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| Defunciones

El adiós a Orlando Delgado, fundador de la Sociedad de Fomento San José

Tenía 94 años. Hace dos años recibió un homenaje por su labor fomentista. Su nieta Lucía lo despidió con una tierna carta.

Tenía 94 años. Hace dos años recibió un homenaje por su labor fomentista. Su nieta Lucía lo despidió con una tierna carta.

El adiós a Orlando Delgado, fundador de la Sociedad de Fomento San José

 Orlando Delgado. Foto familiar.

El 21 de agosto, a los 94 años, murió Orlando Samuel Delgado, uno de los socios fundadores de la Sociedad de Fomento San José y presidente de esa institución durante varios períodos.

Nació en Gobernador Udaondo el 18 de junio de 1926 en el seno de una familia de tamberos conformada por cinco hermanos. A los 17 años se radicó en la ciudad de Cañuelas.

Tras concluir el servicio militar ingresó en Vialidad Nacional donde trabajo 45 años, primero como operario en las máquinas de calle y luego encargado en el predio que está en cercanías de La Martona. Al jubilarse fue empleado en la ferretería de “Peteto” Caeiro. 

En 1961, junto a un grupo de vecinos, impulsó la creación de la Sociedad de Fomento San José. En junio de 2018 la comisión normalizadora le rindió un homenaje en su cumpleaños número 92 años, con un almuerzo familiar. 

Vocacion cívica: con más de 90 años don Orlando concurría a votar.

Se destacó asimismo como jugador de bochas en la Sociedad de Fomento 12 de Octubre, institución que lo tuvo como amigo y colaborador.

Casado con Francisca Pécora, tuvo un hijo adoptivo llamado Luis (hijo de Francisca) y dos hijas de la pareja, Alicia y Mirta, quienes le dieron cuatro nietos: Lucía, Carolina, Agustín y Cecilia; y cinco bisnietos: Helena, Tomás, Salvador, Hilario y Vicente.

Con motivo de la pandemia, que agrava el dolor de las pérdidas al impedir un último adiós a los seres queridos, Lucía le escribo una carta a su abuelo despidiéndolo a la distancia.

NUNCA EN VOS HUBO APURO

Llego del colegio me esperan con la chocolatada servida en esa vajilla como portuguesa, con imágenes de mujeres victorianas en azul. Ya está listo el pan con manteca, con la miel azucarada del campo o el dulce de leche. Nos quedamos jugando a la escoba de 15 hasta la tardecita o al Ludo Matic. El reloj se detiene. Nunca en vos hubo apuro.

Fue un dedicado jugador de bochas.

Otra noche me quedo a dormir, me dejan meterme en su cama, me lee la abuela unas adivinanzas de una hojita de un libro que era de mamá, vos ya dormís porque mañana madrugarás, como lo hiciste durante 45 años.

Al otro día 6 am te pasa a buscar “Martucci”, te vas a Vialidad Nacional y cuando volvés seguís con tus quehaceres en ese tallercito “arregla tutti” improvisado en tu garaje.

Viene otro domingo y todos hacemos fiaca menos vos. Con grados bajo cero o con calor, en tu bici amarillenta que parece sacada de un cuento, con parches y encanto de años, hacés los mandados y te ponés a preparar el asado. Ese pollito dorado y sequito, repartís las 4 patas, una para cada nieto.

Vamos al parque donde está tu quinta y el gallinero (donde nunca me acerqué mucho por esa fobia que me provocan las aves) pero alguno corre a buscar el huevo recién salido para la torta de la tarde. 

Corremos, mi hermano, mis primas y yo, los cuatro juntos, inventamos carpas de indios con telas viejas, subimos el montículo de tierra que hay en el fondo, como si fuera una gran montaña a escalar, desde donde anticipamos la llegada de los invasores. Somos dos equipos: con Caro siempre ganamos, nos ponemos en cómplices contra los dos chiquitos.

Seguís tomándote tu vinito permitido de los domingos y desde la mesa nos mirás correr, no decís mucho, basta con tu mirada noble para sobrar con gestos lo que nos querés.

Una postal familiar de los últimos tiempos.

La alzás a Helena a los 90, también le repartís la pata del pollo. Miro deleitada esa escena, de que pueda probar ese sabor. Cosechan tomates, rallan el queso, los ves nacer a Hilario, Tomy, Salvi y Vicente y les hacés upa para soplar las velitas.

La hamaca de tu patio sigue viva. cambiaste las maderas a tus 30, a tus 40, a tus 60, ¡a tus 80! Para hijos, nietos y bisnietos, cambiabas el color o pintabas arriba, cuando se descascaraba aparecía el testimonio de un año o de una época pasada. 

Nos preparabas la piletita de pescados y se armaba el carnaval, la lona resistente por tus cuidados bañó también los calores de enero de mi hija.

Te vas sin pendientes, rodeado del amor de todos nosotros, que tuvimos ese privilegio de abuelo noble y de juego simple, de pueblo y de barro, de tiempo sin relojes. Abuelo querido, gracias por ser mi infancia, hacerla y acompañarla.

Pedaleando lejos en tu bicicleta, te veo irte y en mi corazón y en el de todos nosotros te quedas un poquito acá.

Lucía.