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23 de abril. Cañuelas, Argentina.

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Mirta Etcheverry: “La violencia está afuera e irrumpe en los azulejos”

En un entorno digital que no estimula, desborda y no ofrece descanso, debemos pensar de qué manera formar parte de una red de adultos presentes, reclamó la especialista en educación.

Querer explicar cualquier hecho humano desde una única perspectiva es incursionar en un error porque detrás existen múltiples razones, situaciones, complejidades. Por lo tanto, para intentar comprender los acontecimientos acaecidos en estos días en muchos baños de las escuelas, es mucho más que un grito de las y los adolescentes pidiendo ser visibilizados, escuchados y abrazados. Justamente lo han hecho en un lugar donde son nombrados, existen normas, horarios, se da el encuentro intergeneracional, mediatizados por el conocimiento.

Entre múltiples preguntas, una sobresale: ¿qué no están encontrando por fuera, que a través de una pantalla e incursionando en diversos foros, se sienten más comprendidos?

Nadie crece en el vacío, todos incorporan, absorben, procesan y padecen lo que ocurre alrededor. La humillación, la exposición, la comparación entre otros, también dejan marcas, sumado a la imposibilidad del control de impulsos, de regulación emocional que no pueden darse porque el cerebro no ha madurado lo suficiente, sin olvidar el contexto en que se mueven y siempre acompañados por un entorno digital que estimula, no ofrece descanso, suma y desborda. 

Hace solo cinco o seis años los dispositivos tecnológicos eran los que permitían llegar con la clase, el encuentro interfamilar, la consulta al médico… Ese efecto del 2020 no es menor, aunque se sabe que los celulares son utilizados desde hace más tiempo. 

No es solo un tema de esa franja etaria que se expresa a través de un “reto” virtual; los adultos están en crisis, no saben qué les pasa y muchos no pueden resolver los roles que deben desempeñar. Un alto porcentaje respira crueldad en los trabajos, en la sociedad, en las redes. Por eso hablar de violencia en la escuela es inexacto, ésta está por fuera e irrumpe en la aulas, patios y azulejos reproduciéndose.

Se le exige a la institución escolar, sin embargo se asiste a una constante descalificación de quienes tienen la tarea de enseñar. Hay, en muchos casos, una ruptura del diálogo familias-docentes, donde en verdad ahí sería perfecta una alianza en la que se hablara y acordara porque les toca compartir al hijo/a - alumno/a en el marco de la corresponsabilidad.

Poner en las manos de un niño, niña, adolescentes un celular no contribuye con un crecimiento saludable; es necesaria la compañía adulta. Detrás de esa pantalla que sobreestimula un cerebro en formación, generando torrentes de dopamina y dependencia, les quitan riqueza de vocabulario y los aquietan. Los algoritmos les dan inmediatez y les hacen creer que no hay consecuencias. Pueden reforzar ideas de venganza, entre muchas otras, porque el fin es captar y generar más consumo porque hay detrás adultos conocedores de la vulnerabilidad de los usuarios. 

Es un buen momento, aunque álgido, de darse cuenta de que estos desbordes anuncian un vaso colmado, que han alertado que no solo habrá sanciones pertinentes para los autores, porque la amenaza siembra miedo real. Las pantallas amplifican, el anonimato digital no existe, siempre dejan huellas entonces es necesario compartir y analizar esto.

Queda pensar de qué manera formar parte de una red de adultos presentes. Lo que los niños, niñas y adolescentes suelen denunciar a través de sus actos, son un síntoma de la sociedad de la que son parte. No es responsabilidad de ellos/as cuidarse solos. 

Más juegos con pares, deportes, arte, diversas expresiones donde puedan decir y crecer con límites claros que son sinónimo de amor, aunque es bien difícil aplicarlos. Mientras tanto fomentar la cultura del cuidado, plantear que pedir ayuda es un acto de valentía, no de debilidad, impulsar la solidaridad. 

Existen múltiples espacios donde será necesaria la habilitación de la palabra, con la creación de una ambiente de respeto, sin juzgar. Que no solamente sea una propuesta como actividad de unas semanas, como respuesta inmediata, sino que sea parte de la cotidianidad. 

Las familias tienen una sobremesa de mate o comida principal donde podrán escuchar los silencios, las voces, las risas, las lágrimas, las incertidumbres, algunos aciertos, sin olvidar que siempre hay mensajes en el cuerpo, en las miradas. Eso sí, ese rato sin pantallas que distraigan.

La autora es profesora en Ciencias de la Educación, Lic. en Gestión Educativa con especialización en Nuevas Infancias y Juventudes y en Políticas Socioeducativas. Acaba de publicar el libro Infancias, niñeces y adolescencias / una mirada colectiva.


 

Escrito por: Mirta Etcheverry