¿Por qué será que los latinoamericanos, salvo algunas excepciones, siempre llegamos tarde? En los EE.UU. generalmente la gente es muy puntual. Quedaría muy mal visto, hasta ofensivo, si llegaras tarde a una reunión de negocios. Si los invitan a la casa de alguien para almorzar o cenar, los estadounidenses siempre llegan a tiempo. Lo mismo ocurriría si los invitaran a una fiesta, seguro que intentarían estar allí a una hora razonable.
En el Japón es aún peor. La puntualidad equivale a respeto y armonía. Como tal, se debe llegar de 5 a 10 minutos más temprano de la hora acordada a todas las reuniones, tanto profesionales como sociales. El llegar a la hora exacta está considerado llegar tarde y es una gran falta de respeto. Hay una broma que dice que un japonés preferiría hacerse un harakiri que llegar tarde. Por supuesto, siempre hay cosas imprevistas, eso es comprensible, por lo que avisar que ha surgido un inconveniente es esencial e imperativo en todos casos.
En Suiza, el país de los relojes, la puntualidad está tan arraigada en la cultura que se la considera un signo de disciplina y profesionalismo. Esa actitud se refleja en los medios de transporte, los cuales están perfectamente sincronizados para observar un horario preciso, ni un minuto antes ni uno después. Pero, como bien sabemos, no es así en Cañuelas, ni en el resto de Argentina, ni en ninguno de nuestros países hispanos.
Probablemente los norteamericanos, los suizos y los japoneses se pregunten: “¿Será que nos faltan el respeto a propósito o que son todos groseros?” La respuesta es: para nada. Hay excepciones, por supuesto, pero creo que lo importante para nosotros es estar juntos, no a qué hora llegamos. Nuestro tiempo es mucho más casual, más flexible y fluido que el de nuestros amigos del norte o del oriente, y como nosotros ya sabemos que siempre llegamos tarde, nadie se ofende.
La primera vez que llevé a mi esposo estadounidense a visitar a mi familia en Argentina, mi tía abuela Matilde nos invitó a todos a almorzar y nos dijo que viniéramos a su casa al mediodía. Nos estábamos quedando con otros tíos —la Tía Elsa y el Tío Manolo— y mis primos, pues la mayoría de ellos todavía vivía en casa.
Media hora antes del mediodía, mi esposo ya estaba bañado, vestido y esperando junto a la puerta. Pero en cuanto sonó la primera campanada de las doce del mediodía en el reloj del pasillo, corrió escaleras arriba, perplejo. “¿Dónde están todos?” me preguntó preocupado, “vamos a llegar tarde”. Yo todavía me estaba vistiendo, pero mi Tía Elsa estaba en la ducha, el Tío Manolo estaba durmiendo la siesta y los primos estaban viendo un programa en la televisión. Mi esposo quedó horrorizado y tuve que asegurarle que nadie estaba ofendiendo adrede a nuestra querida tía Matilde.
En otra ocasión, en California, invité a cenar a una amiga quien recién había sido nombrada vice cónsul de México en San Francisco. Le pedí que viniera a mi casa a las 6 de la tarde. Horas más tarde, cuando ya estaba pensando en apagar las velas y ponerme el pijama, finalmente apareció, acompañada de un desconocido. No dio ninguna excusa por traer una persona más a cenar o por llegar tan tarde. Asumió que yo, siendo latina, entendería porque somos muy sociales, nos gusta tener visitas, y porque la puntualidad para nosotros no es algo que realmente valoramos.
¿Qué tan tarde es tarde para nosotros? Sin duda, para reuniones de negocios se debe tratar de estar a la hora indicada, pero en cuanto a eventos sociales, el tiempo de retraso puede variar mucho. “Más o menos a tiempo” es algo comúnmente aceptable porque como bien notó el psicólogo norteamericano George J. Dudycha durante una visita a Río: “Parece que los relojes son menos exactos en Brasil que en los EE.UU.”
Para ponerlo en una fórmula científica, existe una distinción entre lo que se llama Tiempo Local (TL) y Tiempo Latino Estándar (TLS), que es el tiempo cuando una persona de origen latino dice que va a llegar y la hora cuando en efecto llega. Generalmente el Tiempo Latino Estándar (TLS) oscila entre el Tiempo Local (TL) + 30 minutos, al Tiempo Local (TL) + 2 horas y a veces mucho más.
Personalmente, debo de sufrir de dislexia de tiempo porque no importa a la hora que empiece a arreglarme para salir, siempre llego tarde de 15 a 20 minutos, pero no más tarde de eso, tal vez porque he estado viviendo en los EE.UU. por muchos años. Pero, en general, la gente hispana que conozco suele llegar tarde entre 30 minutos a dos horas o, como en el caso de mi amiga mexicana, aún más tarde.
Esto es una práctica común que un extranjero debería tener en cuenta al visitar nuestros países, porque no sería buena idea llegar temprano y sorprender al anfitrión en calzoncillos o a la anfitriona todavía en camisón. Lo mismo, si alguien viaja a los EE.UU., a Suiza o al Japón, es muy importante tener en mente que para ellos la puntualidad es una virtud altamente respetada.
Y, ya que estamos, les recuerdo que, tanto en los EE.UU., Europa, Argentina, y aún mucho más en el Japón, donde es realmente imperativo, es costumbre y buenos modales traer un regalo para los anfitriones – un ramo de flores, chocolates, una botella de vino o, si el presupuesto lo permite, una botella de whisky o coñac -. Pero, por lo menos para nosotros, cualquiera de estos obsequios sería mucho más apreciado que la imprudencia de llegar a tiempo o, aún muchísimo más grave, el pecado de tocar el timbre más temprano de lo indicado.
No sé ustedes, pero lo que es yo, siempre ando corriendo, hasta que me acuerdo que soy la chica de Cañuelas, la que siempre llega tarde a todos los compromisos sociales. Entonces, acorto el paso y llego, como Dios quiere, por lo menos 15 minutos tarde. ¿Por qué? Porque en el fondo, lo único que realmente vale es estar juntos.
La autora del artículo es escritora residente en el estado de Idaho. Su infancia transcurrió en Cañuelas, donde su padre, Francisco Montoya, dirigía el estudio fográfico FAM.
Escrito por: Ana María Cúneo