Un tributo muy
reciente del Correo Argentino a personalidades vinculadas con el folklore
incluyó a Carlos Vega, un nombre que para muchos de nosotros, de los que fuimos
sus alumnos, tiene una fantástica significación. Porque a Vega se lo amaba o se
lo rechazaba. A fuerza de ser polémico, de ser un rabioso defensor de sus
propias convicciones, pasó por la vida en medio de tormentas, provocadas a
menudo por él mismo. Es claro, le tocó abrir el surco dentro del territorio
argentino, lo cual no es poco. En momentos en que músicos como Andrés Chazarreta
o Manuel Gómez Carillo asumían la tarea de recolectar las danzas y canciones de
tradición oral vernácula, Carlos Vega empezaba a hablar de musicología, una
palabra que después, y entre nosotros, se empezó a usar discrecionalmente,
disparatadamente. Cuando en octubre de 1965, unos tres meses antes de morir,
Vega fue incorporado como miembro de número de la Academia Nacional de Bellas
Artes, pronunció una disertación titulada "La musicología, nueva ciencia". La
ciencia que estudia la música de todos los pueblos y de todos los tiempos. La
música como creación del hombre, como producto de su inventiva, como "hecho de
cultura".
Y a su estudio se dedicó con una vocación real y una entrega quijotesca que hizo
de su vida un caso aparte. Si bien en más de una ocasión se aproximó a la
investigación sobre documentos escritos, tal el caso de sus trabajos sobre "La
música de un códice colonial del siglo XVI" o su interpretación de las
notaciones de la música profana europea de los siglos XII y XIII, el objetivo
central de sus desvelos fue la creación popular recogida a lo largo de viajes
interminables, la investigación sobre las fuentes vivas, sobre el aporte oral de
los pueblos campesinos. Así surgieron sus obras maestras definitivas: el estudio
de "Las danzas y canciones argentinas" (1936), el "Panorama de la música popular
argentina" (1944), "Los instrumentos musicales aborígenes y criollos de la
Argentina" (1946) y, ya en el terreno de la especulación pura, "La ciencia del
folklore" (1959), donde polemizó con otro de los grandes del pensamiento
científico argentino, Augusto Raúl Cortázar.
* * *
En la Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la
Universidad Católica Argentina, donde fue nuestro maestro, Vega desparramó
sabiduría y generosidad. Estaba ya al final del camino, pero seguía siendo un
peleador empedernido, dispuesto a defender sus ideas hasta la última hora.
También siguió siendo un poeta, y un recalcitrante admirador de los encantos
femeninos. Pocas semanas antes morir, todavía pronunció una conferencia
inolvidable. Su tema: La vidala, esa especie a la que nos enseñó a amar y
respetar, tanto como a la más inspirada y erudita de las creaciones musicales.
El nombre de Carlos Vega, el reconocimiento a la fuerza de su pasión y de su
intelecto, se mantiene vivo a través de dos entidades que llevan su nombre: el
Instituto Nacional de Musicología y el de la Universidad Católica Argentina. Que
en 2003 un sello postal evoque su figura y obra es un signo de real madurez por
parte de sus promotores.