Réquiem para el maestro Carlos Vega

Algunos lapiceros de acerada pluma. Viejos tinteros secos. Kilos de papel de música.
Pautas borroneadas, corregidas, plenas de indicaciones. Cartillas con nombres, fechas,
lugares, comarcas. Boletas de hoteles, de fondas, facturas de ferrocarriles. Fotografías
de viejos vidaleros, algunos, ciegos. Magras ancianas del noroeste, fotografiadas con las
manos sobre las faldas. Manos nudosas, cansadas del hacer. Manos para la zafra, para la
arcilla, para el desgrane del cereal, para la junta de la algarroba. Manos dagueltadoras
del arrope, manos deshilachadoras del charqui.

Ahí están, junto al mozo que anota, y graba, y atiende, y clasifica antiguas melodías,
viejos ritmos del Ande, de las selvas, de las hondas quebradas, de los altos valles.

Mozo atildado, fino, serio como un profesor cargado de conciencia. Cordial como un
argentino feliz de su hacer. Advertido y perspicaz como un criollo “hecho a campo”.
Seguro de su aprendizaje. Sereno en su saber. Consciente en su mensaje. Responsable,
cabalmente responsable en el manejo de los documentos musicales que le confiaban las
gentes del ayer folklórico.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega, toda la vida, y en todas partes.

Lo vocacional siempre resuelve en el oficio cuando la verdad empuja desde las claras
fuerzas del espíritu.

El Maestro fue entonces un investigador con un cargo concreto: recoger, clasificar,
determinar etapas, épòcas, influencias vecinas, sudamericanas o europeas, determinismo
afro, asirio, oriental, en la temática diversa del folklore nacional.

Los documentos, entonces, comenzaron a sumarse por miles. Y los desvelos, por años.

Sin lucimiento, sin consagraciones, sin aplausos inmediatos, sin homenajes ni promociones,
sin trascender casi al gran público, aún al dilettanti de temas etnológicos, folklóricos
y tradicionalistas, el Maestro siguió su misión investigadora de formas usuales, pretéritas,
mágicas, arqueológicas.

Caminó los senderos de la geografía áspera de la patria, sin hacer crónica de ella. Solo,
oyendo, anotando, estudiando, comparando melodías del pueblo, acumulando temas,
desbrozando orígenes. Compartió inquietudes con otros estudiosos de Europa y Asia
despertando en ellos respeto y preferencial trato de cordialidad científica. Formó s
eminarios, acercó a la juventud universitaria orientada hacia su especialidad.
Música, música. Música siempre, sin ensayo literario ni filosófico, ni dogmático
ni artístico teatral. Sin discos ni conciertos.

Sin claques ni demagogias que subalternizan y envilecen toda noble misión. Música para
anotar, para estudiar, para saber, para alcanzar una conciencia de lo que cantó el país
antes, dónde, cómo y por qué.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega. Toda la vida y en todas partes.

Arthur Ramos, Adolfo Salazar, el doctor en musicología húngara Zsabolshi Bence,
el viejo maestro de Bela Bartok, don Zoltán Kódaly, todos los expertos rastreadores
de pentatónicas y tritónicas desde la Transilvania, el Cáucaso, el Tibet, Servia antigua
y Grinaud, desde los archivos de los documentos medievales de Francia, conocían,
estimaban y valoraban en alto grado la labor de ese mozo nuestro, tenaz y consciente,
desbrozador de la selva musical del pueblo argentino, buscador de los trasplantes,
desfiguraciones, adaptaciones, creaciones originales, modalidades y formas preferidas
por la grey que durante décadas cantó libremente sus historias de amor y de pasión,
de agro y camino, de soledad y gracia, de fiesta religiosa o desenfreno bucólico.

Cerca de dos docenas de libros, infinidad de folletos, publicaciones de la prensa
importante del país y del extranjero, conferencias, clases ejemplares y, sobre todo,
viajes con un solo objetivo: desentrañar, indagar sin ningún pensamiento ajeno a la
misión, sin tiempo para la vida social, ni para los banquetes, ni para distraer las horas
quemando la importancia de vivir.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega. Toda la vida, y en todas partes.

Discutido por los inteligentuales de su propio país, nuestro país. Satirizado por los
científicos de revistitas de cultura para asimilar en el tranvía, ignorado por la inmensa
grey de cantores y “folkloristas” de radiotelefonía, peñas y tablados. No leído ni consultado
por los profesores de la “especialidad” que pululan en torno a la buena nombradía y la fama
de barrio. Negado por los doctorcitos de “las cosas nuestras”. ¿Para qué abundar en las
pequeñeces que siempre contornean la buena casa, como las espinas, las matas y los yuyos?

En “Horizontes de luz”, de Fernández Ríos, hallamos esta definición: “Para escuchar las
burlas del gusano no detienen las águilas su vuelo”.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega. Toda la vida, y en todas partes.

Se le hizo la noche en un febrero luminoso.

Cuidó su salud hasta donde puede cuidarla un hombre que tiene mucho que hacer, mucho
que dejar, mucho que decir a la cultura argentina. Alguna medianoche nos llegaba su
presencia cordialísima hasta los camarines de los teatros. Y con autoridad y serena bondad
nos anotaba los puntos de algún asunto criollo desarrollado momentos antes en el escenario.

Muchas veces molestamos al Maestro para recabar un dato, una fecha, el giro de una danza,
la autenticidad de un estribillo registrado como anónimo. Y siempre tuvimos más de lo que
solicitamos.

Hace veintisiete años lo hallamos en Santiago de Chile, en casa de Amanda Labarca.
Venía el Maestro del sur chileno, de Temuco, Chillán, Valdivia, Concepción, Talca. Había
estudiado sobre la “trutruca”, el “cultrúmn”, y luego caminaría al Norte de Chile para
hurgar en conventos, archivos y alcaldías acerca de “La Tirana”, “La Refalosa”
y “La Remesura”.

Lo hallamos, allá por el cuarenta y dos, en Purmamarca, la aldea encendida y callada de
esa nodriza histórica que se llama Quebrada de Humahuaca. Comimos charquisillo, papas
encamisadas, mote de habas, y bebimos algo del escaso viñedo de Monte Rico,
ya desaparecido a la sombra de los nogales de Palpalá.

Sobre la mesa de madera de cardón, el viejo grabador, y papeles pautados. Música.
Música siempre.

En Tucumán se produjo el encuentro histórico del Maestro con Alfred Metraux, el joven
sabio francés, doctor en ciencias etnológicas. Fueron dos noches memorables durante
las cuales aprendimos con emoción mientras ellos conversaban temas al parecer ya sin
discusión, pero en el que cabía el sentido de universalidad de las comarcas. Alfredo Coviello,
Pablo Rojas Paz, el doctor Soler y el que escribe estas líneas, nos sumergimos en un mundo
de música y costumbres de tipo indígena, mestizo, criollo. Eurindia, como gustaba
decir a Gustavo Rojas, estaba presente, en el misterio poco a poco develado por esta
gente consagrada a descubrir la luz para guiar a los pueblos a través de la selva confusa
de los orígenes de las culturas sudamericanas.

Así lo hemos visto a usted, Carlos Vega. Toda la vida, y en todas partes.

Nos queda su obra, Maestro Carlos Vega. Su invalorable aporte a la cultura de nuestro pueblo.

Nos ha dejado usted una arroba de documentos. Auténticamente, cabalmente, documentos.
Fornas. Ritmos. Melodías. Estribillos. Hallazgos originales. Modalidades que diferencian
la comarcanidad en la música anónima.

Todo lo que se pueda discutir, o pretender agregar, o cambiar, han de ser meras
interpretaciones, juegos literarios, gustos estéticos, ensayos para “alguna proyección”,
como se estila decir en estos días, para darle importancia a una deformación de lo tradicional,
que consagre como talentosos a encontradores de “un nuevo folklore”.

Ahora que ya no lo veremos aparecer de tarde en tarde, cordial y sereno, como un maduro
joven cargado de consciencia, quiero agradecerle, como argentino, su obra, su desvelo,
su claridad, su ejemplo.

No olvidaré algunas frases suyas. Por ejemplo: “La brillantez es sólo el resultado del oficio.
Lo verdadero es la esencia. Y la esencia no brilla, pero está, porque ella es la verdad”.
“La mayoría canta para el disco. No canta para la tradición”.

Sé muy bien que estas frases suyas no contienen sino un mínimo aspecto de su grandeza,
de su ciencia, de su saber. Pero déjeme al menos que, como criollo, prefiera a veces
un pensamiento para definir a un hombre.

Desde el más claro rincón de mis anhelos rindo mis tolderías en homenaje a su obra
y me inclino reverente ante su silencio, Maestro Carlos Vega.

Atahualpa Yupanqui.
Cerro Colorado, Córdoba, 1966.

Publicado en la revista Folklore Argentino, 1966.

INFOCAÑUELAS.