Cuando Cañuelas era una aldea de ranchos dispersos en medio de cuarenta estancias, una capilla de adobe, una escuelita con piso de tierra y una fábrica de velas como única industria, se estableció en el pueblo el Dr. Manuel Acuña. En la galera que lo trasladó desde Buenos Aires por el camino de San Justo viajaba junto a su esposa y cuatro hijos. Disipado el polvo levantado por los caballos, ente sus ojos se desplegó la pasividad de la campaña y la sencillez de un caserío donde estaba todo por hacerse. Atrás quedaban su ajetreada vida de cirujano en los campos de batalla, el ataque furtivo de los malones y el exilio en Uruguay.
Concluida la presentación formal ante el juez de Paz Rosario Acosta, Acuña se convirtió oficialmente en el primer médico y boticario afincado en Cañuelas. En sus más de cuatro décadas de actividad profesional en el partido se transformó en un actor esencial de la vida cotidiana: dirigió la vacunación contra la viruela y las campañas contra las epidemias; integró la comisión constructora de la Iglesia y del ferrocarril; impulsó el alumbrado público y acompañó la creación de la primera biblioteca; fue examinador en las escuelas primarias, productor ganadero y hasta pianista en las fiestas cívicas, en las que se ocupaba de tocar el Himno Nacional. De alguna manera o de otra, estaba involucrado en todas las esferas de la comunidad.
Su nombre quedó inmortalizado en la calle que atraviesa Cañuelas a la altura de donde estaban su casa, botica y consultorio, pero poco ha trascendido de este ilustre personaje que tras graduarse de médico se desempeñó como cirujano en las huestes de Urquiza y luego en el Regimiento de Dragones de Buenos Aires.
Nació el 29 de julio de 1817 en la vivienda familiar situada en Independencia 144 de la ciudad de Buenos Aires. En el certificado del bautismo archivado en la Parroquia de la Purísima Concepción de San Telmo, el barrio de su infancia, figura su nombre completo: Manuel Abdón y Senen Acuña. Era hijo del comerciante portugués Manuel de los Santos Cuña (o D´Acunha), natural de Oporto, y de la porteña María Francisca Palomech (Palomeque). Sus abuelos paternos eran Antonio de Cuña (o D´Acunha) y Rosalía de los Santos. Casado con la entrerriana Fermina Arce, tuvo 15 hijos, algunos fallecidos a corta edad.

Cirujano militar y exilio en Uruguay
Se graduó en 1842 en la recién creada Universidad de Buenos Aires. Su carrerea transcurrió en los convulsionados años del rosismo, durante los cuales el presupuesto educativo fue reducido a la mínima expresión como resultado de la crisis económica que acompañó al bloqueo anglo-francés, a lo que se sumó el exilio de muchos docentes opositores a la hegemonía del régimen.
Acuña fue discípulo del sabio Diego Alcorta, a quien tuvo como profesor de Cirugía en las prácticas del Hospital de Hombres; y también como profesor de Filosofía. Este maestro fue clave en la formación cívica y humanística del futuro médico cañuelense. “En el aula de Ideología, como entonces llamábase a la cátedra de Filosofía, Diego Alcorta estuvo lejos de limitarse a la enseñanza de la psicología y moral, de la lógica y retórica, pues supo ir más allá, hasta donde aconsejaba el patriotismo, grabando en el alma de las nuevas generaciones el amor a la libertad de la tierra en que habían nacido, el respeto a los derechos del hombre, y a la justicia, el aplauso a la virtud, el estímulo de la instrucción pública, y el castigo de los criminales. Alcorta tuvo el valor sereno de los filósofos antiguos, como Sócrates. No desertó de su puesto, desafió la sangrienta tiranía, predicando, con la palabra y el ejemplo personal, sus doctrinas filosóficas y los deberes cívicos de la juventud hacia la patria” (1).
Un decreto de Viamonte de 1834 imponía a los alumnos de Medicina y Cirugía la obligación de servir en la campaña durante tres años. Esa imposición y el estímulo de Alcorta posiblemente empujaron a Acuña a sumarse al ejército de Justo José de Urquiza como cirujano. Hasta el momento no surgieron pruebas documentales de esa participación más allá de la mención somera que realiza Lucio García Ledesma en sus Bases Documentales para la Historia de Cañuelas y del relato que se transmitió dentro de la familia Acuña a lo largo de generaciones.
Hacia 1846, en medio de la inestabilidad política, se exilió en Uruguay, donde también se había establecido su primo hermano y declarado unitario Santiago Calzadilla, intelectual porteño del que fue compañero en las clases de filosofía de Alcorta. Todo parece indicar que el joven Acuña se radicó en Paysandú, donde nació su hija Manuela en 1847. Esta ciudad uruguaya tenía fuertes lazos comerciales y familiares con su vecina de la otra orilla, Concepción del Uruguay, cuna de su esposa Fermina Arce.
En Buenos Aires, ya viudo y enfermo, seguía viviendo Don Acuña padre. Sintiendo la proximidad de la muerte, el 8 de diciembre de 1848, ante el escribano público Julián Aranda, firmó el testamento en el que pidió ser inhumado en el Cementerio General del Norte y declaró que fruto de su matrimonio con María Francisca Palomeque tuvo un solo hijo llamado Manuel “quien se halla en el Estado Oriental del Uruguay ejerciendo sus funciones de facultativo en medicina en que está recibido”. Tras reservar una limosna de cuatro reales para las “mandas forzosas y acostumbradas” (donativos de caridad que se establecían en los testamentos de la época), lo instituyó como “único y universal heredero de todos mis bienes”.

De la lectura del documento se desprende el profundo espíritu cristiano de los Acuña y su carácter austero. “Cuando contraje el matrimonio no llevé ningunos bienes de fortuna, más que la decencia de mi persona, y mi esposa aportó la casa, calle de la Independencia 144, en que actualmente habito, habida por herencia de sus antecesores. (...) Declaro que mis bienes consisten en mis muebles, ropa de uso, un clave viejo, un reloj de plata y todo cuanto más se encontrare dentro de una caja de lienzo que conservo en mi poder, cuya llave duplicada entrego en este acto al albacea Don Mario Amoedo”.
Regreso a Buenos Aires e incorporación al Regimiento de Dragones
Hacia mayo de 1851 el doctor Acuña y su familia estaban de regreso en Buenos Aires, ya que en esa fecha bautizaron a la pequeña Flora Marcelina en la Iglesia Nuestra Señora de la Merced del barrio de San Nicolás. Tal vez la muerte del padre y la necesidad de recuperar la casa precipitaron la vuelta al país, incluso antes de la caída de Rosas en Caseros. Pero a su arribo la vivienda había sido arrasada. El censo de 1855 los ubica residiendo en calle Paraguay 269 junto a sus hijos Manuela (8 años), Ernesto (3) y Enriqueta (1) -mencionada como Pepona-.
“Cuando volvió del exilio su papá ya estaba muerto y la casa había sido destruida. Por ese motivo al poco tiempo se mudó a Cañuelas con su familia”, sostiene Emma Jamardo, una de las bisnietas del Dr. Acuña, residente en San Isidro y guardiana de los documentos vinculados a su ilustre antepasado.

Sin embargo, la mudanza no fue tan inmediata. En 1855 Acuña formaba parte del Regimiento de Dragones Número 3, una antigua unidad de caballería creada durante el virreinato. Fue asignado al Departamento del Norte, una de las regiones en las que se dividió la Provincia de Buenos Aires tras la caída de Rosas, en 1852. Allí se ocupaba de asistir a los guardias nacionales cuando eran heridos en las escaramuzas con los malones.
En una correspondencia del 8 de mayo publicada en el diario La Crónica, el coronel Eustoquio Frías informa que saliendo hacia el Norte con 15 hombres se topó con 50 indios que llevaban hacienda y caballos robados en estancias de la zona. En sucesivos enfrenamientos lograron recuperar el ganado pero resultaron muertos nueve integrantes de la tropa y cuatro gravemente heridos. “Hemos sucumbido también ocho indios, según los que se han visto, pues es de creer que sean más, porque han salido muchos baleados en un fuego vivo que se les hizo y se percibían los quejidos de ellos”. Acto seguido Frías pidió la presencia del médico “para la más pronta curación” de su personal. El 11 de mayo el oficial Mayor del Ministerio de Guerra y Marina, Alejandro Romero, responde que no podrá enviarle al Dr. Acuña porque al momento de recibir el pedido, el galeno ya se había había marchado a otra zona de la jurisdicción (2).
En estrecha relación con esto, Emma Jamardo conserva un valioso testimonio: un salvoconducto fechado el 3 de mayo de 1855, que garantizaba el tránsito seguro por territorio hostil. “Por cuanto el médico cirujano del Departamento del Norte, Dr. Manuel Acuña, pasa por la carrera de las postas hasta el Pergamino. Por tanto los Maestros de Postas lo auxiliarán con dos caballos, incluso el del Postillón, que va ocupando por cuenta del Estado” ordena el papel firmado por el oficial Mayor Romero, con el usual lacre rojo de los documentos oficiales.

Otro artículo del diario La Crónica publicado en noviembre de ese año se reproduce una nota del Dr. Acuña enviada al Ministerio de Guerra y Marina en la que reclama el sueldo de agosto (3), lo que permite inferir que la paga no era regular. Tal vez esa circunstancia lo empujó a buscar un mejor destino en la campaña.
Llegada a Cañuelas
En 1822, cuando Cañuelas se formalizaba como partido, la escasa población era asistida de manera ocasional por el médico de San Vicente, Pedro Martínez Niño, quien en simultáneo atendía los partidos de Monte y Ranchos. Dice García Ledesma: “El primer médico con título universitario fue el Dr. Manuel Acuña. Hacia 1857 se establece en este pueblo ejerciendo su profesión y también la de farmacéutico, como sucedía en esos tiempos. Cuando la epidemia de cólera de 1868, le toca actuar casi sin descansar; es al mismo tiempo miembro de la corporación municipal y el 23 de enero manifiesta en la reunión ´la necesidad de obtener algunos medicamentos que no tenía en su Botica para administrarlos a los pobres atacados del cólera, sin perjuicio de suministrarles gratis los que podía disponer´. Fue autorizado a comprar los remedios que considerara más eficaces” (4).
Los recién llegados se establecieron en un solar de media manzana ubicado sobre la actual calle Acuña entre Libertad y Lara. La casa, consultorio y botica estaban en la esquina, donde hoy funciona un local de indumentaria femenina. A mitad de cuadra (Casa Caeiro) se ubicaban las caballerizas y cochera; y en la esquina opuesta (estudio del Arq. Rubén Bottero) se levantaba una vivienda secundaria, posiblemente destinada al personal de servicio.
Un plano realizado por Héctor Acuña (el hijo menor del médico) conservado por Emma Jamardo confirma la localización de la quinta con sus casas, cocinas, pozos de agua y galpones. Sus vecinos con frente a calle San José (actual Basavilbaso) eran Barreda y R. García. En la manzana de enfrente estaban Galizzia y F. Martínez.

En el periódico La Voz de Cañuelas del año 1947 hay una entrevista reveladora a Manuela Acuña, realizada con motivo de sus cien años. Plena de lucidez, Manuela aporta información muy colorida sobre cómo era ese Cañuelas al que llegó a mediados del siglo XIX. “Recuerdo muy bien mi escuelita y mi primera maestra, Elvira Riglos. La escuela era muy pobre: una pieza grande de paja y barro, piso de tierra, de triste aspecto, y sin ninguna comodidad. Estaba ubicada frente a lo que después fue (el almacén) La Bola de Oro (...) Cañuelas era entonces un pueblito insignificante, con ranchos de barro y techos de paja. La iglesia ocupaba uno de ellos, largo y angosto, levantado en el terreno donde después se alzó el edificio de la Municipalidad. Un incendio destruyó aquel templo primitivo. Luego se edificó en el terreno contiguo, tal como es ahora” (5).
Sigue Manuela: “Recuerdo que el consultorio de mi padre, podría decirse un pequeño hospital de sangre, curó muchas heridas de arma blanca y el propio Juan Moreira acudió más de una vez a sus servicios. Creo haberlo visto alguna vez a este gaucho alto, delgado, pelirrubio, casi lampiño”.
En su memoria centenaria relucían las tertulias en el Club Unión y luego en el Artesanos, fundado hacia 1870: “Las fiestas patrias daban lugar a festejos de los que participaban los colegios y todo el vecindario. Siempre era mi padre quien tocaba el Himno Nacional en el piano que únicamente él ejecutaba”. Y más adelante agrega: “Una de las primeras casas de material fue la de mi padre, que además de ejercer la medicina, como era común entonces, tenía a su cargo la farmacia. El alumbrado público era nulo. El primer farol a kerosene que alumbró las calles de Cañuelas fue el que mi padre instaló en la esquina de la botica”.
El historiador Lucio García Ledesma, en base a un relevamiento de las actas municipales de antaño, confirma que el galeno fue el ideólogo del alumbrado público. “La propuesta, presentada en mayo de 1868, fue aprobada con la condición de que fuera a kerosene y de tres faroles por cuadra. Se estableció que los vecinos pagarían por puerta razón de 5 pesos los comercios y 2 pesos las casas de familia. En reconocimiento a sus esfuerzos, el primer farol se instaló en la esquina de su botica” (6).

Acuña fue productor ganadero con campos en Cañuelas y Lobos según lo atestiguan los registros de marcas otorgados a su nombre entre 1860 y 1862. Además, tuvo participación política. Celebradas las elecciones de 1858, fue designado municipal suplente (un equivalente a la actual concejalía) en la lista que encabezaban Desiderio Davel y Narciso Martínez de Hoz. Repitió como titular en 1861 junto a Justo Fuentes; y nuevamente en 1864 con Davel, Juan Arana y Juan García. Fue Juez de Paz sustituto en 1876 y jurado para el cobro de patentes en 1883 (7).
En 1873 formó parte de la mesa encargada de tomar los exámenes anuales a los alumnos de las escuelas primarias. Cumplió ese rol junto a Juan Arana, Tomás García, Alejandro Borzani, Pedro Gajón y Martin Schmarsow, el dentista francés oriundo de Los Alduides, establecido en Cañuelas hacia 1860.
En una nota dirigida al jefe del Departamento de Escuelas, Antonio Zinny, se detalla que los exámenes empezaron a las diez de la mañana y terminaron a las cinco de la tarde, con la asistencia de 64 alumnos y la ausencia de 13. El 25 de diciembre se hizo el acto del cierre anual con otorgamiento de premios a los niños que habían obtenido las mejoras calificaciones. “La distribución fue hecha en el templo a las tres escuelas de este pueblo: la pública, la de Beneficencia y la particular de ambos sexos, a la que la Municipalidad provee de útiles, textos de enseñanza y premios anuales por intermedio de esta elemental. Presidió el acto la Municipalidad, con asistencia de innumerables personas de este vecindario y partido. Fueron adjudicados 27 premios a un número igual de alumnos de esta escuela; nueve sobresalientes, y 18 de los clasificados como buenos. La Municipalidad costeó medallas y libros para el efecto” (8).
También formó parte de la comisión fundadora de a Biblioteca Franklin, la primera de Cañuelas, inaugurada en 1870. En la comisión directiva participaban Desiderio Davel (presidente), el cura párroco Felipe Souques (vice), Rafael Zamorano (tesorero), José Barreda (secretario), Acuña, Martín Schmarsow, Joaquín Robles y Norberto Pereira en calidad de vocales. Funcionó en un salón cedido por la Municipalidad, con “buenos estantes y más de 200 volúmenes” (9). “Manuel del carpintero”; “Manuel del fabricante de velas”, “Manual de lechería”, “Filosofía elemental”, “Poesías” de Andrés Bello e “Historia de América” eran algunos de los primeros textos disponibles, varios de los cuales eran leídos en voz alta por las señoras y señoritas del pueblo para que los vecinos no letrados pudieran acceder al contenido.
Unos años más tarde fue uno de los vecinos que aportó fondos para concretar la llegada del ferrocarril a Cañuelas. En 1884 compró bonos por 300 pesos de acuerdo a un documento que conserva Emma Jamardo. Al pie se observa la firma de los directivos de la comisión ferroviaria, Miguel Nemesio de Uribelarrea, Vicente Lorenzo Casares y Rufino Varela.

Una gran familia y algunas pérdidas
Acuña compartió su vida con Fermina Arce, nacida en 1827 en Concepción del Uruguay y fallecida en Cañuelas el 8 de junio de 1892. Se casaron en la Iglesia Nuestra Señora del Carmen de Cañuelas el 21 de abril de 1860, teniendo ya cinco hijos, aunque su descendencia fue mucho más numerosa. La información relevada por la genealogista Rosario García de Ferraggi más el árbol genealógico elaborado por los descendientes del doctor permiten arribar a una lista de 15 hijos:
• Paulina (1842)
• Florentino (1844)
• Manuela (1847)
• Rufino (1848)
• Manuel (1848)
• Flora Marcelina (1850)
• Manuel Joaquín Ernesto del Sagrado Corazón de Jesús (1852)
• Enriqueta (1854)
• Elvira (1856)
• Pedro Belisario (1858)
• Avelina Fermina (1860)
• Justo Alfredo (1862)
• Roberto Justo y Pastor (1864)
• Justo Alberto José (1867)
• Héctor José Antonio (1869)
Al menos cuatro murieron siendo pequeños, como fue el caso de Avelina Fermina, inhumada en el cementerio de Cañuelas a los 10 meses. Otra tragedia que golpeó a la familia fue la muerte de Enriqueta a los 33 años, víctima de tuberculosis. El certificado de defunción fue firmado por el Dr. Felipe Basavilbaso, recién llegado al pago.

Casi todos los hijos se desarrollaron fuera del partido de Cañuelas, por lo que casi no quedaron descendientes en el distrito. Manuela se casó con Tomás García y luego de enviudar se mudó a La Plata donde su hijo Ramón descolló como periodista y director del diario El Argentino. Pedro Belisario se mudó a Buenos Aires y tuvo un hijo bautizado Bismarck que hizo carrera militar. Justo Alberto José fue gerente de La Martona. Héctor José Antonio, casado con Eulalia Moya, se trasladó a Pergamino.
El Dr. Acuña murió en los primeros días de diciembre de 1899. Sus restos descansan en el cementerio municipal de Cañuelas junto a los de su esposa bajo una simple lápida de granito blanco sin placas ni ornamentos.

“Falleció en Cañuelas el Dr. Manuel Acuña, distinguido facultativo que prestó grandes servicios a la patria en su juventud” (10) fue la noticia publicada en los diarios nacionales de la época.
Las Damas de Beneficencia, creadoras del Hospital Mitre, lo recordaron en la asamblea general del 17 de febrero de 1900. En el acta de aquel día incluyeron un párrafo de despedida para “ese gran médico que tantos servicios ha prestado durante los siete años de existencia de esta Sociedad”.
Por iniciativa de los vecinos Selin Gilly y Felipe Mozotegui, en agosto de 1913 el Concejo Deliberante aprobó una ordenanza que bautizó con su nombre la calle que antes se llamaba Libertad (11). En la misma ordenanza la antigua San José adquirió el nombre de Basavilbaso en mérito a otro gran médico del partido.
Fuentes:
(1) Historia de la Universidad de Buenos Aires y su influencia en la cultura argentina, Juan Agustín García, 1921.
(2) Diario La Crónica, Buenos Aires, edición del domingo 13 de mayo de 1855. Hemeroteca del Congreso de la Nación.
(3) Diario La Crónica, Buenos Aires, miércoles 21 de noviembre de 1855. Hemeroteca del Congreso de la Nación.
(4) Bases Documentales para la historia de Cañuelas, Lucio García Ledesma.
(5) La voz de Cañuelas, 13 de septiembre de 1947.
(6) Bases Documentales para la historia de Cañuelas, Lucio García Ledesma.
(7) Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires, años 1858 y 1864.
(8) Memoria de las diferentes reparticiones del Ministerio de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires correspondientes a 1873, Imprenta de La Prensa, 1874.
(9) Boletín de las Bibliotecas Populares, año 1, Nro. 1., 1872.
(10) Diario El Siglo, 6 de diciembre 1899.
(11) Diario La Prensa, 9 de agosto de 1913.
Contribuyeron con valiosos datos: el investigador de la fotografía histórica argentina Abel Alexander, el historiador Alberto Piñeiro y la genealogista Rosario García de Ferraggi.
Escrito por: Germán Hergenrether