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14 de marzo. Cañuelas, Argentina.

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La casa de la calle Gallo

Flashes de la infancia, entre perritos evanescentes y fantasmas que anunciaban desgracias desde un ropero. Escribe: Ana María Cúneo, una cañuelense en el extranjero.

Crédito: Unsplash.

El verano de 1948 estaba en su pleno apogeo, cuando por un golpe de buena fortuna fui a nacer en la casa de mi abuela materna. Construida a finales del siglo XIX, la antigua propiedad estaba ubicada en la Calle Gallo, en el mismo corazón de Palermo. 

Aunque mi familia vivía en Cañuelas, todos los domingos caminábamos desde nuestra casa, en la calle Rivadavia, hasta la estación, donde tomábamos el tren a la Capital para ir a almorzar con los abuelos. Si era verano, a veces me gustaba quedarme por unos días a hacerle compañía a la abuela y, gracias a ello, tuve suficientes oportunidades de explorar cada rincón de la vivienda y presentir los misterios que escondía. 

Mucha gente llegaba a la vieja casona –familiares, amigos, repartidores de comestibles, gente de servicio– pero una vez por semana, tocaba el timbre el Sr. Bejeda, un hombre taciturno que venía a darle lecciones de violín al tío Toto. Tenía números tatuados en el antebrazo izquierdo porque había sobrevivido, gracias a ser parte de un cuarteto de música clásica, su encarcelamiento en el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, de donde era oriundo. 

También, dos veces por año, venían de sorpresa las hermanas Salazar, unas solteronas muy altas y delgadas que estaban dotadas de pies de un tamaño portentoso. Según ellas, pasaban a tomar el té con la abuela, pero siempre se quedaban a cenar, y como para entonces ya era de noche, el tío Toto tenía que acompañarlas a su casa. Se iban contentas, disfrutando por un rato de la compañía de un hombre joven.  

Mis abuelos ocupaban el primer piso de la casa, pero la planta baja estaba alquilada a otra familia. Originalmente, había sido una vivienda unifamiliar, pero en un momento de la historia, tiempos difíciles habían hecho necesaria la división. No tenía pasillos, consistente con el estilo de la época, por lo que cada habitación, con todas sus puertas alineadas, conducía a la siguiente. En Argentina este estilo se conoce como “casa chorizo” y en los EE.UU. se llama “shotgun house” o “casa de escopeta” porque se decía que una bala podía atravesarla de frente a fondo sin tocar una pared.

Una magnífica escalera de mármol de Carrara, con su balaustrada de madera tallada, salía de la puerta de roble a la entrada y desembocaba en una amplia sala de recibo en el piso superior, donde la abuela había colocado cómodas sillas de mimbre –un lugar ideal para jugar a las cartas o al ajedrez– . El tío Toto, habitaba una pequeña pieza con un balcón que daba a la calle. Este pequeño santuario, custodiado por su perra Chiquita, estaba perpetuamente repleto de libros, papeles, instrumentos musicales, partituras y una variedad de parafernalia de aspecto muy serio. Le seguía una sala/comedor con un gran balcón, y del otro lado, pasando los otros tres dormitorios, había dos baños, un comedor de diario y una cocina muy pequeña pues la original había quedado abajo. 

Casi todos los cuartos daban a un patio enlozado y en un rincón, cerca del diminuto lavadero, había una escalera de hierro forjado que conducía a un ático. Este lugar, abarrotado de cachivaches y muebles viejos, estaba habitado por ratas porteñas que, a salvo de los felinos de la abuela, podían disfrutar en paz de las vistas panorámicas del centro de Buenos Aires. 

Un 16 de junio de 1955, desde la azotea de esa casa, presenciamos un hecho histórico, cuando aviones de la Armada y de la Fuerza Aérea argentina bombardearon la Casa Rosada y la Plaza de Mayo, en un intento destinado a asesinar al presidente y derrocar al gobierno. Este ataque dejó un saldo de más de 300 muertos y centenares de heridos. Unos meses más tarde, en septiembre de 1955, otro golpe de Estado dio fin a la primera presidencia de Juan Perón.

El baño más grande de la casona era un rectángulo estrecho de techos altos, como el resto de la casa. A lo largo de una pared había una bañera con patas de león y, del lado opuesto, un bidé y un lavabo de mármol con manijas plateadas. Contra la pared del fondo, se encontraba un enorme inodoro que la abuela llamaba “El Crapper.” Tuvieron que pasar muchos años para poder descubrir que ése era el nombre de su fabricante inglés - Thomas Crapper – dueño de una compañía fundada en Londres en la época victoriana. 

Al lado del inodoro, había una ventana ovalada que se abría a un callejón muy angosto que separaba los dos edificios vecinos, por lo que la habitación permanecía en penumbra –como si la luz del mundo se hubiera apagado para siempre–. A veces, me daba la impresión de que éste era un lugar siniestro y el siguiente incidente solo vino a confirmar mis temores.

La casa de la calle Gallo en la actualidad.

Un domingo por la tarde, mientras la familia compartía la merienda, un pequeño caniche blanco de alguna manera apareció en la casa. Por supuesto, los niños comenzamos a perseguirlo por todas las habitaciones hasta que, fatigado, el pobre animal se refugió dentro del baño grande. Cuando la abuela fue a sacarlo, no pudo encontrarlo – el baño estaba vacío– y nadie jamás pudo explicar qué pasó con el caniche. 

Aparte de este extraño incidente, siempre había ruidos raros en esa casa, como si las paredes lamentaran los dolores y achaques que vienen con la vejez. Además, según lo que me contaron, los abuelos compartían la casa con un par de espíritus perdidos y una que otra alma rezagada, pero como a la abuela no le molestaban sus visitas, el resto de la familia lo veía como algo normal. 

Según la abuela, había un fantasma voyerista –El Mirón– vestido a la moda del siglo pasado, que a menudo aparecía para observarla mientras ella trabajaba en sus bordados. Se quedaba medio escondido detrás de una de las puertas y parecía contento de hacerle compañía, pero cuando alguien más lo notaba, se esfumaba en el aire. 

También sucedían otras cosas inexplicables en la casa. La abuela, por ejemplo, siempre sabía de antemano que un miembro de la familia o un amigo había fallecido. Para cuando alguien llegaba con la noticia, ella ya estaba vestida de luto y su bolso de viaje estaba empacado y esperando junto a la puerta. Un día, le pregunté cómo lo sabía y me dijo que los espíritus le daban una señal – una clave estilo Morse que ella escuchaba dentro del ropero–. "¿Cómo?" insistí algo incrédula. "Algo así," dijo, dando golpecitos sobre la mesa con los dedos: “ta, tata, ta, tata, ta".

Aparte de la desaparición del caniche blanco, de lo cual puedo atestiguar, nunca pude comprobar yo misma las historias que contaba la abuela, aunque en ningún momento los mayores las desmintieron. Pero, no es para sorprenderse porque nosotros, los hispanos, desde tiempos remotos hemos fusionado la realidad con atributos mágicos. Varios de nuestros países hispanos mantienen una relación estrecha con la muerte. En México, por ejemplo, hasta hay un día del año –el 2 de noviembre– que celebra la visita de los familiares muertos; se cocinan sus platos preferidos y se organizan fiestas para recibirlos. 

Nuestra literatura hispana contemporánea también está llena de ejemplos del realismo mágico, un género literario que se basa en elementos fantásticos o supernaturales, incorporándolos a la realidad de la vida cotidiana. Aunque no fue el primero, en el ambiente literario, Gabriel García Marquez popularizó mundialmente este concepto quimérico con su obra maestra Cien Años de Soledad. También está muy presente en La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende, como en el trabajo de muchos otros autores que los siguieron. 

El realismo mágico, sin embargo, no es nada nuevo; continuamente se ha manifestado en nuestras vidas, teniendo raíces profundamente arraigadas en las culturas indígenas precolombinas. A pesar de negarlo, a muchos de nosotros nos atraen las historias paranormales. ¿Quién no ha dormido con la luz prendida después de oír un buen cuento de fantasmas? Pero, aun así, la mayoría de nosotros rogamos que nos cuenten uno más. 

A principios de los 60 los abuelos se mudaron a Banfield y la vieja casona pasó a ser solo una memoria. En una visita a Buenos Aires en 1971, mi primo Dickie y yo pasamos por la Calle Gallo y, para nuestra gran pena, descubrimos que la casa había sido demolida. En una visita posterior, en 2008, encontré que el antiguo inmueble había sido reemplazado por un edificio blanco de tres pisos que albergaba un hospital para enfermos mentales –un lugar perfectamente adecuado, diría yo, para gente que no está en su sano juicio–. 

En noches de luna llena, a veces pienso en la casa de la Calle Gallo. No porque yo crea o no que alojaba fantasmas, pero siempre uno se queda con ese: “¿y si fuera verdad lo que contaba la abuela?” Si fuese así, supongo que a esta altura alguien ya habrá visto un caniche blanco desaparecer en los confines de un baño, y hasta es posible que alguno haya oído la clave tenebrosa que llega anunciando una muerte inesperada. Pero, al menos uno de los pacientes ya habrá sorprendido a El Mirón espiando y apuesto, que tal como Messi, le habrá dicho: “¿Qué mirás bobo? Andá pa’ allá!” Por supuesto todo esto sería así si uno realmente creyera en fantasmas. 

La autora del artículo es escritora residente en el estado de Idaho. Su infancia transcurrió en Cañuelas, donde su padre, Francisco Montoya, dirigía el estudio fográfico FAM.

Escrito por: Ana María Cúneo