23 de junio. Cañuelas, Argentina.

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Odio, misticismo y una banda pintoresca

Estamos ante criminales dignos de un gag de Los Tres Chiflados y una custodia que imita al célebre Inspector Clouseau. Escribe: Carlos Laborde.

La imaginación inagotable de los lenguaraces del gobierno pergeñó un nuevo “delito”: el discurso de odio; del que seríamos responsables todos aquellos que, de una manera u otra, contradecimos la verdad revelada, o sea, el discurso oficial. 

Estamos acostumbrados a estos ataques, ya los sufrimos con los dos primeros gobiernos de Perón y en la fatal década del 70. La aspiración de los censores es poner un límite, una mordaza a los cuestionamientos al poder. La excusa-fundamento que dan para promover la “ley del odio” es inoficiosa, pues la Constitución Nacional y la legislación vigente ya se ocupan de proteger los posibles desvíos y excesos, no hace falta toquetear las normas. Ejemplo: el código penal de la Nación —en sus artículos 209 (instigación al delito), 211 y 212 (intimidación pública) y 213 (apología del crimen)— cubren la protección social ante eventuales abusos. En la Argentina no hay censura previa. Condicionar el pensamiento y la expresión vulnera la Constitución Nacional (arts. 14, 19 y 32). No hace falta importar a nuestro país la legislación de Venezuela.

Pero la centralidad real del problema político actual pasa por otro carril: el juicio oral en el que se le ha pedido a Cristina Elizabet Fernández la pena de doce años de prisión a cumplir. Éste es el único problema que al parecer importa al gobierno en este país a la deriva. Ha quedado definitivamente consagrado por el lenguaraz mayor del senado —presidente del bloque oficialista y bedel de la Viuda— José Mayans: ¿Queremos paz social? Bueno, comencemos con parar este juicio vergonzoso. A confesión de parte, relevo de prueba. Hay que parar el juicio de Vialidad, como sea. A Cristina no se la juzga porque no se nos antoja; porque la historia ya la puso en el altar de los dioses del Olimpo. 

Y otros lenguaraces, con importantes cargos públicos, hacen el coro de advertencias acerca de que si le pasa algo a Cristina, la que se va a armar. ¿Suena a amenaza? No, qué esperanzas, es un apasionado discurso de amor. Para dulzuras mayores, conectarse con Luis D’Elía o Hebe de Bonafini.

Esta fuga de la realidad, este vagar por las amplias estepas del absurdo alrededor de la Viuda, no es casual, condice con su personalidad. Luce las características de los psicópatas: personas con cierto atractivo encanto e inteligentes, con gran capacidad verbal; que carecen del sentimiento de culpa o arrepentimiento; que son seductoras, hábiles manipuladoras; que ante cualquier contratiempo buscan victimizarse; que mienten sin pudor alguno; que padecen un egocentrismo desmesurado, autorreferenciales; que no respetan normas que se opongan a sus designios, pues se sienten por encima de las normas; que no aceptan la responsabilidad por sus propios actos. Con estas características, que las tiene —y todos sabemos que las tiene—, es fácil entender por qué cree que a ella sólo la juzgará la historia. Pertenece al Olimpo, está más allá del juicio de los hombres.

Esta personalidad no produciría mayor daño social si no se encastrara con el fanatismo, fenómeno que las personas generan como una compensación frente al sentimiento de inferioridad, y que surge del deseo de seguridad que requieren las personas inseguras.

Según Freud, el fanatismo y el fundamentalismo necesitan generar enemigos a quienes culpar, dominar o exterminar para alcanzar la promesa de unicidad ideal encarnada por el líder. Sobran en el siglo XX ejemplos históricos de estos líderes y el recuerdo de la sangre que derramaron. Y esta mezcla entre la psicopatía propia y fanatismo de otros hace que la Viuda manipule al veinte por ciento de fanáticos que la siguen y la seguirán, porque del fanatismo no se vuelve. Éste es, en sí mismo, un problema crítico de la Argentina, de hoy y del posible futuro.

Mientras tanto, la justicia investiga el delito contra la Vicepresidenta de la Nación ocurrido en Juncal y Uruguay. Ese hecho genera distintas preguntas aún insolutas para conocer la verdad última del caso. De lo que ya parece que no queda duda es de que la banda se parece más a Los Tres Chiflados que a una célula terrorista, y que el accionar de la custodia y de la Policía Federal ha emulado al célebre Inspector Clouseau. Todo es raro, difícil de entender en el acto fallido. ¿Es normal que un supuesto sicario contratado por una extravagante striper, que tenía en su casa almacenadas cien balas y jugueteaba en las fotos incautadas con una pistola, ignorara que para que el arma estuviera en condiciones de disparar había que correr el cerrojo y colocar una bala en la recámara? ¿Fue impericia, ignorancia o complacencia el abúlico actuar de la custodia? ¿Es creíble que expertos de la Policía Federal borren la memoria al manipular un teléfono celular secuestrado perdiéndose todos los datos que almacenaba? ¿Hay alguien, y quién, detrás de los actuales imputados que lucen con calidades muy inferiores a quienes pretendan generar un magnicidio? Como suele ocurrir en los delitos políticos, nada es claro, todo es gris, predomina la confusión. Es prudente esperar.

Y como último acto del sainete que exhibe nuestra actual Argentina, el brote de misticismo de aquella a la que —ella lo dijo— debe temerse después de Dios. Reunida con curas y hermanas laicas, en un salón del público Senado de la Nación, pidió, como el Papa, que recen por ella; mostró un infrecuente recato y saludó a sus amigas, las Carmelitas Descalzas, que no pudieron concurrir el piadoso acto por ser monjas de clausura. Dejo a cada lector la mensura de su capacidad de asombro.

Pero no teman, a los pocos días ella volvió a su normalidad con la media sanción por el Senado de una Corte de quince miembros (será ese algún número mágico: ni veinticinco, ni nueve, ni siete ni cinco, ¿quince?) y su alegato en el juicio de vialidad. Su factótum Parrilli, en plena sesión, contribuyó al discurso de amor llamando mafiosos a los actuales miembros de la Corte. Gran capacidad artística para actuar los más distintos roles. Aplausos.

Y un colofón para probar que no todo es malo y triste en la Argentina, que la docencia del gobierno prende. Asistimos al primer atentado con perspectiva de género: la banda criminal que atacó a la Vicepresidenta está integrada por dos mujeres y dos hombres. Se cumple estrictamente el cupo femenino. Y algo más, la jefa es una mujer. Felicitemos a Elizabeth Gómez Alcorta, Ministra de la Mujer y a Victoria Donda, Presidenta del Inadi. Se puede.

Carlos Laborde
Abogado, escritor.

Escrito por: Carlos Laborde