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Hersilia Casares: la hija del creador de La Martona que lideró la guerra contra la lepra

Fue la fundadora del Patronato de Leprosos de la República Argentina. Su aporte fue fundamental para combatir un mal que causaba temor y repulsión.

Fue la fundadora del Patronato de Leprosos de la República Argentina. Su aporte fue fundamental para combatir un mal que causaba temor y repulsión.

Hersilia Casares: la hija del creador de La Martona que lideró la guerra contra la lepra

 Hersilia Casares (1886-1967).

La lepra es una enfermedad infecciosa producida por una bacteria conocida como bacilo de Hansen que afecta la piel, los nervios periféricos, la mucosa del tracto respiratorio y los ojos. Es una enfermedad ancestral que en la actualidad tiene cura pero lo largo de la historia fue vista como un castigo bíblico que condenaba al enfermo a vivir aislado.

Durante la Edad Media la enfermedad se transmitió sin remedio por toda Europa y en los siglos XI y XII se convirtió en epidemia debido a las Cruzadas que facilitaron el contacto entre los humanos. 

Ante la ausencia de una cura surgió el mito de que se adquiría por falta de limpieza o por llevar una vida licenciosa. La enfermedad era vivida como un castigo que sumergía al enfermo en diversos estados de ánimo: dolor, rabia, impotencia y desesperación. Ser leproso y además pobre era condición suficiente para perder el status de ciudadano y quedar excluido del mundo.

En las primeras décadas del siglo XX, cuando los enfermos seguían provocando el rechazo social, hubo en la Argentina una mujer que decidió impulsar la primera institución nacional que se ocupó del paciente leproso en forma integral, abarcando el plano sanitario, emocional y material, tanto individual como familiar. Su fundadora fue Hersilia Casares, la quinta de los siete hijos de Vicente Lorenzo, el creador de La Martona.

Nacida el 23 de septiembre de 1886 como Hersilia Mercedes Casares Lynch, fue profesora de orfebrería, fundadora y directora del Hogar Obrero e integrante del directorio de Estancias La Martona. Desde temprana edad tuvo una inclinación filantrópica: en su casa de Av. Las Heras 1608 tenía un taller donde 25 niñas cosían ropa para donar a recién nacidos.

En 1907 se casó con Alberto Isidro Blaquier, integrante de una de las más antiguas y acaudaladas familias argentinas. Era tía del escritor Adolfo Bioy Casares y por línea materna estaba emparentada con el futuro revolucionario Ernesto “Che” Guevara

El 26 de noviembre de 1930 fundó el Patronato de Leprosos de la República Argentina, institución a la que dedicó todos sus esfuerzos hasta el día de su muerte, en 1967. Los principios rectores de la organización eran “Amparar a los enfermos de lepra y a sus familias; colaborar con los gobiernos y con los médicos para prevenir, curar y combatir la enfermedad; facilitar la investigación científica; y propender al cumplimiento de la Ley de profilaxis 11.359 (1926)”.


Hersilia Casares de Blaquier.

El punto de partida fue la atención directa de los afligidos, cuya situación el Patronato trató de aliviar por todos los medios posibles. Contemplando el desamparo en que quedaban las familias de las personas que requerían internación permanente, en 1932 se comenzó a entregar subsidios para el sostenimiento de los hogares y se brindaba asesoramiento legal gratuito a enfermos que muchas veces perdían sus viviendas cuando las dejaban abandonadas para someterse a tratamientos prolongados.

“¿Qué fuego de santidad o qué locura de misericordia puso esta mujer en sus palabras, para que muchas de sus amigas la siguieran? Se formó el Patronato de Leprosos, cuyo fin consiste en hacer visitas a los enfermos para iluminar su soledad. Al propio tiempo, se quiere buscar el modo de construir un Instituto Científico Experimental que permita detener el avance del mal; prevenirlo, combatirlo, curarlo. La ciencia certifica que las víctimas de la lepra se salvan si se curan a tiempo... Con esa finalidad damas y niñas de nuestra aristocracia recorrerán las calles de Buenos Aires con sus alcancías. Pedirán limosna para sus enfermos. Pero sepa la población que no se trata solamente de manos femeninas que realizan el gesto de pedir una dádiva. Estas mujeres prodigiosas no son hadas platónicas. Son mujeres que desafían a la muerte” escribía Caras y Caretas en su edición del 4 de noviembre de 1933.


Hersilia y la esposa del presidente Justo en una radio, 1936.

“Yo quisiera que ustedes vieran a la presidenta de la institución, a la valerosa señora Hersilia Casares de Blaquier. Desde hace tres años visita a los infecciosos del hospital Muñiz. Y tan pronto como sabe que en algún hogar, por humilde que sea, hay quienes padecen de esa enfermedad, acude a consolarlos. Con la sonrisa en los labios se sienta maternalmente al borde de sus camas. Les habla con ternura. Les transmite su fe. Ella sabe que los enfermos de esta clase sufren mucho más cuando se les tiene compasión. La lástima les duele. Nadie mejor que ellos advierten su desdicha en los ojos ajenos. Por eso prefieren la ilusión... Ella no ignora tampoco que estos pacientes necesitan hacerse una vida interior —una ciudad íntima — que los compense de sus soledades exteriores. La señora de Blaquier los ayuda a construir ese mundo cerebral y espiritual — palacio maravilloso de los ciegos — que ella misma contribuye a amueblar de bellezas abstractas. Les regala libros; les prepara audiciones; les recita versos. Y en esta forma, santamente, como una armoniosa Santa Clara de Asís, los pone en comunicación celeste con la música, con la poesía, con el arte” agregaba la histórica revista de variedades.

En otra edición se publicó una anécdota que pintaba fielmente la enorme personalidad de Hersilia. Un tumulto se armó en la estación Lacroze cuando bajaban los pasajeros de un tren procedente de Misiones. Uno de ellos, de aspecto “sospechoso”, fue interrogado por la policía hasta que admitió que era un leproso que venía a buscar ayuda en la Capital. Tras largas horas de espera, corridas y llamados, apareció en escena la señora Hersilia. —¿Dónde está el pobrecito?— preguntó a los oficiales que se interponían ante la repulsión popular. Entonces la dama, en medio del asombro general, hizo subir al leproso a su propio auto para conducirlo hasta el Hospital Muñiz, donde quedaría internado.

En 1935 el Patronato inauguró el primer Instituto Experimental que tenía un laboratorio y dispensario para atención por consultorio. Al año siguiente se implementó el “bono sanitario”, una interesante innovación en la práctica hospitalaria que consistía en premiar con montos de dinero la constancia de los enfermos ambulatorios que acudían diariamente al dispensario sin abandonar el tratamiento. 


Alcancías que se exhibían en los grandes centros urbanos

En 1937 se comenzó con la fabricación de medicación a gran escala que el Patronato repartía en toda la República y en 1938 se refaccionaron las salas del Hospital Muñiz para darles mayores comodidades a los internados.

Asimismo, se consideró imprescindible crear un asilo para que pudieran vivir los niños sanos que no podían quedar al cuidado de padres inrfectados. En 1938 se inauguró en San Justo, partido de La Matanza, la Colonia Mi Esperanza, un preventorio donde vivían más de 300 bebés, niños y adolescentes de todo el país. Allí recibían educación primaria, educación física y distintos taller de formación en oficios (en los ´90 la institución quedó bajo la órbita de la fundación Felices los Niños).


Sellos postales a beneficio del Patronato.

Hacia 1942 el patronato tenía 18 filiales, 200 subfiliales y dispensarios dermatológicos en todo el país para el tratamiento primario de la enfermedad. Tamaña estructura se sostenía con donaciones y campañas que la propia Hersilia promovía a través de las revistas femeninas y los programas radiales más escuchados del momento. En 1938 Jaime Yankelevich, propietario de Radio Belgrano, se sumó con una cruzada inédita: lanzó un camión a la calle cargando una gigantesca alcancía con forma de barril para que la gente lo llenara con monedas. El Teatro Colón anunció una audición a beneficio de la institución con la participación de grandes artistas como Margarita Xirgu, Iris Marga, Sofía Bozán, Tita Merello, Nini Marshall y Pepe Arias, entre otros. 

Su trabajo tuvo repercusión internacional, tanto que en 1947 presidió la comisión argentina que asistió a la Conferencia Panamericana de la Lepra realizada en Rio de Janeiro. En mérito a su acción recibió dos condecoraciones: la Soberana Orden de Malta y La Cruz de la Orden de San Lázaro de Jerusalén.  

En su misión solidaria Hersilia contó con el acompañamiento de un grupo de damas de la sociedad porteña entre las que se encontraban María Elena Halbach de Furst Zapiola, Celia Anzóategui, Julia Valentina Bunge de Uranga, Elvira Bonorino Udaondo de Sojo, Mercedes Achával de Figueroa Alcorta, Maruja Ramos Mejía, Silvina Cobo de Cibils Avellaneda, María Elena Ledesma de González Gowland, Raquel Keen de Lezica, Juana Barreto de Zuberbühler, Mercedes Gómez Pombo de Lacroze, Lorenza Zenavilla de Ramos Mejía, Celia Sommer de Balcarce, Adela Peña de Dowling, María Luisa García Estrada de Aguirre, Agustina Costa Paz de Paz, Angélica Domínguez Alzaga de Paunero, Elena Blaquier de Fernández Llanos, María Lía Cobo de Ramos Mejía, Sara Molina de Casares, María Laura Vedoya de Uriburu, Ana Rosa Schlieper de Martínez Guerrero, María Ignacia Casares de Grondona, Marta Aldao de Del Carril, Clara Marín de Urquiza Anchorena, Ernestina Bustos Morón de Mantilla, Delia Madero de Halbach y María Elena Casares de Miguens.

 


La gran benefactora murió de manera trágica el 20 de enero de 1967. Las crónicas de la época afirman que entró en una profunda depresión cuando se enteró de que Jorge, uno de sus hijos, tenía una enfermedad incurable. Cuando le confirmaron que no sobreviría, decidió arrojarse desde el balcón de su departamento ubicado frente a la plaza Vicente López, en el barrio de Recoleta. Justo ella, que durante casi 40 años condujo el Patronato sin temerle a la muerte.

— La batalla más grande — contó en una entrevista en Caras y Caretas — y la más victoriosa fue la de persuadir al público por medio de los grandes periódicos, de que la palabra ´lepra´ podía pronunciarse sin desdoro. El miedo a esta palabra ha sido la causa de que el flagelo cundiera en el país. Por ocultar la palabra, se ha extendido el peligro. Y el peligro, en efecto, corrió bajo el silencio. Hablando, el pueblo abre los ojos. Callando, los padres no pueden salvar a sus hijos del posible contagio.

— y cuando usted visita a los enfermos, ¿qué le dicen?
— ¿Qué quiere que me digan? ¡Son tan buenos!... Suele creerse que estos enfermos son, a menudo, crueles, malos, perversos, siempre dispuestos a transmitir su mal a los demás. ¡Qué esperanza! Hace unos días estaba yo en el hospital Muñiz, rodeada de leprosos. Anotaba en mi libreta sus pedidos. De pronto el lápiz se me cayó al suelo. Ninguno de los enfermos se agachó para alcanzármelo. Todos se apartaron y bajaron la vista, con tristeza, como haciéndome comprender que no querían tocar el lápiz para no contagiarme. ¡Nobles almas las suyas!


Placa en la bóveda familiar. Cementerio de la Recoleta.

Germán Hergenrether