| VARIEDADES

Un cuento de Navidad

Por Sarah Mulligan.

Había una vez, en un lejano y bello paraje, un niño de cabellos del color de las castañas que deambulaba solo por una colina. Desde la cima podía ver las luces del pueblo y a sus gentes moviéndose de aquí para allá. Era la noche de navidad. El cielo estaba plagado de puntitos titilantes y la brisa era sedosa y fresca.

- ¡Qué noche preciosa!- murmuró el niño, extasiado. 
- ¿Qué has dicho?- Murmuró una voz dulcísima y firme que venía de todos lados y de ninguna parte. 

El niño pegó un salto, asustado, y se escondió tras un arbusto diciendo:

- ¿Quién me ha hablado? 
- Soy yo, aquí arriba- El niño miró hacia arriba pero no vio más que a una estrella. 
- Aquí, eyyy, ¿Es que no me ves?? Soy  la Estrella del Oriente. ¿Qué acababas de decir?
- Que es una noche preciosa. 
- ¡Por supuesto! Hoy se festeja la venida del Amor.
- ¡Oh! Claro- Musitó el niño de los brillantes cabellos castaños. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
- ¿Qué tienes, niño?
- Nada. Es que… es el recuerdo de la venida del Amor pero… ¡no tengo con quien festejarlo!
- ¿Cómo que no? ¡Tienes a la mismísima Estrella  del Oriente! ¿Te parece poco?- rió la estrella. Y como bien se sabe, cuando las estrellas se ríen producen una serie de destellos increíbles en el cielo. El pequeño quedó maravillado con las piruetas luminosas que hizo su nueva amiga y también se rió.
-  ¡Ven conmigo!- lo entusiasmó la Estrella.
- ¿Adónde?
- ¡¡Ven y veráaas!!!

El niño dudó unos instantes. Como no tenía mejor cosa que hacer aquella noche, decidió seguir a la enigmática Estrella del Oriente. Caminó por la ladera, conversando animadamente y vieron un leñador que venía del bosque, cargando una inmensa bolsa de leños sobre la espalda y apoyándose en su hacha como un bastón. 

- Eyyy, leñador… ¿sabes que hoy es el recuerdo de la venida del Amor?- Clamó la estrella.
- Ah, sí- dijo el leñador, ensimismado, sin preguntarse de dónde venía aquella voz y sin mirar al niño. 
-  ¡Eyyyy! – gritó más fuerte la Estrella del Oriente. -¿Acaso no te alegra?-
-  Me da lo mismo. He perdido a toda mi familia. ¿Qué me importa?
-  Pues aquí tienes una. Te presento al... ¡Pastorcito de los brillantes cabellos de castañas y –señalándose a sí misma con un haz de luz- a la mismísima Estrella del Oriente! ¿Qué tal?
- Sí. Je. ¡Vaya Familia!
-  ¡Ven! ¡Sígueme!
-  ¿Adónde?- dijo el leñador, intrigado ante tanto alborozo.
-  ¡¡Ven y veráaass!!- El hombre dudó un instante. Miró el pueblo animado y ruidoso y supo que allí se sentiría más solo que nunca. ¿Qué perdía siguiendo a la simpática Estrella y al callado niño?

Entonces, los siguió. Caminaron un buen trecho. La Estrella no paraba de hablar.
- ¡Hooooola! – gritó la Estrella del Oriente a una ancianita sentada sobre una roca que cascaba unas nueces. -¿Qué haces, abuelita?
- ¿Abuelita? Ni un solo nieto tengo. ¡Ja! ¡Abuelita!
- Vamos, aquí tienes uno- le dijo la estrella mostrándole con un dedo luminoso al pastorcito que no pronunciaba palabra. La anciana lo miró y gruñó:
- ¡Bahh! ¡Estrella mentirosa! ¡Habráse visto! Y siguió cascando nueces.
- ¿Piensas quedarte aquí solita con tus nueces? ¿Qué te parece si vienes con nosotros?
- ¿Adónde?
- ¡¡Ven y veráaas!!!

La anciana estiró sus piernas y se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que estaba sentada en la misma posición sobre la roca. Mal no vendría caminar, se dijo, y la Estrella le daría la luz necesaria para andar sobre el monte sin tropezar. Se levantó con esfuerzo y los siguió. 
Al rato se escuchó una bella melodía navideña. Caminaron unos pasos y hallaron a un joven robusto, de frondosa barba negra que cantaba al son de la guitarra.
- ¡Epa! ¡Qué bien cantas!
- ¡Oh! Le canto a mi familia que vive en el Gran Continente. He venido a trabajar por unos meses a este paraje y no sabes cuánto quisiera estar con ellos en esta Nochebuena.
- ¡Oh! ¡Sígueme!- lo invitó la estrella. ¡Pero trae tu guitarra! ¿Eh?

El hombre, cautivado por el bondadoso aspecto de la Estrella, decidió seguirla sin dejar de rasgar las cuerdas de su instrumento.

El camino se llenó de música y la luz de la estrella iluminó pronto a un hombre alto que sostenía a una joven embarazada y caminaba por la ladera.
- ¡Hooola bonita pareja! ¿Qué andan haciendo? 
- Mi esposa está por dar a luz. Hemos pedido que nos den alojo en varias casas, pero nadie ha querido recibirnos.
- ¡Oh! Conozco un  lugar perfecto para ustedes… ¡Síganme!
-  ¿Adónde?
-  ¡¡Vengan y veráaann!!!

Y los jóvenes, desesperados, la siguieron. 
Pronto llegaron a un pequeño y primoroso establo. Allí descansaba una vaca que se levantó enseguida a recibirlos. 
- ¡Bienvenidos! ¿Qué hacéis por aquí a estas horas?
- ¡Hola Vaquita linda! Estos chicos necesitan un favorcito. Está por nacer su bebé. ¿Tendrías un buen colchoncito donde ubicarlos?
- ¡Pero, claro que sí! ¡Estábamos sintiéndonos tan solos! ¡Adelante! ¡Pasen, pasen!- La vaca estaba tan contenta que la campanita que colgaba de su cuello no paraba de tintinear.
- ¡Aquí tienen mi propia cama!, le dijo la vaca contenta. El niño de los cabellos castaños estiró su túnica de pastor sobre el montón de heno de la generosa vaca y la joven madre se recostó allí. El caballo, el buey, un burro y cuatro ovejitas que descansaban en el establo los rodearon, dándoles su calor. 
- ¡Qué bien estamos aquí!- dijo la joven, emocionada. 

Mientras tanto, el leñador abrió su bolsa de leña e hizo una fogata a pocos metros del establo. El niño ordeñó a la vaca contenta que se ofreció a darles su leche. La anciana sirvió la tibia bebida en las cáscaras de las nueces y repartía los frutos mientras el muchacho de negras barbas cantaba las más bellas canciones a la luz de la Estrella del Oriente. 

De pronto, se oyó el llanto de un bebé y todos corrieron a conocerlo. Sin saber por qué cayeron de rodillas pues la escena era muy bella y reinaba allí una paz desconocida. La mamá acariciaba al niño mientras el flamante padre los rodeaba con su tierno abrazo. Entonces la joven los miró y vio las sonrisas felices de todos esos seres solitarios que se unían en una misma dicha. Le entregó su bebé a la anciana y ella lo recibió entre sus brazos. Por unos instantes sintió que mecía a su propio nieto y sintió un amor inexplicable. Luego fue el leñador -que había perdido a su familia- quien levantó en alto al bebé con sus brazos fuertes y en ese momento sintió que recuperaba aquel cariño entrañable que un día había sentido. El músico reconoció en los ojos del niño la verde mirada de su esposa y de su hijo lejanos y sintió que su abrazo los alcanzaba también a ellos. El Pastorcito de los cabellos del color de las castañas sintió por un momento que aquel bebé podía ser su hermano pequeño, jugó con sus dedos diminutos, le hizo cosquillas en la mano y rió feliz.

Entonces, rasgando las cuerdas de su instrumento, el músico contó una bella historia: hace muchos, pero muchos años, en un pueblito llamado Belén, en un pequeño establo rodeado de seres solitarios, nació un rey sencillo. Los seres solitarios le ofrecieron sus dones: su túnica de pastor, sus nueces, su música, sus leños. Y el niño les ofreció el calor de su amor en los corazones por siempre jamás.

Todos escuchaban encantados al juglar que cantó canciones de cuna hasta que todos se quedaron dormidos. 

Al amanecer, el niño de los cabellos castaños, el robusto leñador, la anciana y el músico despertaron con inmensa dicha en el corazón. ¡Habían vivido la mejor Nochebuena de sus vidas! Buscaron a la pequeña familia que los había acompañado y a la simpática estrella que los guió pero no los encontraron. 

Entonces, entraron al establo donde vivían la vaca contenta, el burro y el buey. Allí vieron algo que los hizo estremecer. Sobre la pared, yacía un inmenso y colorido pesebre esculpido en la piedra. En él pudieron reconocer los rostros resplandecientes de la joven madre, del flamante padre y del bebé recién nacido y la inmensa sonrisa de la famosa Estrella del Oriente.  

Autora e ilustradora: Sarah Mulligan (Todos los derechos reservados)
Facebook: Los Cuentos de Sarah Mulligan
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