libro—, la selección, la corrección, el orden en que irían los textos y la invitación a Mariana para que ilustrara, todo se me ocurrió a mí. Y, como yapa, tuve el gusto de que la publicáramos en Luvina.

—¿Por qué ese título?

Voy a contar la historia: desde hace unos años estoy en un chat de escritoras microficcionistas de Latinoamérica. A mediados del 2019 surgió en ese chat el tema de la invisibilización de la mujer; en la literatura, primero; en otros ámbitos, después. Mientras chateábamos sobre eso, se me ocurrió la idea de una antología temática. La invisibilización. La invisibilización de la mujer, según como la viera cada una, o quisiera tratarla cada una. Hay textos que toman la violencia de género o el femicidio, otros el ninguneo ya sea dentro de la casa o en la sociedad, el anonimato, la entrega de la mujer, los juegos que derivan en otros juegos, el lesbianismo, el abuso, la invisibilización, la denuncia, la rutina, la dignidad, la reivindicación, el desbocarse, el empoderamiento. El entorno puede ser una situación cotidiana, la mitología o juegos infantiles. Aparecen todas las aristas posibles, con un tratamiento brutal o sutil o metafórico. Es un libro muy rico desde el costado femenino, por momentos feminista, pero sobre todo es muy rico desde el punto de vista literario.

El título, con ese NO gigante que tiene en la portada, es llamativo, y justamente hace visible lo invisible. Con la primera persona del plural me incluyo en esta propuesta de visibilización. 


Cortalezzi y la ilustradora Mariana González.

 —¿Por qué microrrelatos? 

Porque en el chat donde surgió el libro lo que nos une es la microficción, aunque muchas escribimos también cuentos, novelas o poesía. El microrrelato o microcuento o microficción, como puede definirse a este género, es muy difícil, mucho más que el cuento o la novela. Puede creerse que cualquier texto corto es microficción, pero no es así: este género tiene muchas reglas —variables en cada contexto, como en todos los géneros literarios—, pero al ser tan corto no admite errores. Hay que tener en cuenta lo que se dice y también lo que no se dice, eso que puede leerse en el vacío que se deja para que el lector complete, o para dar lugar a diferentes interpretaciones. Muchos académicos le han dedicado libros completos, sobre su extensión, sobre sus formas de abordaje y sobre qué es y qué no es microficción, y es un género que tiene mucha historia.

—¿Quiénes escriben? Hablanos algo acerca de estas escritoras. 

Son veintitrés autoras, todas con un recorrido importante dentro de la microficción, muchas de ellas referentes del género. Quiero nombrarlas a todas. 

De Argentina: Mónica Cazón (Tucumán), Nanim Rekacz (Neuquén), María Elena Lorenzin (vive en Australia), Mónica Pano (CABA), Sandra Bianchi (CABA), Ildiko Nassr (Jujuy), Celina Aste (Buenos Aires), Ana María Mopty (Tucumán). 

De Bolivia: Sisinia Anze Terán.

De Chile: Gabriela Aguilera Valdivia, Pía Barros, Mary Rogers, Lorena Días Meza, Luz Marina Vergara Carrasco, Paulina Bermúdez, Francisca Rodríguez Aguilera. 

De México: Dina Grijalva, Amélie Olaiz, Karla Gabriela Barajas Ramos.

De Perú: Maritza Iriarte.

De Puerto Rico: Ana María Fuster Lavín.

De República Dominicana: Natacha Féliz Franco.

De Venezuela: Violeta Rojo.

—Antes de que me olvide, por favor decinos algo acerca de esas otras joyas que tiene el libro, me refiero a las ilustraciones…

Qué decir de las ilustraciones de Mariana, que son increíbles sería insuficiente. Mariana González es una excelente ilustradora y también una excelente persona. Pienso que, por lo menos en este caso, la calidad de los dibujos tiene más que ver con ella misma que con la técnica, que por supuesto maneja a la perfección. Fue así: cuando le pregunté si se sumaba al proyecto, se emocionó y me agradeció. Leyó los textos y —así me lo contó— volvió a emocionarse. Desde esa emoción surgieron las ilustraciones, que no solo completan el libro sino que lo enriquecen. ¡Muchas gracias, Mariana!

—Si te digo Editorial Luvina, ¿qué ideas y sensaciones te despierta? ¿Qué significó y significa para vos?

Luvina es la concreción de un proyecto. Pero también es más, es la posibilidad de salirme de mi mundo de escritora y juntar todo eso otro que amo de la literatura: leer, corregir, acompañar a los autores en el proceso del libro y cuando el libro ya está editado. Tengo la suerte de tener un socio, Fabián Rossini —quien me acercó estas preguntas—, con el que nos complementamos muy bien en el trabajo. Raras veces se da naturalmente la repartición de roles, acá se dio. Y es un gusto trabajar con la seguridad de que la otra mitad de la empresa tira para el mismo lado: lo más importante es el proyecto editorial, que está por encima de cualquier realización personal. Esto puedo decirlo ahora, cuando ya tenemos un recorrido en Luvina, con más de veinte títulos publicados y varios en trabajo. 

Fuiste vos quien trajo la idea: en una charla en la Biblioteca Sarmiento dijiste que quería poner una editorial. Yo también tenía ganas de empezar un proyecto editorial, lo habíamos conversado con unas amigas escritoras, pero con el trabajo de cada una nos era imposible acomodar los tiempos —porque es una tarea de mucho tiempo—. Después de esa charla en la biblioteca, ambos nos pusimos a proyectar. 

El nombre Luvina es en homenaje a un cuento de Juan Rulfo. La editorial se puso en funcionamiento a comienzos del 2019. Nos tocó un tiempo difícil, pero nunca dejamos de trabajar. Seguiremos creciendo, esa es la sensación que tengo, por eso podría decir que Luvina es un proyecto a largo plazo.

—¿Cómo ves el panorama literario en Cañuelas, en particular las escritoras de nuestro distrito?

En Cañuelas, como en la mayoría de las localidades, supongo, hay muchas mujeres que se dedican a escribir. Lo que yo veo en las escritoras cañuelenses, no importa la edad que tengan —las hay de todas las edades, con diferentes experiencias de vida—, es que están comprometidas con el oficio, y eso implica un compromiso también con la lectura, saber qué leer y cómo leerlo. Tengo la suerte de conocer muy bien el trabajo de una gran cantidad de ellas, porque asisten a mi taller de la Biblioteca o porque compartimos cafés o mateadas literarias. Es muy enriquecedor asistir a las lecturas de sus textos, es ahí donde se aprecia que cada una trabaja con sus propios temas, algo que yo valoro mucho, porque estoy convencida de que cada artista tiene un bagaje propio de material. La libertad, creo, es lo más importante en la creación. 

—A tu criterio, ¿hay una tarea pendiente en cuanto al lugar de la mujer en la literatura actual? 

En las últimas décadas la mujer ha venido abriéndose paso en un mundo que originalmente parecía destinado a los varones. Claro que podemos encontrar escritoras como Sor Juana Inés de la Cruz, Mary Shelley o Virgina Woolf, quienes en distintas épocas compartieron ese mundo masculino. Siempre ha habido escritoras, pero publicar era muy difícil. Paradójicamente, el porcentaje de mujeres lectoras era mayor al de hombres que leían. 

En la actualidad, las mujeres estamos muy presentes en encuentros literarios, en las estanterías de las librerías y también en el mundo académico de las letras. Desde mi experiencia, podría decir que las primeras veces que fui a encuentros literarios me sentí rara, una rareza que tenía que ver con mi género, sí; pero acaso fuera mera sugestión. El haber crecido leyendo libros escritos por hombres puede haber influido. Creo —y espero no sea solo una expresión de deseo— que las nuevas generaciones de escritoras no viven esta sensación.

—¿Nos dejás espiar y compartir algunos microrrelatos del libro? ¿Por qué la elección?

Autoparto, de Nanim Rekacz (Argentina)
Es tan profunda mi introspección que he llegado a mi ombligo del lado interno. Me rodea la oscuridad y sé que esta vez no veré la luz ni me estremecerá el ahogo transitando a fuerza de pujos de la placenta al aire hospitalario. Emerger de la tripa propia, adulta pariendo adulta: así, con prepotencia, sin cigoto.
Obligada a reconocerme como hija propia y a cuestionarme como madre, reinicio el proceso de enseñanza-aprendizaje; me desprendo de paradigmas impuestos como de un cascarón y tránsito de larva a mariposa, con un esqueleto que no proviene de costillas varoniles y una estirpe exenta de milagros y de espíritus santos.
Me apellido con mi mismo nombre, repetido como mantra.

Cuento de escritora fantasma, de Violeta Rojo (Venezuela)
La mujer que escribe se ha convertido en fantasma. Ni la feria del libro, ni el congreso de literatura, ni el encuentro literario son el lugar de sus apariciones.

Apodo de mujer, de Amélie Olaiz (México)
La apodaron Muñeca, por su belleza, y la hicieron partícipe del juego. Ella desempeñó el papel con temple de porcelana. Cuando sus ojos se volvieron vidriosos y su piel perdió el lustre, la expulsaron del juguetero.

Elegí estos textos porque son representativos del contenido de la antología.
“Autoparto” es un reinventarse, es resiliencia, es un salirse de los cánones establecidos, es un ser desde una misma.
“Cuento de la escritora fantasma” es un intertexto, homenaje o reescritura del micro “Dinosaurio”, de Monterroso; donde a partir de un formato de microficción tan conocido se muestra, casi irónicamente, la invisibilización.
“Apodo de mujer” es una puesta en escena de cumplir con lo impuesto, llevado a una violencia que está implícita en la palabra “temple”; es el paso del tiempo en los ojos ya vidriosos, y un revelarse, con su consecuencia, que puede leerse como una liberación.

Fabián Rossini