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11 de febrero. Cañuelas, Argentina.

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San Valentín, entre besos y abrazos

Escribe: Ana María Cúneo.

Cary Grant y Deborah Kerr en Algo para recordar. Foto: themoviedb.org

El 21 de enero fue el Dia internacional del abrazo, una fecha creada por el psicólogo y pastor Kevin Zaborney para promover más contacto físico entre la población estadounidense. Pero hay otra fecha aún más conocida: el Día de los Enamorados o Día de San Valentin, el cual se festeja globalmente el 14 de febrero. Esta celebración está basada en una fiesta cristiana en honor a varios mártires llamados Valentín. El día quedó asociado con amor romántico en los siglos XIV y XV y hoy se ha comercializado como una celebración del amor entre dos personas. 

Por supuesto, el más glorificado en la literatura universal es del amor romántico y a todos nos atrae una buena historia. La de Jack, un amigo de mi esposo de Nueva York, es un buen ejemplo. Un hombre solterón, hijo de irlandeses, Jack venía arrastrando por años una relación romántica algo marchita y sin porvenir, pues no tenía ninguna intención de formalizarla. Un día hizo planes con un compañero de trabajo para hacer un recorrido guiado por el sur de Irlanda. Cuando su amigo tuvo que cancelar el viaje, Jack no invitó a su pareja, como hubiera sido obvio, por el contrario, se dispuso a visitar solo el lugar natal de sus padres. 

En el lado opuesto de la ciudad, Kate, una mujer cuarentona, con hijos adultos, divorciada pero comprometida para casarse, se anotó para hacer, acompañada por una amiga, la misma excursión del sur de Irlanda. Cuando su compañera tuvo que desistir del viaje por asuntos de negocios, Kate decidió ir sola pues pensó que de todos modos iba a estar acompañada por un grupo de viajeros. 

Al cabo de quince días de compartir experiencias, Kate y Jack se habían enamorado. Aun así, resueltos a seguir el ejemplo de los protagonistas de Algo para recordar, una película romántica de 1957, decidieron darse un tiempo para analizar sus sentimientos y comprobar que lo suyo no había sido solo un romance de vacaciones. Si al cabo de seis meses todavía seguían enamorados, pondrían fin a sus compromisos anteriores y se encontrarían en el edificio Empire State de Manhattan, tal como había ocurrido en la película. Al llegar la fecha indicada ambos asistieron a la cita y 27 años después de su boda, Kate y Jack aún siguen muy enamorados.   

Sin embargo, existen muchas variaciones del amor humano. Una joven llamada Margie que conocí casualmente en California, decidió casarse con Julio, un inmigrante mexicano indocumentado. Lo hizo para evitar que él fuera deportado por “la migra” - o lo que ahora se conoce como ICE o Inmigración y Aduanas de EE.UU. –el grupo que hace cumplir las leyes de inmigración–. Ambos asistían juntos a la universidad y, a pesar de no tener una relación sentimental, eran muy buenos amigos. El estar casado con una ciudadana norteamericana le ofrecía al muchacho la oportunidad de poder obtener con más facilidad la residencia legal estadounidense. “Siendo niño, Julio vino indocumentado a California con sus padres y habla muy poco castellano”, me dijo Margie, “sería terrible si lo deportaran a un país que no conoce y donde no tiene a nadie”. A mi criterio, eso es amor, pero en una forma más pura. 

Tanto en Cañuelas como en toda Latinoamérica, la gente tiende a ser muy romántica. Estamos acostumbrados a ofrecer cariño a quienes amamos –sean amigos, familiares, cónyuges o amantes–. Pero en los Estados Unidos, siguiendo las costumbres anglosajonas, la gente es menos demostrativa. Solo cuando en febrero llega el Día de San Valentín se dan permiso para demostrar públicamente amor por un ser querido. En efecto, es únicamente en esta fecha cuando se mandan tarjetas con mensajes apasionados y se obsequian chocolates y rosas rojas que han subido exorbitantemente de precio para la ocasión.

Parejas en la plaza de Cañuelas. Foto Germán Hergenrether / Archivo InfoCañuelas.

No obstante, en los países con raíces inglesas –como Estados Unidos, Canadá y Australia– ni siquiera en el Día de San Valentín se permiten demostraciones amorosas en el campo laboral. Es sumamente imperativo cuidar el lenguaje en el trabajo y no decir nada que pudiese ser considerado irrespetuoso. Peor aún –¡Dios nos libre!–, es inconcebible tocar un compañero de negocios de cualquier sexo. Especialmente los ejecutivos masculinos son muy conscientes en la actualidad de las implicaciones legales de tocar a una mujer en el trabajo. Cualquier contacto físico no solicitado –como toques, palmadas en la espalda, caricias y abrazos– podría considerarse ilegal y ofensivo, aunque no haya habido intención de hacer daño. El consentimiento explicito o implícito en estas ocasiones es esencial.

En un artículo publicado en el 2004 por la revista Forbes, la Dra. Carol Kinsey Goman, una experta en lenguaje corporal, cuenta que en un viaje a Venezuela un colega que sólo conocía a través de correos electrónicos y llamadas telefónicas, la fue a recoger al aeropuerto de Caracas. Para su sorpresa, la saludó con un apretón de manos persistente, seguido de un abrazo y un beso en la mejilla. Mientras caminaban hacia el auto le puso una mano en el hombro y, durante el viaje, mientras discutían de negocios, a menudo le tocaba el brazo o la mano.

En la sociedad anglosajona, preocupada por hacer lo correcto, ésto podría haber sido considerado un toque o contacto inapropiado –probablemente dando lugar a una queja formal o a un litigio por hostigamiento sexual–. Pero en algunos países europeos y latinoamericanos esta situación está vista como un comportamiento normal de la vida cotidiana y nadie grita acoso sexual.

Los italianos, cuando encuentran a alguien conocido, se dan dos besos, uno en cada mejilla. En Francia, extraños se saludan con tres picotazos en las mejillas –derecha, izquierda y derecha de nuevo– una costumbre llamada faire la bise. Pero, según la región, pueden llegar a darse hasta cuadro besos. En América del Sur, ofrecemos dos besos "a la italiana", además de un abrazo. Esta es una práctica adecuada para ambos sexos. También está bien visto que las mujeres caminen en público tomadas de la mano o del brazo, pero la distancia que mantenemos entre uno y otro cambia según la cultura. 

Más aún, la frecuencia de contacto físico también varía considerablemente según el grupo cultural. Hace un tiempo, el psicólogo canadiense Sidney Jourard realizó un estudio que demostró claramente este fenómeno. A pesar de tener muchos años, su análisis todavía es importante y se cita muy a menudo. La investigación de Jourard destacó que, referente a la comodidad con el contacto físico en público, existe en efecto una enorme diferencia entre las culturas. 

Como parte del estudio, se observaron conversaciones en varios cafés en Londres (Inglaterra), Gainesville (Florida, EE.UU.) y San Juan (Puerto Rico), y se contó el número de veces en el término de una hora que la gente recibió toques casuales.

Los resultados fueron sorprendentes:

• En Londres nadie se tocó, ni siquiera una vez.
• En Gainesville, las personas se tocaron entre sí dos veces.
• ¡Pero en San Juan, se registraron un total de 180 toques por hora!

Esto sugiere que los anglosajones tienden a mantener su distancia; mientras que los latinos solemos buscar el calor del contacto humano. Seamos sinceros: nosotros estamos más predispuestos al placer y a la intimidad a través de los sentidos. En resumen, los hispanos, especialmente los argentinos, somos más dados a tocarnos, besarnos y darles la bienvenida a quienes invaden nuestro espacio personal. 

¡Feliz Dia de os enamorados, Cañuelas!
 

La autora del artículo es escritora residente en el estado de Idaho. Su infancia transcurrió en Cañuelas, donde su padre, Francisco Montoya, dirigía el estudio fográfico FAM.

Escrito por: Ana María Cúneo