Como el musicólogo Carlos Vega —que un día se fue de Cañuelas, incomprendido por una sociedad demasiado cerrada para dar cabida a un espíritu libre—, Plinio Gargiulo se refugió en el arte, donde logró trascender como bailarín y coreógrafo. Casi se hizo cura; actuó en la primera película de Mirtha Legrand y compartió una memorable escena junto a Niní Marshall; estudió danzas en el Teatro Colón y bailó en la Scala de Milán; impulsó el ballet en Chile y lo popularizó en la ciudad de La Plata. También fue enfermero en altamar hasta que recaló en el nordeste de Brasil, donde pasó sus últimos años como profesor de baile de la aristocracia bahiana. Un común mortal necesitaría varias vidas para seguirle los pasos.
Su historia es desconocida en Cañuelas, donde el apellido Gargiulo está más asociado al tradicionalismo gracias al protagonismo que tuvo su hermano Orlando como creador del festival A Lonja y Guitarra en la estancia La Valeria. En un rincón de ese campo familiar —donde Plinio creció y vivía durante sus vacaciones— se conserva la capilla que construyó en homenaje a sus padres.
Plinio Ernesto de Jesús Gargiulo nació en Cañuelas el 7 de abril de 1914. Era hijo de Pascual Salvador (primer escribano de Temperley) y Valeria Petrona Gargiulo, parientes entre sí. Tenía siete hermanos: Pascual, Valeria, Trajano, Carmen, Tito Livio, Orlando y Violeta, quien falleció a temprana edad.
El 2 de marzo de 1933 ingresó al Seminario Franciscano de los padres Capuchinos en el pueblo de O´Higgins, en Chacabuco. Integró el primer grupo de noviciado junto a Guillermo Piñeros, Arturo Suárez, Joaquín Tellería y algunos jóvenes provenientes de Chile, aunque abandonó antes de iniciar los estudios de filosofía (1).
Luego de este breve interregno religioso —al que volvería a fines de los años 50 como consecuencia de la muerte de su madre—, decidió volcarse a la danza clásica. Se formó en la escuela de baile del Teatro Colón bajo la tutela de Esmée Bulnes y Margarita Wallmann. En 1940 ya era integrante del Ballet Estable, donde llegó a bailar con Otto Werberg y María Ruanova. Con posterioridad tuvo como maestro y consejero al polaco Michel Borovsky, contratado por el principal coliseo argentino para formar a las nuevas generaciones de bailarines del país, entre los que estuvo el genial Jorge Donn.

Un paréntesis en el cine
Gracias a su impactante porte atlético, Borovsky fue elegido para personificar al recordado “Hombre del Gong”, el personaje que aparecía al inicio de los largometrajes de los estudios Lumiton. En esa época era frecuente que la escuela del Teatro Colón asesorara o participara en las producciones cinematográficas que incluían cuadros de danza, y fue así como Plinio intervino en dos importantes cintas inscriptas en la época dorada del cine argentino.
En 1941 actuó en Yo quiero ser bataclana, protagonizada por Niní Marshall y Juan Carlos Thorry, con la participación estelar de la orquesta de Juan D´Arienzo. Catita (el icónico personaje encarnado por Niní) es una corista de una compañía de teatro de revistas que prepara un estreno en Buenos Aires. En un tramo del film realiza una hilarante parodia de La muerte del cisne.
Plinio, por su parte, —con varios diálogos y minutos en pantalla, aunque sin aparecer citado en los créditos— interpreta a un severo coreógrafo que tiene constantes discusiones con Catita por su torpeza.
—¡No, no, usted me echa a perder todo el conjunto! Salga de la fila, además usted es muy petisa —le recrimina el maestro.
—¡Oiga! No me vuelva a decir petisa porque entonces yo le voy a decir cosas mucho más piores.
—¡Cállese la boca y vaya a un rincón! Total usted no es más que una sustituta.
—¿Lo qué?.
—¡Una sus-ti-tu-ta!.
—¡Oiga, no insulte, quiere! Vaya a saber quién de los dos es más de eso que dijo.
También en 1941, con el nombre artístico de Plinio Casares (¿un homenaje a los fundadores de La Martona?), el cañuelense tuvo un pequeño papel en Los martes, orquídeas, otra producción de Lumiton que inauguró la era de las “comedias blancas”. Este exitoso film quedó en la historia del cine nacional por haber sido el primer protagónico de Mirtha Legrand, a los 14 años. En este caso, el bailarín y actor es uno de los tantos pretendientes de la futura diva. A raíz de su éxito arrollador, la historia fue adaptada en Estados Unidos bajo el título You Were Never Lovelier, con la actuación de Fred Astaire y Rita Hayworth.
Ballet Russe y gira mundial
Vasili Grigórievich Voskresenski fue un oficial del ejército ruso y empresario del espectáculo conocido como el Coronel de Basil, creador del Original Ballet Russe. Al estallar la Segunda Guerra Mundial en Europa, De Basil trasladó su compañía al continente americano. Pasó largas temporadas en Buenos Aires, Cuba y Brasil, influyendo de manera decisiva en el surgimiento de escuelas locales.
Entre 1942 y 1947 Gargiulo se sumó al elenco en su travesía americana bajo el seudónimo de Plinio Oriansky. En esa época el prestigio de los artistas rusos era tal que se impuso la costumbre de usar alias que sonaran eslavos.

Mientras la troupe seguía de gira, Plinio se instaló durante dos años en Chile, donde creó una academia de danzas que sirvió como punta de lanza para el desarrollo del género en el país trasandino. La institución funcionó en el edificio de la antigua sede de la Municipalidad de Viña del Mar, ubicada en Calle Montaña 866, a metros de la emblemática Quinta Vergara donde se realiza el célebre festival anual de la canción.
A través de la periodista chilena Cony Kerber, InfoCañuelas pudo establecer contacto con la profesora Evelyn Cordero, quien fue alumna y partenaire de Plinio durante su estancia en Chile. Con 100 años recién cumplidos, Evelyn conserva límpidos recuerdos de esa etapa dorada: “Cuando Oriansky empezó a dar clases, todo el mundo se volvió loco con él. Yo misma tomé clases y le pasé la sala que tenía en la calle Montaña. Empezamos a bailar y se formó la escuela de Viña, donde todo el mundo quería entrar. Todos se trastornaron con este bailarín. Teníamos una sala preciosa, con grandes ventanales de vitraux y un balcón enorme donde se colocaba la orquesta... Así trabajamos un año entero, con mucho éxito. Tuvimos una relación muy buena como profesionales e incluso los domingos nos quedábamos improvisando después de la función y hablando con la gente”.
Rápidamente la prensa local se hizo eco de la repercusión que generaba el artista argentino: “Un espectáculo de gran interés se desarrollará en el Teatro Municipal el próximo día 20 a beneficio de la Pascua de los Niños Pobres. En efecto, el profesor de danzas Plinio Oriansky, primer bailarín del Ballet del Coronel Basil, presentará en la fecha señalada un gran concierto de danzas, el que, a juzgar por el programa elaborado, alcanzará especial brillo. Existe gran interés en la reserva de entradas para esta fiesta de primera calidad artística, porque, de acuerdo con un gracioso gesto del profesor Oriansky, todo el producto de ella será destinado a aumentar los fondos del Comité Nacional de Navidad, y, por consiguiente, a financiar los obsequios de regalos y juguetes que el Comité reparte a los niños pobres en la Pascua” (2).

El Ballet Russe se hundía en un lento declive por una acumulación de deudas y el deterioro de la salud de De Basil. Entonces Plinio decidió probar suerte en Europa, como solista. Durante más de un lustro viajó por varias capitales haciendo presentaciones en los teatros Ópera de París, Scala de Milán (con Tamara Toumanova), San Carlos de Nápoles, Real de El Cairo y Estrasburgo, entre otros. Durante su residencia en Italia, estudió bellas artes en la Academia de Brera, una institución pública situada en la vía Brera 28, en el centro de la ciudad de Milán, fundada en 1776 por la emperatriz María Teresa I de Austria.
Regreso a la Argentina y cargo en La Plata
En 1953 Gargiulo fue designado director y coreógrafo del Ballet del Teatro Argentino de La Plata en reemplazo de Michel Borovsky. El cañuelense desarrolló su gestión durante el gobierno peronista de Carlos Aloé, con la directiva de facilitar el acceso de las clases populares a espacios que anteriormente se consideraban ámbito exclusivo de la élite. Fue así como una de las ideas que promovió el artista fue la venta de entradas el mismo día de la función, con el objetivo de simplificar la concurrencia del público.
“En 1950, el Ballet Estable se presentó durante toda la temporada estival con funciones casi todas las semanas. Así continuaron hasta 1953, repitiendo el repertorio realizado hasta el momento, y estrenando al aire libre —respecto a la temporada estival anterior— por lo menos seis obras cada verano, siempre bajo la dirección de Michel Borovsky. En 1954, el director del cuerpo de baile pasó a ser Plinio Gargiulo y la temporada estival se mantuvo con las mismas características, aunque las entradas ya no se vendían desde el día anterior, sino el mismo día de la función” (3).

Entre las figuras que compartieron cartel con Plinio estuvieron Delfino Larrosa, Carmen Panader, Elsa García Gálvez, Vasil Tupin, Ivana Kislinger, María Ruanova, Tito Barbón, Margaret Graham, Irina Borovski, Mischa Dimitrievich y Ethel Lynch, quien décadas más tarde se convirtió en una prestigiosa formadora en el Teatro Colón, donde le tocó guiar la carrera de Julio Bocca.
En su departamento de Vicente López, Ethel Lynch habló con InfoCañuelas, visiblemente conmovida por la posibilidad de rendirle un póstumo homenaje a su gran amigo y compañero. “Iniciamos el cuerpo de baile en 1947 y con los años alcanzamos el nivel del Teatro Colón. Plinio llegó en los años 50; primero fue solo bailarín y luego coreógrafo. En un momento dijo que quería hacer una reposición de La bella durmiente con esa música exquisita de Tchaikovsky. A Elsa (García Gálvez) y a mí, que siempre estábamos con él, nos dijo: 'Voy a hacer ese ballet pero me tienen que ayudar, porque no sé un pito'. Entonces empezamos a ensayar los movimientos en mi casa de Caballito y yo le hice una maqueta del escenario con cartón”.
“En su obra, seguramente inspirada en algún importante montaje observado durante sus frecuentes viajes a Europa, así como en la versión de Wallmann para el Teatro Colón, actuaban como brillantes Auroras Carmen Panader y Margaret Graham. El príncipe Désiré era el inolvidable Delfino Larrosa; el Hada Lila, Elsa Gálvez, y en papeles solistas se desempeñaban Alfredo Caruso, Mischa Dimitrievich, Mario Ignisci y Rodolfo Fontán. Componían una pareja ideal en 'El pájaro azul' del tercer acto Hugo Delavalle y María del Carmen Santesteban”, reseñó el crítico argentino Enrique Destaville (4).
“La obra fue un éxito total —continúa Ethel—, pero nos llevó mucho tiempo prepararla porque hicimos los cuatro actos, algo que no era habitual. Al hacerla completa era muy larga, costosa, con muchísimo vestuario y más de cincuenta bailarines. En un momento a Plinio lo llamaron del Colón para que repusiera su versión, pero no se dio”.
En esa etapa fundacional también escenificaron Cascanueces en un gran escenario montado en Plaza Moreno, frente a la Catedral; bailaron en la inauguración de la Ciudad de los Niños (1951) e hicieron varias presentaciones en el Teatro del Lago. “Había una pérgola con glicinas; en las noches de verano era hermoso. Cuando teníamos un intervalo entre las clases y los ensayos, nos íbamos a caminar con Plinio por la zona del bosque y el zoológico”.
En 1954, tras dejar el cargo en la Provincia, Gargiulo fundó una academia propia en Temperley, en la calle 25 de Mayo al 300. Entre sus alumnas estaba Ivana Kislinger, quien ese año fue consagrada Miss Argentina y luego viajó a Estados Unidos para competir en Miss Universo, iniciando una gran proyección internacional.

Entre el sacerdocio y la marina mercante
La muerte de doña Valeria Gargiulo, en 1958, significó un duro golpe para el artista, que siempre había encontrado en su madre un soporte incondicional. Marcado a fuego por esa pérdida, se alejó de los escenarios y se instaló en el Cotolengo Don Orione para colaborar con la asistencia a los internos, a los que daba clases de pintura o sacaba a pasear en auto. Dos años más tarde realizó el noviciado con la intención de ingresar a la obra de La Divina Providencia. Ethel Lynch sostiene que en sus viajes por Europa Plinio tomó contacto con la congregación de las Carmelitas Descalzas —monjas de clausura dedicadas por completo a la oración contemplativa— y que se interesó por su forma de vida, pero que en Argentina no soportó la quietud de la rutina religiosa.
Luego de esta segunda experiencia mística, hizo un curso en la Cruz Roja, de donde egresó con el diploma de enfermero. Trabajó en el Instituto Ottolenghi de la Capital Federal (el Servicio de Ortopedia y Traumatología del Hospital Italiano) y en el Hospital Lucio Meléndez de Adrogué.

Gracias a la relación de Orlando Gargiulo con los caballos, Plinio conoció a Alfredo Ryan, hombre de negocios nacido en el territorio británico de Gibraltar y propietario del haras Tobetma, ubicado en el km 56 de la Ruta 3, frente al barrio Peluffo. Además de su pasión por el turf, Ryan era un importante empresario naviero, dueño de la Compañía Argentina de Pesca. A mediados del siglo pasado adquirió en Canadá dos grandes buques cargueros para expandir su flota logística, los cuales bautizó Mabel Ryan y Betty Ryan en homenaje a sus hijas. Estas embarcaciones sirvieron de apoyo al transporte de suministros y productos derivados de la captura de ballenas (como aceites y grasas) en las estaciones de las islas Georgias del Sur y la Antártida.
Por recomendación de Ryan, en 1961 Plinio ingresó a la Marina Mercante como enfermero, embarcándose en el Mabel Ryan por primera vez el 30 de noviembre de ese año en Dock Sud.
¿Qué dilemas habrán cruzado la mente de Plinio para cambiar los aplausos, las luces y el terciopelo por la agreste vida de ultramar? ¿Qué misterioso impulso lo empujó a buscar refugio en la soledad y el aislamiento del océano?
Los diarios de la época describían las dificultades que tenía la flota pesquera argentina por su antigüedad y falta de mantenimiento: “El Betty Ryan es un carguero del tipo Liberty, construido en Norteamérica durante la última guerra. Desplaza unas cinco mil toneladas y es empleado por sus armadores, al igual que su gemelo, el Mabel Ryan, en hacer viajes por puertos europeos y orientales de larga duración (algunos alcanzan a los dos años sin regresar al país). La nave carece de las más elementales comodidades y seguridades para su personal. Prueba de ello es el incendio que se ha declarado a bordo cerca de Aden (Yemen). La imposibilidad de extinguirlo denuncia carencia de elementos modernos, conforme a las exigencias actuales... En otros viajes anteriores el Betty Ryan quedó varias veces al garete en medio del océano por fallas en sus máquinas” (5).

Tal vez por esas precarias condiciones de trabajo, en 1968 abandonó la empresa y se embarcó en el buque Petromar Campana de la petrolera Esso, dedicado al transporte de crudo. En una de sus escalas en el puerto de Salvador, Plinio fue reconocido por una bailarina del teatro Castro Alves que lo rescató de su aventura oceánica y lo reinsertó en el mundo de la danza.
Entre 1970 y 1972 se convirtió en el primer extranjero contratado como profesor en el Castro Alves, el principal escenario bahiano donde comenzaron sus carreras Gilberto Gil y Caetano Veloso. En años posteriores comenzó a dar clases particulares para las damas e hijas de la aristocracia en el Yacht Clube da Bahia. Allí se conectó con la alta sociedad, conoció a Pelé y trabó una gran amistad con el reconocido pintor y muralista Carlos Bastos.
En esa década, Gargiulo pasaba la mitad del año enseñando en Brasil y el resto del tiempo en la estancia La Valeria de Cañuelas, también visitada por muchas celebridades, especialmente del folklore, que actuaban en el festival de jineteadas organizado por Orlando y Miguel Franco. En una oportunidad, Plinio fue anfitrión de Sandro, quien concurrió al campo con su productor Oscar Anderle para hacer una producción de fotos previa a la filmación de su primera película, Gitano.

Apolo de la danza
Plinio falleció en 1990 en la casa paterna de la calle 25 de Mayo 118 de Temperley. Sus cenizas se conservan en la capilla de La Valeria, equipada con algunas reliquias que el artista rescató de la antigua iglesia Nuestra Señora del Carmen, demolida en 1977.
Enrique Destaville lo describió como “un artista de extravagante personalidad y notable cultura, generoso y muy querido por sus compañeros” (6). Su amiga Ethel Lynch añade: “Era un Apolo, físicamente perfecto. Un muchacho alto, de lindas facciones, atlético, que hacía deportes, muy preparado y culto. Todas las chicas lo perseguían”. Considera que por sus condiciones físicas y su perfecto oído musical, si hubiera nacido en Europa podría haber logrado un gran reconocimiento, pero no se habría adaptado: “Era muy amiguero y extrañaba mucho a su familia. Tenías un carácter muy latino”.
Sobre los llamativos contrastes en su trayectoria, Ethel ensaya una explicación: “Cuando le gustaba algo lo daba todo, y de repente lo abandonaba y se iba. Siempre fue así. Si bien hacía todo perfecto, no estaba mucho tiempo en el mismo lugar ni haciendo lo mismo. Probaba algo y decía 'ya está, ahora quiero hacer otra cosa'. El día que renunció a los hábitos, estuve con su papá y su mamá. Don Gargiulo no lo podía creer; decía: '¡Cómo me ha salido este hijo!'. Era un hombre muy tradicional y muy religioso también. Con el tiempo me casé, Plinio se fue en los barcos y no lo vi más. Eso nos distanció, aunque seguimos en contacto. Mientras estuvimos juntos nos reíamos mucho, era muy divertido, un amigo extraordinario y una persona feliz”.


Fuentes y referencias
(1) Miranda, Alfonso (1996). Los Capuchinos en América Latina. Bogotá: SECAL.
(2) Diario La Nación, Chile, 13 de noviembre de 1947.
(3) Cadus, Eugenia (2020). Danza y Peronismo. Disputa entre cultura de élite y culturas populares. Biblos.
(4) Destaville, Enrique (2008). Historia general de la danza en la República Argentina. Fondo Nacional de las Artes.
(5) Artículo titulado "Barcos-Ataúdes que aún siguen navegando". Diario Crónica, 5 de septiembre de 1964.
(6) Destaville, Enrique (2008). Historia general de la danza en la República Argentina. Fondo Nacional de las Artes.
Con la colaboración de Mariano Lauritsen Gargiulo (sobrino nieto y biógrafo de Plinio Gargiulo).
Escrito por: Germán Hergenrether