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Boquitas pintadas. El vínculo desconocido de la película de Torre Nilsson con Uribelarrea

Algunas escenas del film basado en el folletín de Manuel Puig se filmaron en las calles del pueblo.

Algunas escenas del film basado en el folletín de Manuel Puig se filmaron en las calles del pueblo.

Boquitas pintadas. El vínculo desconocido de la película de Torre Nilsson con Uribelarrea

 Alcón y Cipe Lincovsky en Boquitas pintadas.

En 1974 el realizador Leopoldo Torre Nilsson y Manuel Puig se unieron para hacer el guion de Boquitas pintadas basada en la célebre novela del escritor nacido en General Villegas, publicada en 1969.

Así como la novela convirtió a Puig en un autor de renombre en la Argentina, la película -que obtuvo la Concha de Plata en el festival de San Sebastián- significó la consagración de Torre Nilsson. “Más de 180.000 personas vieron Boquitas pintadas en cuatro días. Es el mayor éxito de taquilla en la historia del cine argentino” escribía la revista Gente poco después del estreno.

Escrita en forma epistolar, la acción se desarrolla entre 1934 y 1968 en la ficticia localidad de Coronel Vallejos. Cuenta la historia de varias mujeres que están enamoradas, son amantes o familiares de Juan Carlos Etchepare, el donjuán del pueblo. Al igual que en los radioteatros de aquel momento, la novela habla de intrigas sentimentales, de la opresión femenina, de lo prohibido, de los prejuicios y tabúes de la época.

Alfredo Alcón, en el rol de Etchepare, aparece acompañado por un destacado elenco compuesto por Marta González, Luisina Brando, Cipe Lincovsky, Leonor Manso y Raúl Lavié, entre otros.

Casi todo el film se rodó en Adrogué y otra parte en Cosquín, adonde el protagonista viaja para recibir tratamiento a su tuberculosis. Un dato poco conocido es que algunas escenas transcurren en el pueblo cañuelense de Uribelarrea.

Si se observa el desarrollo con atención se podrá encontrar a Alfredo Alcón y Alejandro Marcial caminando en los fondos del Instituto María Auxiliadora (hoy Hospital Dardo Rocha). Al principio el edificio resulta difícil de reconocer porque hay un tanque de grandes proporciones que despista. Era la cisterna de agua del colegio de niñas, retirada a fines de la década del ´70. Otra de las escenas se encuentra en el comienzo de la cinta: el doctor Aschero abusa de su secretaria Nené (Marta González) sobre el auto, en un sendero de árboles.


El jefe de producción fue Alberto Tarantini, quien el año anterior había trabajado con la misma función en Juan Moreira, la película de Leonardo Favio que incluye varias escenas frente a la Iglesia Nuestra Señora de Luján. Tal vez Tarantini fue quien sugirió la locación de Uribelarrea como alternativa.

Juan José Jusid, productor de Boquitas pintadas, dijo a InfoCañuelas que si bien no podía dar precisiones por el tiempo transcurrido, sí recordaba que Uribelarrea se utilizó en algunos exteriores. “Conocí esa locación en el rodaje de Babsy (por Torre Nilsson) y luego volví a este lugar para Los gauchos judíos. Utilizamos algún lugar de Uribelarrea que simulara la proximidad del pueblo de Villaguay, donde se filmó gran parte de mi película. Creo que también usamos el frente de una pulpería, pero hay material que luego se descartó”.

Dice la revista Gente en su edición Nro. 444 del 24 enero 1974: “La filmación de Boquitas pintadas llevará alrededor de ocho semanas. Se filmará en Adrogué, Ulibelarrea (sic) (pasando Cañuelas, a 74 Km de la Capital), Córdoba y Buenos Aires. Se calcula el estreno para fines de mayo. El costo de la producción es de 177 millones de pesos. En la parte técnica (dirección, asistentes, escenógrafos, técnicos, iluminadores, utileros, carpinteros, productores, maquillajes, vestuarios, etc.,) trabajan unas 46 personas. En el rubro intérpretes, extras incluidos, unas 40 personas. La ambientación está a cargo de Miguel Ángel Lumaldo y de Beatriz Guido”.


En el artículo hay testimonios del director, de los actores y del autor de la música, Waldo de los Ríos. “Creo que más que una pintura de un pueblo en determinada época, la película es la pintura de todo el país en esos años. Como dice Tolstói: Pinta a tu pueblo y pintarás al mundo” comenta Cipe Lincovsky.

Alcón, por su parte, se declara feliz de encarnar a Etchepare: “Es un tipo lleno de ternura, de alegría. A mí me hace muy bien interpretarlo. Además, rompo un poco con la línea que venía haciendo en cine, con personajes tristes, amargos y reconcentrados”.

Tiempo después, en la misma revista, Rolando Hanglin describía la marca que el último film de Torre Nilsson había dejado en el renaciente cine argentino: “Durante treinta años fue tabú ver una película nacional. ´¿Argentina? ¡Seguro que es un bodrio! Mejor me voy a ver la de Rock Hudson... ´ Esto se debía sencillamente a que el cine argentino había perdido contacto con el pueblo desde los tiempos dorados de Amadori, Amelita Vargas, Soffici, Magaña, Sandrini, Barbieri, etc. Nuestro cine se hundió en el intelectualismo y perdió la huella. De pronto, a partir de Juan Moreira, Boquitas pintadas y La tregua los directores levantaron cabeza, los guionistas afinaron la puntería y surgió ese milagro del diálogo artista-pueblo que se llama comunicación. Y las películas argentinas coparon las carteleras. Solitas, sin ayuda de nadie. Porque eran buenas. Y el negocio es de todos”.


Germán Hergenrether

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