Vega y su recuerdo de la Escuela

Entrevista en La Razón

 

Carlos Vega, crítico musical, poeta y cuentista, es uno de nuestros escritores jóvenes
de positivo mérito y honradez intelectual. Interrogado por LA RAZON, respondió con estas
palabras a nuestra encuesta.

–¿Recuerda usted quién  le enseñó las primeras letras?
–Sí, recuerdo: mi madre.  Las “primeras  letras” rigurosamente. Por virtud de una tenaz
repetición me ha quedado en la memoria el hecho de que yo llenaba cuadernos con figuras
de animales, plantas y figuras humanas, al pie de los cuales escribía con trazos de embriaguez:
“Carlos Vega, 5 años”.
En cuanto a las “segundas letras” mi recuerdo es un poco vago. Empecé a ir al colegio
del pueblecito provinciano a los 6 años. Cuando cumplía 7 púsose en vigor una ley por la cual
la edad escolar se iniciaba  a los 8. Tuve un año de vacaciones forzosas. ¿Quién me enseñó
antes y después de los 7? No lo sé con total precisión pero con íntimo agrado y complacencia
recuerdo siempre dos nombres dulcísimos por el cortejo de añoranzas que suscitan:  María Rigo
y Susana Elorza.
María Rigo me enseñó pocos meses y, sin embargo, me ha quedado su recuerdo para siempre en 
mi memoria. Me quería entrañablemente. Al entrar yo en la clase me alzaba en brazos y me besaba;
su rostro fresco y hermoso despedía suave aroma.  Yo ocupaba mi banco y era bueno. Un día
nos dijo que se iba; me apenó la noticia. Se casaba con el señor López, a quien yo no conocía.
La tarde de la última clase llegué con un ramo de violetas. Era una mujercita suave y dulce
y soñaba entonces con una felicidad cuyo doloroso término no sospechaba: enviudó pronto,
muy joven.
Susana Elorza, maestrita fina y delicada, muy joven también, precedió o sucedió a María Rigo.
Era muy amable y cariñosa conmigo. Yo seguía siendo bueno y ella no olvida que fui su alumno.
Espíritu devoto, va siempre a oír misa; me vio el año pasado en el atrio, mientras esperaba yo
la salida de las niñas del pueblo. Un monaguillo me había puesto en la mano uno de esos pequeños
periódicos de la Iglesia. Susana Elorza reparó en él y, después de saludarme, al paso,
cariñosamente, me dijo:
–“Me alegro mucho de verlo en el buen camino”.
Recordé mis pecados y procuré disimular un poco mi vergüenza…

Poco ha quedado en mi memoria de Clotilde Abraguín. Contaba cuentos a los varones mientras
enseñaba labor a las niñas. La narración era interrumpida a casa paso por las preguntas
de las alumnas. Escuchábamos en suspenso… ¿Cómo terminaría la historia de aquel pastor
que pedía socorro a los vecinos, mintiéndoles que venía el lobo?
Pero, a quien realmente debo lo poco sólido que aprendí en los primeros grados es a un joven
y enérgico maestro del pueblo, llamado Bernardo Espondaburu. De las dos señoritas cariñosas
tengo, justamente, gratísimos recuerdos; de Espondaburu, en cambio, la lejana idea de su rigor,
de la severísima disciplina que imponía al grado y de las duras penitencias con que castigaba.
Yo era travieso, rebelde, malo. Pero en honor a la verdad, yo sé calcular hoy el interés de un
capital dado gracias a la fórmula C x R x T . / . 100 x UT que aquel hombre admirable y temido
me hundió en la mollera.  Fue preciso que pasaran muchos años para que yo comprendiera la vida
noble y el estoicismo de aquel joven maestro. Hombre de clarísima inteligencia, tenía el propósito
firme de superarse. El medio del pueblito provinciano intentaba inútilmente ridiculizar su decisión.
Viajaba a Buenos Aires procurando perfeccionar, mediante el consejo de personas ilustradas,
sus métodos de enseñanza y su cultura profesional y general. El pueblo lo acosaba, lo censuraba,
lo calumniaba, y él seguía inmune. Estudió música (y el pueblo reía); organizó sus estudios, ingresó
a las aulas universitarias… creo que obtuvo dos títulos. Esta última parte de su vida se desarrolla
fuera del alcance de sus discípulos. Hizo brillantísima carrera en el magisterio; ocupó altos puestos.
Se jubiló. Yo admiro en Bernardo Espondaburu al hombre fuerte y resuelto que supo vender la apatía
del medio que lo circundaba y lanzarse con éxito a la conquista del porvenir, nada más que estudiando,
para ganar las posiciones a fuerza de méritos.
El día que me dio la última clase lo esperé rabioso en la esquina del colegio. Al rato pasó camino
de su casa, al trote pausado de un caballo manso. Alcé la voz como para que me oyera y lo insulté
desvergonzadamente. El siguió imperturbable, sin volver la cabeza, sin lanzarme una sola mirada,
mientras llegaba envolviéndome,  por toda respuesta, el polvo que levantaba su caballo.

Publicado originalmente en el diario LA RAZON y reproducido en el diario de Cañuelas EL CENSOR (sin fecha conocida).

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