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Últimas imágenes del naufragio

Amnistía, indulto y otros artilugios que se cocinan a fuego lento en la antesala del infierno. Escribe: Carlos Laborde.

Amnistía, indulto y otros artilugios que se cocinan a fuego lento en la antesala del infierno. Escribe: Carlos Laborde.

En las catacumbas del poder, donde se tratan los negocios de la Patria, entre bolsos prolijamente amortajados y autos de alta gama, los capitostes analizan la inoperancia del Empoderado. Su figura no impone respeto, es mucilaginosa, vive una duda eterna entre el sí, el no y el tal vez; se diluye como una babosa a la que le arrojan sal. El tiempo pasa inexorable y ni los afilados dientes del caimán ni el sutil veneno de la serpiente han servido para doblegar una perezosa reticencia de los jueces a complacer los deseos de la Viuda. No la enfrentan, pero no colaboran, y dejan correr el tiempo al mejor estilo curial. Sordos ruidos internos generan confusión. El resultado de la próxima compulsa, a pocos meses ya, infunde pánico; los números no dan, perciben el fin de los tiempos.

Un súbdito lenguaraz, atracador de comisarías convicto, sintetizó el miedo:
O hacemos algo ahora o va presa. 
¿Y qué podemos hacer? — Preguntó uno del cónclave. 

La respuesta vino de un agudo jurisconsulto, regente de cuestionadas casas de rentas, algo avejentado desde que dejó las bonanzas de la Corte: 
Si no podemos con los jueces, sí podemos con el congreso y con el presidente. 
¿Amnistía? ¿Indulto? —Tronó la Viuda dejando caer un hilo de hiel por la comisura— ¡Jamás! Así no me absolverá la historia. 
Dejemos por ahora la historia, ya sabremos luego cómo manipularla —acotó el agudo jurisconsulto entre muecas y guiños—, resolvamos primero la situación actual. 

La Viuda apoyó su costosa cartera sobre la mesa de los sacrificios y lo autorizó a desarrollar su idea. Se hizo un respetuoso silencio para escuchar las argumentaciones del consiglieri.

Muchos súbditos, de puros mal entretenidos, por influencia de la prensa hegemónica y la herencia recibida, prestan especial reverencia a las leyes, en particular a la Constitución; hasta desfilan con banderas para homenajearla, desafiando la peste que nos asola. Nuestro error fue no haberlas incinerado durante la década ganada, recuerden que siempre hablé del escollo que significaba esa Constitución. Deberíamos haber ido por ella. El gesto misericordioso de mantenerla ha sido mal interpretado y hoy, atorados en esta catacumba, estamos en dificultades. Nuestros generales tampoco están dispuestos a salir de esa abulia que tanto les ha costado adquirir, sobre todo después que se dispuso para sus camaradas cárcel y cadenas a rajatabla. Ya no nos serán útiles, no estamos en condiciones de forjar un verdadero ejército nacional y popular. Éste fue otro gran error, Venezuela a la vista lo prueba, su ejército sostiene el legítimo gobierno popular. Quedamos pues librados a nuestra suerte. La primera premisa es intentar las absoluciones ante los tribunales esquivos que hemos heredado. Para ello, hemos tomado todas las medidas posibles, venciendo los cuestionamientos del propio Empoderado y de sus protegidas. Pero hay algo difuso que empantana las cosas, una rara resistencia a reconoceros como Única, Elegida. Hasta hubo un atrevido, en nuestro último acto público, que se atrevió a no aplaudiros a palmas llenas, como bien advirtió y denunció la comisaria política. No hemos logrado someter a todos los jueces en tiempo apto. Persiste el síndrome de Bonadión; solo faltan seis meses para las PASO y la ley para someter a los fiscales no se concreta, y luego será tarde. Queda, pues, recurrir al dominio que tenemos del ejecutivo y del legislativo: indultos y amnistía. 

No bien cayó la última letra de la boca el ínclito jurista, el brazo de la Viuda arrasó con todo lo que había sobre la mesa de sacrificios y tronó: 
¡Jamás! No se puede prostituir así el juicio de la historia. 

En concurrencia, uno de los bolsos apilados se abrió silenciosamente y asomó atento el rostro achinado de la Eminencia Gris, que esbozó un guiño de satisfacción y asentimiento ante la reacción de la Viuda. Todos bajaron la cabeza en respetuoso silencio. 

No estoy dispuesta a aceptar dádivas. Igual, quiero saber más, porque cuando cursé Derecho Constitucional estaba en plena militancia universitaria y no recuerdo de qué trataba esa materia.

Su abogada predilecta salió dificultosamente de la cabina de un auto importado y trasladó su imponente presencia al debate. 
El indulto y la amnistía son facultades de los poderes políticos. El indulto lo determina el presidente por simple decreto, y extingue el cumplimiento de la pena, aunque no la existencia del delito; pero tiene un requisito, la existencia de una sentencia firme de condena. Es una dispensa individual, no general, y en nuestro caso podría beneficiar a Amado, Jaime y los demás que ya lucen sentencia firme. 
¡Qué grande Amado! —Interrumpió el lenguaraz— Logró lo que nadie en este país, una sentencia firme. Los demás las tienen en posición de descanso.

La acotación del súbdito no causó ningún placer a la Viuda y con un movimiento de cabeza ordenó a la abogada que continúe su exposición.
La amnistía, en cambio, supone el perdón del delito, es general, se puede dictar con las causas aún en trámite, pero requiere una específica ley del congreso. Claro que en ningún caso se deja a salvo, por indulto o amnistía, el buen nombre y honor del incriminado.

La Viuda frunció el ceño y se humedeció los labios, apartó de su frente un mechón invasivo y respondió: 
No importa, esa declaración no importa, son prejuicios burgueses. El juicio lo dará la historia, y en eso me siento muy tranquila. 

Levantó la cabeza, agitó la cabellera y recibió halagada un fuerte aplauso de sus súbditos. Se abstuvo de ensayar algunos pasos de baile por lo reducido del espacio. Vuelto el silencio, asomó del ruedo de su vestido la cabeza del secretario privado recordado como “El Pelo”, devenido luego agente secreto y ahora senador, para dar un aviso: 
Señora, habría que activar lo del indulto para los muchachos que ya están condenados, se están poniendo nerviosos y no vaya a ser que los medios hegemónicos aprovechen alguna frase de desagrado que se les pueda escapar para esmerilarnos; ya la Pitonisa Piadosa adelantó que el indulto en estos casos es imposible, violatorio de la Constitución del 94, lo van a resistir. Nos pegan antes de que empecemos. 
Que nadie se apresure, yo manejo los tiempos; no soy Dios pero un poquito me le parezco. Esperen la próxima carta en la que expresaré mi decisión. 

Tomó la Louis Vuitton, se la colgó del brazo y salió de la catacumba, envuelta en las palmas de admiración de sus cortesanos. Una ex embajadora, ahora en condición de comisaria política, controló satisfecha el registro del aplausómetro. El anciano jurisconsulto, solitario, movió negativamente la cabeza:
Esta chica parece no entender, qué lástima—. La Eminencia Gris guardó prudente silencio y volvió a encerrarse en el bolso para comer su porción de arroz.

El tema es nuevo, se juega con baraja tapada, y le falta el acostumbrado desarrollo y rodaje. Hay que esperar la decisión de la Viuda, el final queda abierto, en esta tierra todo es posible.

Carlos Laborde
Abogado y escritor