Campo, 1927

Carlos Vega, hombre de precaria ciencia verbal y de sentimiento frecuente de lo poético,
ha realizado la hoy rarísima paradoja de producir un libro que incluye muchas composiciones
buenas y ni un solo renglón memorable. El contraste, según acabo de insinuar, es de maravillar
en esta época de autorización literaria y muchos no entenderán cómo siendo vulgares o invisibles
los versos aislados, el poema alcance a ser bueno. Con ellos no quiero discutir; bástame el hecho
empírico de mi aprobación general de estas composiciones y mi total ausencia de encanto frente
a las expresiones discretas que las forman. En punto y líneas, apenas si ésta se ha familiarizado
con mi memoria, después de leído y releído el volumen:

Un designio de hierro
se impacienta en las vías.


En punto a composiciones, entiendo que la de mayor posibilidad de perduración es la inicial
de la primera sección del libro, la titulada Campo. Transcribo este lugar esencial:

¡Veinte años! Al cabo,
los tres se dividen en tres la faena:
el viejito empuja un poco el arado
y los bueyes trazan la hendidura recta.
La picana, inútil, se ahuma en la choza,
–“ganas de astillarla cuando falte leña…”–
Se comprende, entonces, que no haya en la zona
ni viejo más calmo ni yunta más lenta.
Y es porque, en secreto, ya se tienen lástima.


La quinta de esa misma sección, Esa gramilla simple, es de ejecución menos inmediatamente
eficaz que las anteriores, pero de más original intención, en su maravillamiento de lo
monótono y ávido y extendido que es vivir del pasto.

Pampa, la segunda sección, ha sido pensada en la campaña de Buenos Aires, pero su
costumbre dialogística, su malhumorada nostalgia, su espesado color local y hasta su ortografía,
me autorizan a clasificarla dentro de las más póstumas decadencias uruguayas de lo gauchesco.
Aludo a la secta suburbana de Paja brava. Como se sabe, la entera dirección estética de esa secta
reside en la suposición temeraria de que Martín Fierro no ha sido escrito aún y en la oportunidad
de presentar parciales borradores chismosos de su héroe general, el Gaucho. Ya somos poseedores
del arquetipo., ¿a qué las personas?

De Intimas –la tercera sección– quiero destacar estos versos que dicen este hermoso tema:
la dubitación de la belleza de una persona querida, sin menoscabo de la pasión dirigida a ella:

No inquieras si eres bella y si me agradas.
Tú eres belleza desde mi cerebro;
algo, acaso, te quita mi ignorancia,
y algo mi fe te ha puesto.


Por su desigualdad, por su índole colectiva, por la heterogeneidad de acentos acumulados,
no es posible ejercer un juicio de conjunto sobre este libro.

Jorge Luis Borges

Publicado originalmente en Síntesis, Buenos Aires, año 2, Nº 14, julio de 1928.
Recopilado en Jorge Luis Borges, Textos recobrados (1919-1929), Emecé, 1997.


INFOCAÑUELAS.