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31 de marzo. Cañuelas, Argentina.

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Usar IA no es lo mismo que pensar con IA

Hay una diferencia que aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones sobre tecnología y trabajo, pero que pocas veces se nombra con claridad.

No es lo mismo usar inteligencia artificial que pensar con inteligencia artificial.

Usar IA es pedirle que escriba el texto, resuma el documento o genere la respuesta. Funciona y ahorra tiempo. Pero pensar con IA es otra cosa. Es llegar con una pregunta sin respuesta clara, con una intuición que todavía no tiene forma, y usar la herramienta para explorar, cuestionar y ordenar. Para llegar a algún lugar al que solo hubiera costado mucho más llegar.

La diferencia no está en la herramienta. Está en quién conduce.

Un interlocutor, no un ejecutor

Cuando la IA se usa como interlocutor y no solo como ejecutor, el proceso cambia. Las preguntas que le hacemos nos obligan a clarificar lo que pensamos. Las respuestas que devuelve sirven tanto para saber qué queremos como para descubrir qué no queremos. El intercambio se vuelve un diálogo, no un pedido.

Ese tipo de uso requiere algo que ninguna herramienta puede reemplazar: el punto de vista propio. La experiencia acumulada. El criterio sobre qué importa y qué no en cada situación concreta.

La IA amplifica lo que uno lleva

Hay una lógica simple pero relevante en cómo funcionan estas herramientas. Si uno llega con claridad, devuelven claridad. Si llega con criterio, devuelven opciones para elegir. Si no se lleva nada demasiado concreto, el resultado tiende a ser genérico, algo que podría ser de cualquiera.

La herramienta no reemplaza el pensamiento. Lo multiplica. Por eso lo que se pone adentro importa tanto como la tecnología en sí misma.

En ese sentido, la IA más poderosa no es la que piensa por uno. Es la que ayuda a pensar mejor.
 

El autor es director de Campo de Ideas, empresa especializada en proyectos digitales.

Escrito por: Agustín Angelini